Por Luz Elena Pereyra Rodríguez
Lenguaje, poder y violencia simbólica contra la primera mujer que ocupa la Presidencia de México.
Ayer Claudia Sheinbaum Pardo cumplió años y, como no tengo manera de contactarla personalmente, sólo se me ocurrió enviarle un mensaje breve, en una frase aparentemente simple que, sin embargo, contiene una disertación entera sobre lenguaje, poder, símbolos nacionales y cultura política en México:
Yo la llamo PresidentA.
La escribo con A mayúscula deliberadamente. No por corrección política, no por obediencia ideológica, no por militancia partidista. La escribo así porque las palabras importan y porque nombrar nunca ha sido un acto inocente, más bien porque nombrar también significa reconocer, clasificar, legitimar; es, en muchos sentidos, distribuir poder.
Por eso sería un error reducir la discusión sobre el uso de Presidenta o Presidente a un debate superficial de gramática o estilo, pues el fenómeno es mucho más complejo y lo que aquí está en juego no es solo una terminación lingüística, sino la disputa simbólica por el reconocimiento de una figura institucional inédita en la historia del país: México tiene, por primera vez en más de dos siglos de vida independiente, una mujer en la Presidencia de la República.
Y, al parecer, una parte del país todavía no termina de procesar lo que eso significa, sin embargo, sería simplista asumir que la resistencia a llamarla PresidentA se explica exclusivamente por machismo o por inercias culturales asociadas al lenguaje; no es así, la violencia discursiva dirigida contra Claudia Sheinbaum opera en una intersección mucho más compleja donde convergen género, clase, origen, identidad y proyecto político.
La PresidentA no incomoda únicamente porque sea mujer, sino por el tipo de poder que encarna y, también, por representar la continuidad institucional de la Cuarta Transformación, un proyecto político que, más allá de simpatías o rechazos partidistas, ha alterado la relación histórica entre poder político, élites económicas, representación popular y narrativa de Estado, y ese punto es central para entender la virulencia del debate.
Resulta consustancial a la democracia la crítica política que no solo debe existir, es necesaria, tiene que existir; pero una cosa es la crítica rigurosa a decisiones de gobierno (presupuesto, seguridad, reformas, política exterior, estrategia económica) y otra muy distinta es la construcción sistemática de marcos discursivos orientados no a debatir políticas públicas, sino a erosionar la legitimidad simbólica del adversario.
Esa diferencia es esencial, toda vez que la confrontación política deja de centrarse en argumentos y comienza a operar mediante repetición ritual de etiquetas, caricaturas y fórmulas de descalificación, el conflicto deja de ser puramente político para entrar en el terreno de la violencia simbólica.
Aquí conviene detenernos en la reflexión que es viable soportar en el sociólogo francés Pierre Bourdieu, quien explicaba que el lenguaje no sólo comunica información, también produce jerarquías, legitima posiciones y organiza relaciones de poder; en otras palabras: hablar nunca es neutral, porque cada palabra está cargada de historia, estructura y dominación.
Aplicado al caso mexicano, esto significa que insistir sistemáticamente en llamar Presidente a Claudia Sheinbaum —incluso cuando la forma institucional, jurídica y cultural del cargo admite plenamente el femenino— deja de ser un detalle anecdótico cuando aparece de manera recurrente en medios, tribunas parlamentarias y redes sociales.
También la repetición importa y mucho, porque en comunicación política la frecuencia transforma el significado y una expresión aislada puede ser casual, mientras una locución repetida miles de veces comienza a fijar la percepción pública y otra repetida coordinadamente en múltiples espacios construye un marco cognitivo.
Esa observación llevó a LEEA Estrategias Corporativas (para quien se realiza este análisis), a desarrollar una metodología propia de análisis discursivo basada en una muestra intencional de alta densidad narrativa correspondiente al periodo comprendido entre el 25 de mayo y el 25 de junio de 2026. Para ello se seleccionaron 15 unidades discursivas emblemáticas —titulares, expresiones mediáticas, intervenciones en tribuna y piezas de alta circulación en redes sociales— provenientes de prensa escrita y digital, radio, televisión y ecosistemas digitales, elegidas por su alta capacidad de amplificación, repetición narrativa y carga de hostilidad simbólica.
