Por Ariadna Cantarell
Integrar distintos conocimientos y tradiciones en el tratamiento de la enfermedad es posible. El mara’akame y el pueblo Wixárika dan testimonio de ello.
La relación entre la medicina tradicional y la medicina convencional suele explicarse como si fueran dos caminos separados: uno asociado con conocimientos heredados de las comunidades y otro con hospitales, medicamentos, diagnósticos y procedimientos científicos. Sin embargo, la experiencia de quienes buscan atención para un padecimiento muestra una realidad más compleja, pues es costumbre que una misma persona recurra a distintos saberes a lo largo de una enfermedad, según lo que está viviendo, el lugar donde se encuentra, los recursos disponibles y la explicación que encuentre para aquello que le ocurre.
Entre los wixaritari, nombre con el que se identifica al pueblo Wixárika, esta convivencia puede observarse con particular claridad. Dentro de su concepción tradicional de la salud y la enfermedad, el mara’akame ocupa un lugar central como especialista encargado de atender distintos padecimientos y de intervenir en aquellos aspectos de la vida que, desde esta perspectiva, pueden afectar el equilibrio de la persona.
Investigaciones etnográficas han documentado que su preparación comprende conocimientos relacionados con el cuerpo, la lengua, los rituales y la concepción wixárika de la persona. La enfermedad, por ello, no se entiende únicamente como una alteración del cuerpo, sino también en relación con la vida familiar, comunitaria, ritual y espiritual.
Hagamos un paréntesis para señalar que el pueblo wixárika habita principalmente en la Sierra Madre Occidental, en territorios que en la actualidad corresponden a Jalisco, Nayarit, Durango y Zacatecas; también para observar que en estas comunidades, los conocimientos sobre la salud y la enfermedad forman parte de una concepción más amplia de la persona, la comunidad y su relación con el mundo.
Ahora bien, el estudio de la medicina wixárika permite comprender por qué curar no siempre significa lo mismo para todas las culturas. Por ejemplo, una investigación realizada por Saúl Santos García y Karina Ivett Verdín Amaro de la Universidad Autónoma de Nayarit, analizó la comunicación entre médicos y pacientes wixaritari en un hospital urbano de Tepic y en una clínica rural de una comunidad indígena.
El trabajo, realizado entre 2010 y 2011, documentó que, de acuerdo con las personas entrevistadas, existe una distinción entre las llamadas enfermedades nativas y las enfermedades occidentales: las primeras se relacionan con el sistema tradicional de salud y son atendidas por el mara’akame, mientras que la atención médica se asocia con mayor frecuencia a enfermedades consideradas occidentales y con accidentes. Los autores también registraron que, cuando una persona no encuentra mejoría con la atención médica, puede recurrir posteriormente al mara’akame.
Esa práctica cotidiana modifica la idea de que existe una frontera absoluta entre ambos sistemas y, al respecto, otra investigación publicada en una antología sobre los wixaritari registró que, entre las personas estudiadas, se acudía principalmente con médicos, pero también aparecían combinaciones como doctor-curandero, doctor-enfermero y mara’akame. El mismo estudio encontró un uso amplio de plantas medicinales, cuyos datos corresponden a una población y un contexto determinados, por lo que no pueden generalizarse a todo el pueblo wixárika, pero sí permiten observar que la búsqueda de atención puede combinar distintos especialistas y conocimientos.
Detrás de esa coexistencia existen, sin embargo, formas diferentes de comprender el cuerpo. Es decir, para la medicina convencional, una enfermedad puede ser identificada mediante signos, síntomas, estudios clínicos y procedimientos diagnósticos que permiten establecer un tratamiento; mientras que dentro de la concepción wixárika estudiada por la antropología, el estado de salud también puede relacionarse con el equilibrio de la persona respecto de su familia, su comunidad, sus obligaciones rituales y sus vínculos con las entidades que forman parte de su universo cultural.
Horacia Fajardo Santana estudió durante años estas relaciones en la Sierra Huichola y mostró que la llamada “costumbre” no constituye una serie de prácticas aisladas, sino una forma de organizar la vida, la alimentación, las relaciones sociales y las obligaciones rituales. Desde esa perspectiva, la enfermedad puede adquirir significados que no se reducen a la explicación de un síntoma físico, por lo que su investigación resulta importante porque permite observar el encuentro entre la medicina occidental y la medicina wixárika sin convertir a ninguna de las dos en una caricatura de la otra.

