Saberes de la tierra
Por Ariadna Cantarell
La ciencia ha encontrado que la cosmovisión de muchos pueblos mesoamericanos planteaba ideas de equilibrio entre la persona y la “Madre tierra”, el espacio que se habita.
Mucho antes de que habláramos de ecología, biodiversidad o bienestar, los pueblos que habitaron este territorio aprendieron algo fundamental: la vida humana dependía de la tierra. De ella venían los alimentos, el agua, las plantas, los animales y los materiales necesarios para construir una casa, preparar un remedio o alimentar a una familia y, en distintas culturas mesoamericanas, la tierra formaba parte de una manera más amplia de entender la existencia en la que el cuerpo humano, la naturaleza, la comunidad y el mundo sagrado mantenían vínculos permanentes.
Para los antiguos nahuas, por ejemplo, el cuerpo no podía comprenderse aislado del universo que lo rodeaba, tal como lo explica el historiador y antropólogo Alfredo López Austin en Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas, donde detalla la manera en que los pueblos nahuas concebían el cuerpo, sus partes, sus funciones, sus fuerzas anímicas, la enfermedad, la vida y la muerte.
Su investigación muestra que aquellas ideas formaban parte de un sistema mucho más amplio de pensamiento en el que el cuerpo ocupaba un lugar dentro de la propia cosmovisión. La obra, publicada originalmente en 1980 por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), sigue siendo una referencia fundamental para comprender esta concepción.
Algo semejante puede observarse entre los pueblos mayas, aunque cada comunidad desarrolló sus propias formas de comprender el mundo, como relata Manuel Alberto Morales Damián en su estudio Territorio sagrado: cuerpo humano y naturaleza en el pensamiento maya (2010), en el cual examinó fuentes prehispánicas, textos coloniales y estudios etnográficos para analizar la relación entre el cuerpo humano y la naturaleza en el pensamiento maya.
Su investigación muestra una concepción del territorio en la que seres humanos, animales, plantas, astros, orientación geográfica y tiempo forman parte de un mismo entramado, dentro del cual el cuerpo humano también ocupa un lugar organizado. Esa relación puede expresarse de maneras muy concretas, si se observa que para los médicos tradicionales mayas de Los Chenes, Campeche, por ejemplo, la persona —winik— se entiende en relación con el espacio que habita.
Aquí resulta interesante recurrir al estudio etnográfico de Javier Hirose López, porque documentó con precisión que el cuerpo, llamado kukut, se concibe como reflejo del cosmos y que sus componentes están relacionados con elementos de la naturaleza como la tierra, el agua, el fuego, el viento y la luz.
En ese entramado, la casa, el pueblo, la región y el mundo forman parte de ese espacio de existencia; es decir, el territorio no era simplemente el lugar donde una persona vivía, representaba aquello que hacía posible su vida y de la manera en que comprendía su cuerpo.
La antropología ha encontrado ejemplos todavía más cercanos a nuestra vida cotidiana, por ejemplo, entre los chatinos de Oaxaca, la investigación de Mirna Liliana Cruz Ramos mostró que incluso la sangre puede adquirir significados que van mucho más allá de su función biológica. A partir de entrevistas con médicos tradicionales y biomédicos, y de trabajo de campo realizado en comunidades chatinas, la autora encontró que la sangre está vinculada simbólicamente con la casa y el territorio. La relación entre cuerpo, familia, casa y tierra aparece así como parte de la construcción cultural de la persona.
Aquí aparece una palabra que ayuda a entender muchas de estas prácticas: equilibrio. Dicho en otras palabras, en distintas tradiciones médicas, la salud no ha sido entendida solo como la ausencia de una enfermedad, también puede relacionarse con el equilibrio de la persona dentro de su entorno, con su alimentación, sus actividades, sus vínculos familiares y comunitarios y, dependiendo de cada tradición, con fuerzas que pertenecen al mundo natural y al ámbito sagrado.
La medicina tradicional tampoco puede entenderse como un conocimiento detenido en el tiempo. Eduardo L. Menéndez, antropólogo y profesor-investigador emérito del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), ha estudiado durante décadas los procesos de salud, enfermedad y atención en los pueblos indígenas mexicanos.
En su artículo Medicina tradicional. Algunas propuestas para su estudio, publicado en Cuicuilco. Revista de Ciencias Antropológicas en 2023, plantea que la medicina tradicional debe estudiarse como un proceso de cambio y que las cosmovisiones necesitan observarse en relación con la vida cotidiana de las comunidades. Su propuesta resulta especialmente útil para comprender que los conocimientos tradicionales no son piezas detenidas en el pasado, sino prácticas que se transforman junto con las sociedades que las mantienen vivas.