Cada unidad fue codificada mediante una matriz analítica propia que permitió identificar categorías de agresión discursiva como negación simbólica de género, deslegitimación intelectual, infantilización política, saturación mediática hostil y desfiguración del adversario, así como la finalidad predominante de cada pieza: desacreditar, debilitar o anular. A partir de ese corpus construimos la Matriz LEEA de violencia simbólica y anulación político-discursiva, cuyo propósito no consiste en cancelar la crítica democrática ni en victimizar a la titular del Ejecutivo, sino en distinguir con rigor entre el disenso legítimo y los patrones recurrentes de agresión orientados a erosionar, debilitar o incluso anular simbólicamente la autoridad presidencial.

Los resultados de la muestra intencional permiten identificar con claridad los patrones dominantes de agresión discursiva dirigidos contra la figura presidencial. La matriz de codificación revela que los mecanismos más recurrentes no corresponden, en su mayoría, al insulto explícito o a la misoginia verbal abierta, sino a formas más sofisticadas, persistentes y estructurales de violencia simbólica.
Las categorías con mayor frecuencia fueron la deslegitimación intelectual (C2), con 12 incidencias; la infantilización política (C3), con 11; y la desfiguración del adversario (C9), con 10. En términos analíticos, ello significa que la agresión predominante no consistió en atacar frontalmente a la persona mediante insultos directos, sino en erosionar sistemáticamente su autoridad, autonomía y legitimidad como sujeto político.
La variable complementaria AU (finalidad de agresión discursiva) permitió identificar un hallazgo aún más revelador: la mayor parte de las piezas analizadas no estuvo orientada únicamente a desacreditar a la PresidentA mediante crítica severa, sino a debilitar su autoridad pública y, en los casos más extremos, a anularla simbólicamente como sujeto legítimo de poder. Este hallazgo resulta central para la investigación, porque muestra que la violencia política de género más eficaz no siempre opera desde la agresión burda, sino desde mecanismos discursivos capaces de normalizar la desautorización.
Uno de los hallazgos más reveladores de la investigación es que las expresiones más dañinas no siempre son las más escandalosas y, con frecuencia, las formas de erosión simbólica más eficaces son precisamente aquellas que logran normalizarse, repetirse y circular en el espacio público sin generar resistencia aparente, hasta convertirse en marcos discursivos socialmente aceptados.
Si la matriz de codificación permitió identificar la naturaleza cualitativa de la agresión discursiva, el siguiente paso consistió en observar su comportamiento dinámico en el espacio público. Para ello, LEEA llevó a cabo un análisis comparativo de frecuencia narrativa con el fin de identificar qué expresiones hostiles aparecen con mayor recurrencia, en qué plataformas circulan con más intensidad y cómo determinados marcos discursivos logran amplificarse hasta convertirse en patrones estables de percepción política.

Como puede observarse, su fuerza no radica necesariamente en el insulto explícito —aunque, como demuestra también nuestra investigación, éste existe de forma brutal, persistente y en ocasiones abiertamente misógina, mediante expresiones como “loca de palacio”, “puta”, “pendeja” o “presirvienta”—, sino en un mecanismo más sofisticado y estructural: la erosión gradual del reconocimiento institucional pleno. En términos sencillos, la violencia discursiva contra la PresidentA opera en múltiples capas simultáneas.
En unas ocasiones se expresa de forma brutal y descarnada mediante insultos abiertos, despropósitos que degradan simultáneamente a la mujer, a la investidura presidencial y, no menos importante, exhiben la precariedad ética y discursiva de quien los emite. En otras, adopta formas mucho más sofisticadas y, por ello mismo, más difíciles de señalar: mecanismos discursivos aparentemente neutros que, repetidos una y otra vez, terminan negando la especificidad histórica de su condición.
Ese mecanismo resulta muy eficaz precisamente porque es difícil de denunciar, pues siempre existe la salida retórica bajo argumentos aparentemente ingenuos como: “Yo siempre he dicho presidente”, “Es una preferencia gramatical”, “No tiene importancia”. Sin embargo, en el análisis del discurso, la sistematicidad sí importa, pues cuando una expresión se repite con persistencia en medios, tribunas parlamentarias y redes sociales, deja de ser una preferencia individual y comienza a operar como un marcador discursivo de deslegitimación simbólica.