De igual forma, la diferencia entre ambos conocimientos tampoco significa que uno permanezca inmóvil frente al otro, lo cual se respalda en el hecho de que las comunidades indígenas han incorporado instituciones, medicamentos, hospitales y servicios de salud, mientras que sus propios conocimientos médicos continúan formando parte de la vida cotidiana. La investigación etnográfica realizada en comunidades wixaritari muestra precisamente esa adaptación: la tradición permanece, pero convive con transformaciones sociales, migración, bilingüismo y contacto permanente con instituciones externas.
En México, el encuentro entre estos saberes incluso ha sido llevado al terreno institucional, gracias a que durante las últimas décadas se han desarrollado experiencias orientadas a establecer diálogos interculturales en salud, con la intención de acercar los servicios médicos institucionales a las prácticas y conocimientos de las comunidades. Estas experiencias han mostrado que el problema no consiste sólo en disponer de servicios médicos, sino también en comprender las formas en que las personas explican la enfermedad, expresan el dolor y establecen confianza con quien las atiende.
La comunicación adquiere aquí una importancia particular, porque al observar la investigación de Saúl Santos García y Karina Ivett Verdín Amaro, citada renglones arriba, se observan las diferencias comunicativas que se producen durante la consulta médica entre profesionales de la salud mestizos y pacientes wixaritari, al compararlas con la comunicación que ocurre durante la “limpia” realizada por un mara’akame.
Dicha investigación encontró que existen distintas expectativas sobre lo que debe ocurrir durante una consulta: quién habla, cómo se dirige al otro, cuánto participa el paciente y qué lugar ocupa la autoridad de quien atiende. En la consulta médica, los autores observaron una relación más asimétrica entre médico y paciente; en la interacción con el mara’akame, el hecho de compartir lengua y cultura favorece una comunicación distinta. La diferencia, entonces, no está solamente en el tratamiento que se ofrece, sino también en la manera en que se establece la relación con quien busca atención.
Escuchar al cuerpo tiene entonces más de un significado, pues para la medicina convencional puede implicar atender síntomas, signos clínicos y resultados de estudios; mientras para otros sistemas médicos suele incluir observar el comportamiento, los sueños, las relaciones familiares, el territorio, las prácticas rituales o aquello que la persona considera que ha alterado su equilibrio. No son necesariamente traducciones de una misma explicación: son formas diferentes de producir conocimiento sobre la enfermedad.
Eso permite comprender mejor el sentido de hablar de una convergencia de medicinas y aquí, precisemos: convergencia no significa mezclar de forma indiscriminada distintos tratamientos, ni afirmar que todos los procedimientos tienen la misma eficacia; más bien es convergencia de medicinas tiene como sentido reconocer que las personas pueden buscar respuestas en diferentes sistemas de conocimiento y que cada uno posee alcances, límites, formas de diagnóstico y maneras particulares de entender la recuperación.
También el diálogo exige cuidado, porque incorporar un conocimiento tradicional a un espacio institucional no debería significar extraerlo de su contexto, convertirlo en una técnica aislada o presentarlo como una versión exótica de la medicina; tampoco tendría sentido exigir que una comunidad abandone sus propios conocimientos para aceptar sólo los procedimientos institucionales: dialogar implica reconocer la diferencia antes de intentar integrarla.
Es evidente que la investigación sobre salud intercultural parte de una realidad que se ha observado en distintas regiones de México: las personas pueden recurrir a diferentes conocimientos y especialistas para atender un padecimiento, y el encuentro entre ellos plantea problemas que van más allá de elegir entre una medicina y otra.
Luz María Espinosa Cortés y Alberto Ysunza Ogazón, investigadores de la Dirección de Nutrición del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, plantearon que las diferencias culturales no tienen por qué impedir el diálogo entre la biomedicina y los conocimientos tradicionales o locales, aunque la consulta médica puede convertirse en un espacio donde esas diferencias se hacen visibles. Su propuesta coloca en el centro la necesidad de construir relaciones de entendimiento entre quienes poseen conocimientos médicos distintos.

Una experiencia concreta ocurrió en Cuetzalan, Puebla. María Beatriz Duarte-Gómez, Viviane Brachet-Márquez, Roberto Campos-Navarro y Gustavo Nigenda estudiaron la evolución del hospital de esa localidad y, entre 2000 y 2001, entrevistaron a 72 terapeutas alópatas e indígenas, además de directivos de distintos niveles del sistema de salud. Su investigación documentó que en 1990 el hospital se transformó en Hospital Mixto, incorporando la medicina tradicional junto con la atención alopática, en un proyecto que buscó que ambas formas de atención pudieran estar disponibles para la población indígena de la región.
