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Garibaldi: Capital del mariachi que nunca baja el telón

Por Jessica Chaparro

Garibaldi dejó de pertenecerle solo a los mariachis para convertirse en el lugar de reunión y convivencia de tríos, grupos norteños, músicos veracruzanos, conjuntos de música tradicional y artistas que encuentran en la calle un escenario permanente

Pocas plazas en el mundo pueden presumir que el espectáculo comienza mucho antes de que llegue el público y, una de ellas, es Garibaldi, donde conforme cae la tarde, trompetas, violines, guitarrones y vihuelas empiezan a afinarse mientras decenas de músicos vestidos de charro, de traje norteño o con la indumentaria propia de los tríos recorren la plaza y sus alrededores con toda la paciencia del mundo.

El aire se llena de fragmentos de canciones que apenas comienzan, de saludos entre músicos, del sonido metálico de una trompeta probando sus primeras notas y de turistas que levantan el teléfono para registrar una escena que sólo existe en México. Nadie sabe quién será el siguiente cliente, puede aparecer una pareja que celebra un aniversario, una familia que despide a un ser querido, un visitante extranjero que busca llevarse una serenata como recuerdo o un grupo de amigos decidido a prolongar la noche, la función no tiene horario, tampoco un programa establecido, porque cada contrato, cada acuerdo, abre una historia distinta y cada canción encuentra un destinatario diferente.

Quien visita Garibaldi por primera vez suele pensar que ha llegado solo a escuchar mariachis, pero en realidad entra a uno de los escenarios populares más importantes del país, un lugar donde la música dejó de ser un espectáculo para convertirse en una forma de ver, vivir y disfrutar la vida. Aquí no existen butacas, telón ni boletos: el escenario es la plaza, el público cambia a cada instante y los artistas esperan de pie, con el instrumento listo a que alguien necesite una canción.

Mucho antes de que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declarara al mariachi Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2011, Garibaldi ya funcionaba como el gran punto de encuentro de una tradición que nació en el occidente de México y encontró en la capital uno de sus hogares más representativos. Desde las primeras décadas del siglo XX, agrupaciones provenientes de Jalisco comenzaron a reunirse en esta plaza hasta convertirla en el sitio donde cualquiera podía contratar música en vivo para una serenata, una boda, un cumpleaños o, simplemente, para acompañar una conversación.

Garibaldi
Foto: Mariachis

Con el paso de los años, Garibaldi dejó de pertenecerle solo a los mariachis para convertirse en el lugar de reunión y convivencia de tríos, grupos norteños, músicos veracruzanos, conjuntos de música tradicional y artistas que encuentran en la calle un escenario permanente, el visitante escucha, casi al mismo tiempo, El Son de la Negra, Cielito Lindo, un bolero de “Los Panchos” o alguna ranchera composición inmortalizada por José Alfredo Jiménez. Ninguna playlist logra esa mezcla espontánea.

También cambió el público, porque si se observa que durante buena parte del siglo pasado predominaban las serenatas amorosas, ahora bastaba mirar hacia los balcones para encontrar a alguien esperando que se entone, a todo pulmón, Si nos dejan o Hermoso cariño

Como las costumbres no desaparecen, se fusionan, hoy Garibaldi recibe turistas de todas partes del mundo, familias completas, artistas internacionales que han tocado en vivo, empresas que contratan música para eventos y visitantes que buscan conocer uno de los símbolos más reconocibles de la Ciudad de México.

El espectáculo se adaptó sin perder su esencia, aunque pocas personas imaginan la organización que existe detrás de esa aparente improvisación, donde decenas de agrupaciones trabajan diariamente en Garibaldi, compiten por los clientes, negocian repertorios, horarios y recorridos; hay músicos que heredaron el oficio de sus padres y abuelos, otros llegaron desde distintos estados convencidos de que Garibaldi representa el mayor escaparate para un mariachi, para muchos, la plaza no es únicamente un sitio de trabajo: es una comunidad donde se comparten oportunidades, amistades y décadas de historias.

Alrededor del espectáculo creció otro universo, cantinas históricas como el Salón Tenampa ayudaron a construir la leyenda del lugar y fueron testigos de noches que todavía forman parte de la memoria musical del país; por sus mesas desfilaron Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solís, José Alfredo Jiménez, Lola Beltrán, Vicente Fernández y decenas de intérpretes que hicieron del mariachi una de las expresiones más reconocibles de México dentro y fuera de sus fronteras. Así, la plaza terminó convirtiéndose en un punto de encuentro entre artistas consagrados y músicos anónimos unidos por el mismo repertorio.

Por toda esa historia de encuentros y tradiciones, Garibaldi resiste; ha sobrevivido a cambios urbanos, transformaciones sociales, crisis económicas e incluso a épocas en las que muchos pronosticaron el declive de la música tradicional frente a los nuevos géneros. No fue el caso, cada noche vuelve a demostrar que algunas tradiciones no permanecen vivas porque sean antiguas, sino porque siguen siendo el canal para expresar aquello que las personas no siempre consiguen decir con palabras. Garibaldi no es solamente un lugar donde se contrata un mariachi, es uno de los escenarios por excelencia donde México continúa interpretándose a sí mismo, una canción a la vez.

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