Más aún cuando esa negación simbólica aparece acompañada por otros patrones recurrentes: “No piensa sola”, “Le dictan”, “La mandan”, “Es un títere”. Todas estas expresiones comparten una estructura profunda: negar autonomía. No cuestionan una decisión concreta de gobierno ni debaten una política pública específica; lo que hacen es cuestionar algo más profundo: la capacidad misma de ejercer poder por cuenta propia.
Las tablas elaboradas muestran con claridad que estos marcos discursivos no aparecen de manera aislada; por el contrario, se repiten, circulan y se amplifican interplataforma hasta convertirse en patrones relativamente estables de percepción pública. La deslegitimación intelectual, la infantilización política y la desfiguración del adversario emergen como los mecanismos dominantes de agresión simbólica, mientras que expresiones como “Presidente”, “Le dictan”, “Es un títere” o “No gobierna” revelan una finalidad aún más profunda: no sólo desacreditar, sino debilitar, desautorizar y, en su forma más extrema, impulsar un proceso de anulación simbólico-subjetiva orientado a vaciar progresivamente a la figura presidencial de autonomía, autoridad y legitimidad como sujeto pleno de poder.
Este patrón de comportamiento nos conduce a una pregunta necesaria: ¿por qué una figura con una trayectoria académica, técnica y política tan robusta se convierte en blanco de narrativas que insisten, una y otra vez, en negarle agencia intelectual y autonomía de liderazgo? Responder exige detenerse en su biografía.
Porque Claudia Sheinbaum no encaja en el arquetipo tradicional del político mexicano. Primero, porque no proviene del priismo corporativo; segundo, porque no es heredera de un cacicazgo regional; tercero, porque no viene de las élites empresariales tradicionales; y cuarto —entre muchas otras cosas— porque no responde al modelo del caudillo masculino clásico.
Sí, su trayectoria rompe con esa genealogía del poder. Nació en una familia de clase media intelectual profundamente vinculada al ámbito universitario. Es hija de científicos. Se formó en la UNAM. Estudió física, cursó maestría y doctorado en ingeniería energética, realizó investigación avanzada en Berkeley y participó en trabajos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas, organismo cuyo trabajo fue reconocido con el Premio Nobel de la Paz en 2007.
Pero su biografía también desmonta otro estereotipo. No es sólo científica. Estudió ballet durante más de una década. Practicó deporte. Tuvo formación musical. Creció en un entorno donde ciencia, arte, política y discusión pública convivían cotidianamente.
Resulta difícil descalificarla desde los viejos clichés de “incapacidad”, “ignorancia” o “frivolidad”. Y cuando esa descalificación no logra sostenerse frente a la evidencia de una trayectoria académica, técnica y política robusta, el ataque no desaparece: muta. La agresión discursiva se desplaza entonces desde el cuestionamiento directo de sus capacidades hacia mecanismos más sofisticados de violencia simbólica: la deslegitimación intelectual, la infantilización política y, en su forma más extrema, la desfiguración del adversario. En otras palabras, cuando resulta difícil negar sus credenciales, lo que se intenta anular es algo más profundo: su autonomía, su autoridad y legitimidad como sujeto pleno de poder.
La PresidentA como ruptura histórica
Si observamos con detenimiento la historia presidencial mexicana, aparece una paradoja difícil de ignorar, pues se hace necesario referir con atención la narrativa de descalificación que presenta a Claudia Sheinbaum como una figura intelectualmente limitada, manipulable o incapaz de autonomía política; la cual no sólo resulta cuestionable desde el análisis discursivo, sino que también colisiona frontalmente con los datos históricos.
Aplicar aquí el análisis comparativo resulta revelador cuando observamos que, a lo largo de más de un siglo y medio de historia republicana, México ha sido gobernado por militares, abogados, administradores, economistas, operadores políticos y tecnócratas; desde Benito Juárez hasta el presente, el perfil predominante del poder presidencial mexicano ha transitado entre la formación jurídica, la disciplina militar y, en décadas recientes, la tecnocracia económica.