La experiencia resulta reveladora porque la convergencia, insistamos, no consistió simplemente en colocar a un médico tradicional dentro de un hospital. Los investigadores documentaron que, para reorganizar el espacio, se consultó a los propios terapeutas indígenas y, gracias a ello, curanderos y parteras señalaron aspectos del hospital que dificultaban sus prácticas y propusieron modificaciones. Entre ellas estuvieron la incorporación de un espacio para rezar, salas de parto adecuadas a las necesidades de las parteras y la inclusión del temazcal y el baño de vapor. El encuentro entre conocimientos tuvo que expresarse también en la arquitectura y en la organización de la atención.
El caso de Cuetzalan permite observar algo fundamental: la interculturalidad no consiste sólo en reconocer que existen distintos conocimientos, sino en modificar las condiciones en las que esos conocimientos pueden encontrarse; así, para que la medicina tradicional pudiera formar parte de aquel hospital, fue necesario escuchar a quienes la practicaban y reconocer que sus necesidades no eran las mismas que las del personal formado exclusivamente dentro de la medicina institucional.
También mostró la experiencia las dificultades de sostener ese encuentro, debido a que cuando el hospital pasó en el año 2000 a la Secretaría Estatal de Salud, los investigadores encontraron que parte de su organización volvió a funcionar bajo criterios propios de un hospital convencional y que varias de las características construidas durante su etapa como Hospital Mixto se debilitaron. El estudio concluyó que la permanencia de un modelo intercultural dependía tanto de las políticas de salud como de las relaciones entre las instituciones, los profesionales y las comunidades.
Tal vez una de las aportaciones más importantes de estos encuentros consiste en devolverle a la palabra escuchar un lugar dentro de la atención de la salud, porque escuchar no sustituye un diagnóstico, una intervención quirúrgica ni un medicamento cuando estos son necesarios; tampoco convierte una práctica tradicional en evidencia científica por el simple hecho de ser antigua. Escuchar significa conocer aquello que la persona está viviendo, comprender el contexto en el que aparece su padecimiento y reconocer que detrás de un cuerpo enfermo existe también una historia, en resumen: conocer-comprender-reconocer
Sin lugar a dudas la convergencia entre la medicina tradicional y la convencional puede encontrarse justamente ahí: en la persona que busca sanar, porque es ella quien puede acudir con un médico, consultar a un especialista tradicional, utilizar plantas conocidas por su familia, seguir un tratamiento hospitalario o combinar algunas de estas prácticas. Las decisiones concretas dependerán de cada comunidad y de cada padecimiento, pero la historia de estos encuentros muestra que la salud no siempre se construye dentro de una sola habitación, ni desde un único conocimiento.
Habrá que tomar con respeto la idea de que, ese encuentro, pueda producirse sin descalificación, sin idealizaciones y sin apropiaciones, por la simple y sencilla razón que la medicina convencional tiene conocimientos y herramientas que pueden salvar vidas —por eso ha sido estudiada— y porque los sistemas tradicionales conservan experiencias acumuladas sobre el cuerpo, las plantas, el territorio y las relaciones comunitarias. Reconocer los aciertos y las carencias de cada conocimiento no significa colocarlos en el mismo plano científico, sino comprender qué puede aportar cada uno y cuáles son sus límites.
Desde esa perspectiva, el encuentro entre el mara’akame y el médico no representa necesariamente una disputa, se convierte también, al ser mirada con respeto, en la imagen de una sociedad que aprende a reconocer que cuidar la vida requiere conocimiento, pero también capacidad para escuchar.
Fuentes de consulta
- Duarte-Gómez, M. B., Brachet-Márquez, V., Campos-Navarro, R., & Nigenda, G. (2004). Políticas nacionales de salud y decisiones locales en México: el caso del Hospital Mixto de Cuetzalan, Puebla. Salud Pública de México, 46(5).
- Espinosa Cortés, L. M., & Ysunza Ogazón, A. (2009–2010). Diálogo de saberes médicos y tradicionales en el contexto de la interculturalidad en salud. Ciencia Ergo Sum, 16(3), 293–301.
- Fajardo Santana, H. (2007). Comer y dar de comer a los dioses. Terapéuticas en encuentro: conocimiento, proyectos y nutrición en la Sierra Huichola. Universidad de Guadalajara / El Colegio de San Luis.
- Santos García, S., & Verdín Amaro, K. I. Comunicación intercultural y la consulta médica en pacientes wixaritari (huicholes): un elemento a considerar dentro del patrimonio biocultural. Dimensión Antropológica.

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