Por: Stephanie Ramírez
Hay árboles que llevan tanto tiempo en una ciudad que ya forman parte del paisaje, están frente a una iglesia, en medio de una plaza, junto a una escuela, en una avenida o detrás de una reja que casi nadie mira; algunos tienen nombre propio, otros sobreviven sin que sepamos siquiera qué especie son y unos cuantos han visto pasar generaciones enteras. En la Ciudad de México, doce ejemplares fueron declarados Patrimonio Natural en 2025, entre ellos se encuentra un ahuehuete de Azcapotzalco cuya edad estimada es de 700 años, lo que lleva a reflexionar sobre cómo un árbol puede ser, literalmente, más antiguo que la ciudad que lo rodea.
La cifra resulta todavía más interesante cuando dejamos de mirar los árboles como adornos y empezamos a observarlos como seres vivos para darnos cuenta de las dimensiones de su existencia, sobre todo si nos damos la oportunidad de contrastar algunos datos: la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura estima que los árboles urbanos pueden reducir la temperatura del aire entre 2 y 8 grados Celsius, dependiendo de su ubicación y de las condiciones locales; además, proporcionan sombra, ayudan a filtrar contaminantes y partículas, reducen el escurrimiento de lluvia y ofrecen refugio y alimento para fauna urbana.
En determinadas condiciones, una adecuada colocación de árboles alrededor de los edificios puede reducir hasta 30% las necesidades de aire acondicionado. El árbol más cercano a tu casa o lugar de trabajo, entonces, trabaja bastante más de lo que aparenta.
Ese maravilloso inventario de áreas verdes nos aporta que la Ciudad de México tiene mucho más verde del que suele percibirse entre edificios, avenidas y concreto; pues de acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente (SEDEMA), el Inventario de Áreas Verdes Urbanas registra 11 mil 739 espacios que suman 67.3 millones de metros cuadrados, equivalentes a 7.55 metros cuadrados de área verde por habitante (lo anterior con base en reportes más recientes de población que refieren el año 2020).
El registro no se limita a los grandes parques, sino que incluye camellones, plazas, jardines, arboledas, alamedas y otros espacios verdes repartidos por la ciudad. En conjunto, forman una red que aparece en los lugares más cotidianos y que, muchas veces, sólo advertimos cuando nos hace falta; y aquí aparece una paradoja interesante: plantar un árbol es relativamente sencillo, conseguir que sobreviva en una ciudad es otra historia; porque los árboles urbanos enfrentan poco espacio para las raíces, suelo compactado, altas temperaturas, contaminación, falta o exceso de agua y conflictos con banquetas, cables, tuberías y vialidades.

Por su parte, el Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Municipal de Planeación de Morelia comenzaron a trabajar juntos, en 2018, para generar información que permitiera conocer mejor el arbolado de la ciudad; de ese esfuerzo surgió el Treeatlón, un proyecto de mapeo social que convirtió a los habitantes en parte del inventario: desde septiembre de 2019, más de mil voluntarios recorrieron Morelia con una aplicación móvil para registrar la ubicación, especie, altura, estado de salud y características de los árboles.
Al cierre de su primera etapa se habían reunido cerca de 37 mil registros, una base que permitió empezar a mirar el arbolado urbano no como una colección de árboles dispersos, sino como un sistema que también puede medirse, estudiarse y gestionarse.
Por eso la silvicultura urbana, sí existe y tiene nombre, se ocupa de algo mucho más complejo que plantar árboles: estudia qué especie conviene en cada sitio, cuánto espacio necesita, cómo crece, qué riesgos presenta, cómo se relaciona con el agua y el suelo y qué beneficios puede aportar a quienes viven alrededor; tan es así que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) considera los bosques urbanos como una red que incluye desde grandes áreas forestales hasta árboles individuales en calles, parques, jardines y pequeños espacios de la ciudad.
Esa conversación, en México, ya está modificando la manera de mirar algunas ciudades, por ejemplo, en Guadalajara, investigadores de la Universidad de Guadalajara y la UNAM han estudiado cómo la vegetación interviene en la regulación del clima del área metropolitana
Mientras que Monterrey ha convertido el arbolado en parte de su estrategia de infraestructura verde, gracias a lo cual en 2026 recibió por segundo año consecutivo la distinción internacional “Ciudad árbol”, otorgada por la FAO y la Arbor Day Foundation, reportando un programa de reforestación de 80 mil árboles.