Claudia Sheinbaum altera de manera profunda esa genealogía del poder presidencial, porque no sólo es la primera mujer en ocupar la Presidencia de la República, sino que también representa una anomalía histórica dentro del perfil de quienes han ocupado el máximo cargo del Estado mexicano.
Se apuntaban renglones arriba en su trayectoria académica, resumida al máximo, lo que lleva a afirmar, sin rodeos, que al contrastar trayectorias académicas, Claudia Sheinbaum aparece entre los perfiles con mayor preparación técnica, científica y académica de toda la historia presidencial mexicana y, probablemente, como el más robusto en términos de formación científica especializada.
Para dimensionar con mayor precisión la singularidad de este perfil, conviene observar comparativamente la formación académica de quienes han ocupado la titularidad del Poder Ejecutivo en México a lo largo de la historia republicana.

Comparar permite observar con claridad el predominio histórico de perfiles jurídicos, militares, políticos y tecnocráticos en la presidencia mexicana, así como la singularidad del perfil científico de Claudia Sheinbaum dentro de esa genealogía institucional.
La paradoja, entonces, se vuelve aún más evidente, ¿por qué una figura con uno de los expedientes académicos más sólidos del México contemporáneo se convierte en blanco persistente de narrativas que la describen como “incapaz”, “subordinada” o “intelectualmente deficiente”?
No parece estar en sus credenciales la respuesta que se busca; entonces, debe investigarse en otra parte, lo cual nos obliga a salir del terreno estrictamente político para entrar en el análisis del poder simbólico.
Durante décadas, la psicología social ha estudiado cómo reaccionan los grupos cuando estructuras de poder largamente normalizadas comienzan a modificarse. La llamada teoría de la dominancia social, desarrollada por los psicólogos Jim Sidanius y Felicia Pratto, ayuda a entender este fenómeno al referir que cuando las jerarquías históricas son desafiadas, suelen activarse mecanismos de resistencia orientados a restaurar el orden simbólico previo; es decir, y para nombrarlo en términos simples: cuando cambia quien puede ejercer el poder, también se intensifica la disputa sobre quien “merece” ejercerlo. México arrastra una historia presidencial profundamente masculinizada.
Por generaciones enteras el imaginario del poder estuvo asociado a atributos culturalmente masculinos: fuerza, verticalidad, control, autoridad y dominación. En ese marco, la figura del presidente mexicano (del caudillo revolucionario al operador priista, del tecnócrata al líder carismático amplificado mediáticamente) estuvo casi siempre asociada a códigos masculinos de mando.
Claudia Sheinbaum altera esa gramática, no sólo porque sea mujer, esa sería una explicación insuficiente, sino porque representa simultáneamente varias rupturas importantes de revisión.
Primera ruptura: género. Por primera vez el máximo símbolo del poder estatal mexicano tiene rostro femenino y, aunque algunos prefieran minimizarlo, modifica el imaginario nacional.
Entiéndase la razón a partir de la lingüista y filósofa Judith Butler, quien ha explicado que el género no sólo describe identidades, sino que también organiza expectativas sociales sobre autoridad, legitimidad y poder. En resumen, las sociedades no sólo aprenden quién gobierna, sino también cómo “debería verse” alguien que gobierna. Claudia Sheinbaum vino a romper con esa expectativa.
Segunda ruptura: origen identitario. Su ascendencia judía ha sido utilizada en no pocas ocasiones como material para insinuaciones conspirativas, ataques raciales y alusiones antisemitas abiertas o veladas, y este hecho no puede minimizarse.
México no suele reconocerse a sí mismo como una sociedad atravesada por prejuicios étnicos y raciales tan intensos como otras, pero basta observar ciertos espacios digitales para advertir la facilidad con la que emergen narrativas de alteridad y, cuando eso ocurre, la crítica política deja de dirigirse a decisiones de gobierno y comienza a operar sobre la identidad del sujeto; con lo que ya no se discute lo que hace, se problematiza lo que es. Ese desplazamiento es peligrosísimo.
