Por Luz Elena Pereyra Rodríguez
En esta segunda parte de la entrega, concluimos con el primer balance del legado que dejó la Copa Mundial de la FIFA 2026 en los tres anfitriones.
México: el Mundial convertido en política urbana
A diferencia de Estados Unidos, México llegó a la Copa Mundial con un desafío distinto. Primero, porque el país no necesitaba demostrar capacidad para organizar un evento internacional, ya había sido sede de los Mundiales de 1970 y 1986; segundo, porque el reto estuvo puesto en aprovechar la oportunidad para atender rezagos urbanos acumulados durante décadas y convertir la fecha impuesta por la FIFA en un mecanismo de coordinación institucional.
En términos estrictamente deportivos, las adecuaciones en los estadios representaron una fracción relativamente pequeña del esfuerzo nacional y la mayor parte de la inversión pública se orientó hacia obras de movilidad, rehabilitación del espacio urbano, modernización hidráulica, seguridad y mejoramiento de los servicios públicos en las ciudades sede.
En la Ciudad de México, por ejemplo, el Mundial funcionó como una fecha límite inamovible para ejecutar proyectos que durante años habían permanecido en distintas etapas de planeación y cuya presión internacional redujo márgenes para retrasos administrativos, facilitó la coordinación entre dependencias y permitió acelerar procesos de contratación y ejecución de obra pública.
No se trató solo de preparar una ciudad para recibir visitantes extranjeros, sino de utilizar un compromiso internacional como catalizador de políticas públicas cuya necesidad existía con independencia del torneo; por ello, el legado mexicano no deberá medirse por el número de partidos celebrados ni por la ocupación hotelera alcanzada durante algunas semanas, sino por la permanencia de las obras ejecutadas y su capacidad para mejorar la calidad de vida de millones de habitantes.
En nuestro artículo “El Mundial que construyó una ciudad“, publicado el 9 de julio, documentamos con detalle la estrategia seguida por la capital del país. Aquella investigación mostró que el componente central de la inversión pública no fueron los estadios, sino la transformación urbana. Ese análisis constituye el punto de partida para comprender el caso mexicano dentro de una perspectiva comparada.

Puede observarse con claridad que la distribución del gasto muestra que el Mundial fue utilizado como un acelerador de infraestructura urbana más que como un proyecto de infraestructura deportiva. El 97.9 % de la inversión pública se concentró en movilidad, agua, medio ambiente e infraestructura urbana, mientras que sólo el 2.1 % se destinó a seguridad.
Sin embargo, el caso mexicano también obliga a introducir un matiz importante: los estudios económicos realizados tras la conclusión del torneo coinciden en que el impacto macroeconómico nacional fue moderado.
Asimismo, diversos análisis estiman que, si bien existieron beneficios relevantes para sectores como el turismo, el comercio, el transporte y los servicios, éstos no modificaron de manera significativa la trayectoria de crecimiento de la economía mexicana.
Lejos de representar un fracaso, ese resultado confirma lo observado en otros megaeventos internacionales, por la simple y sencilla razón que los Mundiales rara vez transforman por sí mismos el desempeño económico de un país, más bien su potencial depende de la capacidad institucional para convertir inversiones extraordinarias en ventajas permanentes.
Finalmente, la diferencia entre un gasto coyuntural y una inversión estratégica sólo podrá evaluarse cuando las nuevas vialidades, los sistemas de transporte, las obras hidráulicas y los espacios públicos continúen generando beneficios de largo plazo.
Canadá: un Mundial para consolidar presencia internacional
Si Estados Unidos aprovechó una infraestructura madura y México utilizó el torneo para acelerar proyectos urbanos, Canadá enfrentó un desafío distinto: demostrar capacidad para organizar un evento deportivo de escala mundial y, al mismo tiempo, fortalecer su posicionamiento como destino turístico, cultural y de inversión. Aunque únicamente dos ciudades —Toronto y Vancouver— albergaron partidos mundialistas, la estrategia canadiense fue considerablemente más amplia que la organización de los encuentros deportivos.
Diversas evaluaciones elaboradas antes del torneo estimaban que la Copa Mundial podría generar alrededor de 3,800 millones de dólares canadienses en producción económica, aportar cerca de 2,000 millones al Producto Interno Bruto y contribuir a la creación de aproximadamente 24,100 empleos, entre directos e indirectos.

Más allá de la precisión que alcancen finalmente esas proyecciones, reflejan la lógica bajo la cual Canadá decidió participar en el proyecto: utilizar el Mundial como una plataforma para fortalecer sectores estratégicos de largo plazo. Las inversiones se concentraron en transporte, infraestructura urbana, espacios públicos, tecnologías para la gestión de grandes eventos y servicios destinados a mejorar la experiencia de residentes y visitantes. Al igual que México, el objetivo no consistía solo en organizar un campeonato de fútbol, sino en dejar capacidades instaladas para futuras actividades económicas.
En este sentido, Canadá representa un punto intermedio entre los modelos estadounidense y mexicano, toda vez que no contaba con una red de estadios comparable a la de Estados Unidos, pero tampoco enfrentaba los rezagos urbanos que motivaron buena parte de la inversión mexicana. Su estrategia buscó equilibrar modernización, promoción internacional y fortalecimiento de su competitividad como destino global.
También confirma la experiencia canadiense que el éxito de un megaevento no depende exclusivamente del tamaño de la inversión realizada, sino de la claridad de los objetivos perseguidos; en este caso, la evidencia muestra que las obras integradas a una estrategia de desarrollo previamente definida tienden a consolidar un legado urbano de largo plazo, mientras que la ausencia de esa articulación incrementa la probabilidad de generar infraestructura con un aprovechamiento limitado.
Mientras Estados Unidos explotó una ventaja competitiva previamente consolidada, México aprovechó una coyuntura internacional para acelerar inversiones urbanas y Canadá utilizó el evento como una herramienta de posicionamiento económico y territorial. Esa diversidad de estrategias explica por qué resulta metodológicamente incorrecto evaluar el éxito del Mundial únicamente a partir de la derrama económica generada durante las semanas de competencia.
La experiencia internacional demuestra que los beneficios de un megaevento deportivo no pueden medirse en exclusiva mediante indicadores de corto plazo, ya que el incremento del turismo, el consumo o la ocupación hotelera constituye apenas la expresión más visible de un fenómeno mucho más complejo.
En términos sintéticos, cada legado nacional depende de la permanencia de las inversiones realizadas, de la capacidad institucional para mantenerlas en operación y de su contribución al desarrollo económico y social durante los años posteriores.

Un legado que apenas comienza
En México, el balance preliminar muestra que la Copa Mundial dejó una infraestructura urbana renovada en las ciudades sede y una oportunidad para evaluar si esas inversiones mejorarán la movilidad, el acceso a servicios públicos y la competitividad urbana durante la próxima década.
En Estados Unidos, el torneo confirmó la fortaleza de una industria del entretenimiento capaz de organizar eventos de escala global con altos niveles de eficiencia operativa, consolidando a sus principales ciudades como referentes internacionales para futuras competiciones y espectáculos.
Canadá, por su parte, utilizó el Mundial como una plataforma para fortalecer su imagen internacional, impulsar inversiones estratégicas y ampliar su presencia dentro del circuito de grandes eventos deportivos.
Las tres experiencias comparten un elemento común: ninguna concluyó con la ceremonia de clausura, el campeonato terminó el 19 de julio de 2026; el verdadero proceso de evaluación apenas comienza.

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