Política

La Pensión para el Bienestar: un camino hacia la dignidad y la felicidad

Por Luz Elena Pereyra

Durante el último sexenio presidencial ha sido todo un fenómeno la participación de las y los adultos mayores en temas de política nacional, la cual, en el ámbito público y por algunos segmentos, sólo ha sido reconocida por su adhesión a la figura del hoy ex Presidente de México y debido a la Pensión para el Bienestar.

Sin embargo, hay otras aristas que vale la pena considerar para explicarnos dicho fenómeno de participación ciudadana de un sector de la población que supera los 65 años y que ha iniciado el tránsito acelerado de la última etapa de su vida, aunque ésta pueda extenderse por 10, 20, 30, 40 años más.

Porque cuando de política, salud y sociedad se trata, hablar de la vejez y de los viejos es referir una etapa de la vida de las personas que se aprecia como no favorable, por la disminución consistente de habilidades, competencias y capacidades efectivas concernientes a la salud físicas, el deterioro cognitivo y la productividad. En este marco, los adjetivos calificativos son, casi siempre desventajosos para las y los adultos mayores, pues por lo regular se instalan en conceptos discriminatorios.

Durante décadas, desde que los gobiernos consolidaron su alianza con el capital, dejando de ver en la familia una ventaja para el desarrollo del neoliberalismo, y las “cabecitas blancas” fueron descalificadas para representar el liderazgo que necesitaban en los hogares para imponer su ideología; las personas de mayor edad, los respetables, los sabios, los de la experiencia, pasaron a ser desechables para los gobiernos, la sociedad, las empresas y las familias.

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Foto de Luz Elena Pereyra

Llamados así y ahora sin el menor respeto, los viejos fueron y han ido perdiendo reconocimiento por parte del Estado y sus instituciones, entre éstas la familia. Mientras tanto, esos viejos han seguido trabajando, siendo el sostén de sus hogares y enfrentando la instauración de nuevos valores sociales y nuevas normas morales que les disminuyen oportunidades y reducen su espacio de incidencia e interacción social y, poco a poco, también de sus medios de subsistencia.

Dichos valores morales, trasladados o no al ámbito normativo, eran eje de reconocimiento de los derechos y obligaciones, entre y para las personas. No obstante, en el periodo neoliberal se impusieron como base preceptos morales adheridos al mercado, la crítica resuelta en posturas de odio hacia lo “no productivo” y esgrimiendo los modelos sociales y económicos del individualismo y las relaciones costo-beneficio de las que, por obvias razones, las personas de mayor edad van siendo desplazadas paulatinamente.

A pesar de este panorama desalentador, así como a las dinámicas señaladas y enraizadas ya en la vida social y política de México, en los primeros años del siglo XXI en se empezó a hablar de esperanza, un concepto que sonaba vacío luego de décadas instalados en “la nada”. Poco a poco la esperanza comenzó a tener sentido y, como sin contexto no hay sentido, ésta se abrió paso lentamente orientando nuevos aires al ánimo colectivo para pensar y desear alcanzar una forma de existencia mejor para vivir, encontrar tranquilidad y abrazar la felicidad.

Foto de Luz Elena Pereyra

Quizás haya para quien esta exposición resulte cursi y vana, pero seguramente no, en la cotidianeidad, para los 5.6 millones de personas mayores de 65 años que, en los últimos tiempos, se han visto beneficiadas con le Pensión para Adultos Mayores.

Para ese 6% de la población (7.6 millones de mexicanos) que se encuentran en el rango de adulto mayor, la implementación de la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores en México ha sido un hito significativo en la política social del país, porque les ha transformado la vida devolviéndoles la dignidad, el respeto y un lugar significativo en la vida familiar y social.

Los resultados son latentes y observables, por ejemplo, en el último informe de gobierno del Presidente López Obrador, realizado en el Zócalo de la Ciudad de México el pasado primero de septiembre.

Ese día se dieron cita, en su mayoría, adultos mayores y, seguramente por ello, la logística impuso el acomodo de sillas a lo largo y ancho de la explanada, desde donde los viejos escucharon atentos a un Presidente por el que rodaron lágrimas desde sus primeras palabras que aludieron su convencimiento “de que lo mejor de México es su pueblo”.

Foto de Luz Elena Pereyra

Los aplausos, las lágrimas, el reconocimiento y los gritos de júbilo que anticipaban el adiós para un presidente que se despediría de su cargo un mes después, hicieron eco a una idea colectiva: se va quien “nos devolvió la dignidad”, dijo uno de tantos ancianos que permanecieron hasta el final del informe.

Sí, la pensión ha permitido a los adultos mayores recuperar su dignidad, el respeto de quienes les rodean y sonreír de nuevo; porque como señala el libro Envejecimiento y sociedad, de Vicente Rodríguez, “la seguridad económica es crucial para mantener la autoestima y el respeto en la vejez”.

Y más allá, permite la reafirmación de los adultos mayores como parte de una sociedad que pudiera ser más sensible para reconocer en esas generaciones sus aportaciones pasadas y presentes a las vida familiar y comunitaria, donde los ancianos tienen hoy condiciones para edificar nuevos roles de interacción dentro de la familia y la comunidad, pero sobre todo para ser visibles de nuevo, dejar de ser vistos como una carga, y vivir con felicidad y bienestar.

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(1) Comentario

  1. Hug0 Cervantes says:

    Importantes conceptos sobre los viejos en la política de AMLO vs el neoliberalismo. Y , la autoestima del pueblo que creció.
    Son puntos acertados en el cambio.

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