Pero incluso género e identidad, por sí solos, no explican por completo la intensidad del fenómeno, pues ambos factores ayudan a entender capas importantes de la resistencia simbólica, pero todavía no alcanzan para explicar la virulencia, persistencia y sofisticación del ataque discursivo.
Para comprender esa dimensión es necesario vincular el análisis con el tercer elemento.
Tercera ruptura: proyecto político. Este tipo de ruptura es, sin duda, la más importante y tiene que ver con que Claudia Sheinbaum no representa solamente a una persona: representa continuidad, representa proyecto, representa Estado y, sobre todo, representa la continuidad institucional de la Cuarta Transformación.
Conviene hacer aquí una pausa para observar que una parte sustancial de la virulencia discursiva dirigida hacia la PresidentA no puede entenderse sin reconocer que aquello que se disputa rebasa ampliamente a Claudia Sheinbaum como individuo. En el fondo, lo que está en juego es el modelo de país que hoy se impulsa desde Palacio Nacional, pero también una disputa histórica mucho más profunda sobre el rumbo político, económico y social de México.
La 4T alteró equilibrios que durante décadas parecían intocables, porque cambió la relación entre poder político y poder económico; redefinió la interlocución entre élites, medios, ciudadanía y Estado; modificó prioridades presupuestales; alteró el centro de gravedad del discurso público.
Aquí la ecuación es simple: cuando estructuras de poder se reconfiguran, también se intensifica la batalla por el control del relato.
Aparece también otro elemento central de la comunicación política contemporánea. La senadora Lilly Téllez (por mencionar uno de los casos más estridentes, aunque no el único) ha convertido buena parte de su comunicación pública en una estrategia de confrontación verbal orientada a maximizar impacto emocional y viralidad. No se trata ya de proponer, eso sería mucha ingenuidad, sino de refutar técnicamente políticas públicas; se trata de instalar emociones: indignación, burla, humillación, desprecio.
Ese cambio no es menor, si se entiende que en el momento en que el debate público abandona el terreno argumentativo y se desplaza hacia el terreno emocional, el lenguaje deja de funcionar como instrumento de deliberación democrática y comienza a operar como arma de polarización.
Vista desde la psicología del poder, esta dinámica revela además un componente inquietante: ciertos patrones de agresión reiterada recuerdan lo que la psiquiatra Marie-France Hirigoyen denominó acoso moral; en estos procesos, el objetivo del agresor no consiste en exclusiva en criticar o confrontar, sino en desgastar, desestabilizar y vaciar progresivamente al otro de legitimidad y reconocimiento.
Bajo esta lógica, la agresión discursiva deja de operar sólo como oposición política y comienza a adquirir rasgos de depredación simbólica.
Por eso, llamar PresidentA a Claudia Sheinbaum trasciende por completo la gramática, toda vez que no es una concesión semántica; tampoco es un gesto de simpatía partidista y mucho menos una obligación ideológica. Es, en realidad, un acto de reconocimiento histórico.
Nombrarla PresidentA no significa renunciar a la crítica; implica reconocer con precisión la realidad institucional de México, dando pauta a que el lenguaje no sólo describa al poder, sino que también ayude a construirlo y, cuando sea necesario, logre revelar quién todavía se resiste a aceptar que el poder ha cambiado.
Por eso yo la llamo PresidentA, con “A” mayúscula, deliberadamente. Porque a veces una sola letra basta para mostrar que la disputa no ocurre solo en las urnas, en el Congreso o en Palacio Nacional; sucede también en el lenguaje, donde se libra una de las batallas simbólicas más profundas del México contemporáneo, y negarle esa “A” no es un asunto gramatical: es una forma de negarle, también, una parte de su lugar en la historia.
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EXCELENTE ARTÍCULO Y MUY VALIOSO ANALISIS DE LEEA , sobre los Discursos en contra de la PresidentA Claudia Sheinbaum. Entendí las enormes Rupturas históricas con su Presidencia: 1.Ser mujer 2. Su origen de familia de científicos y judíos y ella como prestigiosa científica 3. El Proyecto político de la 4 T que representa y que continúa. Y 4. Los cambios que se han dado entre el poder, las élites económicas y los medios. Sí, la disputa también está en el lenguaje.