Por eso, hablar de Madre Tierra también exige escuchar las palabras de cada comunidad para mirar a detalle que en algunas regiones existen ceremonias para agradecer a la tierra, pedir permiso antes de trabajarla o reconocer aquello que proporciona.
En otras áreas geográficas la relación aparece en las fiestas agrícolas, en las semillas que se guardan, en la forma de preparar los alimentos, en el conocimiento de las plantas o en los rituales relacionados con la lluvia y las cosechas. No existe una sola manera de hablar con la tierra porque tampoco existe una sola tradición indígena; sin embargo, lo que sí aparece una y otra vez es una idea poderosa: la tierra no está fuera de nosotros.
Está en el maíz que comemos, en las plantas con las que preparamos una bebida, en el agua que consumimos y en los alimentos que forman nuestro cuerpo; asimismo, en los conocimientos que permiten reconocer una planta, saber cuándo sembrar, cuándo cosechar o cómo preparar un remedio. El territorio guarda así una parte de la memoria de quienes lo habitan.
Claramente, la medicina tradicional no puede entenderse sólo como un conjunto de recetas, porque detrás de una planta utilizada para aliviar un malestar existe una historia de observación, aprendizaje y transmisión: alguien tuvo que reconocerla, distinguirla de otras, conocer el lugar donde crecía, descubrir cómo utilizarla y enseñar a otra persona lo aprendido.
A resumidas cuentas el conocimiento de la naturaleza también es conocimiento del territorio, el cual se encuentra hoy frente a una realidad muy distinta de aquella en la que se formaron muchas de estas tradiciones. La pérdida de biodiversidad, la transformación de los ecosistemas, la contaminación del agua y del suelo y el cambio en las formas de producción afectan también las condiciones materiales de las comunidades que dependen directamente de su entorno.
Por ello, la ciencia contemporánea ha comenzado a estudiar algunas de estas relaciones desde otros caminos que lleva a investigaciones sobre biodiversidad, alimentación, microbiota, espacios verdes y salud humana a explorar de qué manera el ambiente influye en nuestro bienestar. Son campos distintos de las cosmovisiones indígenas y no prueban las explicaciones tradicionales, pero ayudan a recordar una realidad elemental: el organismo humano no existe separado del mundo natural.
Mirar todavía más allá es la naturaleza de la historia y, gracias a ella, ha sido posible documentar que antes de que existieran los laboratorios, las personas ya observaban el comportamiento de las plantas, los ciclos del agua, los cambios de las estaciones, los efectos de los alimentos y las señales del propio cuerpo. De esa observación surgieron conocimientos que se convirtieron en costumbres, prácticas de cuidado y sistemas de interpretación de la enfermedad.
Tal vez ahí se encuentre el verdadero sentido de hablar de una conexión entre la Madre Tierra y nuestro cuerpo, porque no hace falta imaginar una fuerza invisible que viaje de la tierra al organismo para reconocer que nuestra existencia siempre ha dependido de una relación material y cultural con el territorio: comemos lo que la tierra produce, bebemos el agua que circula por ella, respiramos el aire de sus ecosistemas, convivimos con otros seres vivos, construimos nuestras casas con materiales que proceden de ella y transmitimos conocimientos que nacieron de observar la tierra durante largas generaciones.
Sí, la tierra no es solamente el lugar donde estamos, es parte de la historia de lo que somos y, por ello, quizá la expresión “Madre Tierra” no necesita ser traducida al lenguaje de la ciencia para tener valor; al contrario, guarda una historia propia que nos recuerda que desde distintos campos del conocimiento: el cuerpo humano nunca ha vivido separado de la tierra que lo alimenta y lo sostiene.
Fuentes de consulta
- Cruz Ramos, M. L. (2019). La sangre en la cosmovisión chatina y en las concepciones biomédicas locales. Alteridades, 29(58), 87–97. https://doi.org/10.24275/uam/izt/dcsh/alteridades/2019v29n58/Cruz
- Hirose López, J. (2007). El cuerpo y la persona en el espacio-tiempo de los mayas de Los Chenes, Campeche. Revista Pueblos y Fronteras Digital, 2(4), 1–31. https://doi.org/10.22201/cimsur.18704115e.2007.4.225
- López Austin, A. (1980). Cuerpo humano e ideología: Las concepciones de los antiguos nahuas [Tesis de doctorado, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras]. Repositorio de la Dirección General de Bibliotecas y Servicios Digitales de Información, UNAM.
- Menéndez, E. L. (2023). Medicina tradicional: Algunas propuestas para su estudio. Cuicuilco. Revista de Ciencias Antropológicas, 30(88), 169–192. https://revistas.inah.gob.mx/index.php/cuicuilco/article/view/20233
- Morales Damián, M. A. (2010). Territorio sagrado: Cuerpo humano y naturaleza en el pensamiento maya. Cuicuilco. Revista de Ciencias Antropológicas, 17(48), 279–298.
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