De la redacción
Dominga Pérez Comisario, una mujer dedicada durante años a la venta de cemitas, fue asesinada la noche del 4 de agosto en San Salvador Chachapa, Amozoc, Puebla; según investigaciones preliminares difundidas por medios locales y nacionales, un hombre la siguió, la interceptó y la golpeó con una piedra en la cabeza. Cámaras de videovigilancia captaron parte de los momentos previos al ataque.
Se sabe que la señora Dominga tenía 82 años, aunque, según diversas fuentes y familiares, cumplió 83 ese mismo día, y que, a pesar de su edad, seguía trabajando, salía a vender sus cemitas y regresaba a casa después de una larga jornada.

La noticia del cruel asesinato ha circulado haciendo referencia a una cifra que vuelve todavía más brutal el relato: 90 pesos. Algunas fuentes aseguran que ese es el monto que llevaba consigo Dominga y que habría sido el motivo del ataque. La precisión importa, pero no cambia la dimensión humana del crimen; no explica una muerte. Dominga Pérez no valía 90 pesos, pero tampoco la explican la pobreza, la edad, la calle por donde transitaba o cualquier otra circunstancia que pueda rodear al agresor; ninguna de ellas convierte la vida de otra persona en un objeto disponible.
Caso Dominga Pérez
El caso obliga a mirar un problema más profundo que debiera responder a una pregunta elemental: ¿qué sucede cuando la violencia llega al punto en que la presencia del otro deja de representar un límite y su sufrimiento pierde capacidad para detener una acción?
No sería serio hablar de un patrón de comportamiento o un trastorno mental sin conocer la historia, las condiciones y la evaluación clínica de quien cometió la agresión, como tampoco lo sería intentar diagnosticar la violencia desde una noticia; sí existen, en cambio, procesos conocidos por la psicología social (como la normalización de la violencia y la desvinculación moral) que ayudan a comprender cómo una persona puede justificar, minimizar o ejecutar un daño contra alguien a quien deja de reconocer plenamente como semejante. Esa explicación no excusa el delito; permite formular una pregunta más difícil sobre la convivencia: ¿qué ocurre con una sociedad cuando matar deja de encontrar, en la conciencia del agresor, un límite suficientemente fuerte?
Dominga salió a trabajar y no regresó; después vendrían el dolor, la investigación, el funeral, la indignación y las exigencias de justicia; sin embargo, antes de convertirla en otra cifra de violencia, es importante recordar algo elemental: la vida que le robaron es lo que realmente importa.

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