De igual manera, en San Luis Potosí, durante 2025, el municipio declaró 100 ejemplares como árboles patrimoniales, clasificados como históricos o notables tras visitas técnicas, levantamientos fotográficos y dasométricos, revisión documental, entrevistas y georreferenciación; los criterios considerados fueron la edad, el tamaño, la rareza, el valor científico, la singularidad y la relación con hechos o tradiciones. La medida forma parte de una política más amplia de arbolado urbano que permitió al municipio reportar 255,696 árboles y plantas plantados y 130,830 ejemplares georreferenciados durante el periodo comprendido por su primer informe de gobierno.
Hasta aquí, los ejemplos anteriores representan maneras distintas de mirar el mismo patrimonio: una ciudad que intenta ampliar y gestionar su cobertura vegetal y otra que ha comenzado por medir con precisión lo que sus árboles ya aportan.
Hasta aquí, los ejemplos anteriores representan maneras distintas de mirar el mismo patrimonio: Guadalajara trabaja en la ampliación y gestión de su arbolado urbano; Monterrey lo incorpora a una estrategia de infraestructura verde y reconocimiento internacional; y San Luis Potosí ha dado un paso más al identificar y declarar ejemplares específicos como árboles patrimoniales. Tres ciudades y tres formas de relacionarse con su patrimonio vegetal, que empieza a ocupar un lugar cada vez más visible en la planeación urbana del país.
Regresando a la Ciudad de México la recuperación de esta infraestructura verde ha sido una política sostenida desde 2019, la cual fue suficiente para que cinco años después, en septiembre de 2024, la SEDEMA reportara haber establecido 51 millones 333 mil 455 ejemplares de árboles, arbustos y cubresuelos como parte de las acciones de revegetación de la capital.
Su intervención incluye suelo urbano y suelo de conservación, además de la recuperación de espacios abandonados y la transformación de superficies de asfalto y cemento en áreas con vegetación; y la cifra corresponde a ejemplares de distintas características, por lo que no puede leerse como 51 millones de árboles maduros: un cubresuelos recién plantado, un arbusto y un árbol con varias décadas de crecimiento ocupan lugares muy distintos dentro de un ecosistema urbano.
Dicho en otras palabras, sembrar un plantón o arbolito no equivale a tener de inmediato un árbol maduro, pues un ejemplar recién establecido necesita años para desarrollar un tronco, una copa y un sistema de raíces capaces de ofrecer la misma escala de servicios que un árbol adulto. En ese sentido, la investigación reciente sobre bosques urbanos confirma que el tamaño y la estructura de la copa son determinantes para el enfriamiento de las ciudades, mientras que los árboles maduros tienen además una mayor capacidad para regular el agua y ofrecer sombra. Por eso, una estrategia de arbolado combina necesariamente dos tiempos: lo que se planta hoy y lo que una ciudad podrá aprovechar cuando esa vegetación haya crecido.
Los árboles en la historia
Mientras tanto, algunos ejemplares han comenzado a adquirir una categoría que hasta hace poco parecía reservada para edificios, monumentos y zonas arqueológicas: patrimonio. En junio de 2025, la Ciudad de México declaró doce árboles como Patrimonio Natural y anunció un plan para identificar, diagnosticar y proteger el arbolado urbano; la lista incluyó diez ahuehuetes monumentales, además de un laurel de la India y un fresno. La propia ciudad mantiene un registro específico de árboles patrimoniales y los vincula con lugares como Tacuba, San Fernando, San Diego Churubusco, Parque España, Xochimilco y el Río Magdalena.
Como dato para registrar, es importante saber que lo interesante de un árbol patrimonial es que su valor no depende solo de su edad, sino que, entre otras cosas, también puede estar relacionado con el sitio donde creció, los acontecimientos que presenció o la relación que una comunidad construyó alrededor de él.
Un árbol puede convertirse en punto de referencia para encontrar una calle, lugar de descanso para varias generaciones, escenario de fotografías familiares o parte de la imagen que alguien conserva de su barrio, por lo que un árbol no necesita hablar para acumular historias; quizá por eso los árboles urbanos tienen algo que otros elementos de la ciudad no pueden imitar: crecen mientras nosotros cambiamos.

Una banqueta puede reconstruirse, un edificio puede cambiar de dueño y una avenida puede modificar su trazo; un árbol, en cambio, registra el paso del tiempo en su tronco, en sus ramas y en el tamaño de su sombra; tan es así que hay personas que recuerdan una calle porque ahí estaba un determinado árbol, lo que convierte al arbolado urbano en una forma peculiar de patrimonio, ese que crece en silencio frente del avasallador ruido de las grandes ciudades.
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