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“El fantasma de la ópera” y el fantasma del elitismo cultural

La incorporación del "Potro" al elenco de la obra El fantasma de la ópera abre el debate sobre el elitismo existente en cierto círculos culturales.

Por Jessica Chaparro

La incorporación del “Potro” al elenco de la obra El fantasma de la ópera abre el debate sobre el elitismo existente en cierto círculos culturales.

La conversación alrededor de El fantasma de la ópera en México dejó de centrarse, al menos por unos días, en la música de Andrew Lloyd Webber, en la majestuosidad del montaje o en la vigencia de uno de los musicales más exitosos de la historia para colocar el foco rojo en la polémica generada por la incorporación de Luis “Potro” Caballero, conocido por su paso en Acapulco shore, como alternante del icónico personaje. La reacción fue inmediata y, en muchos casos, visceral, demostrando que su decisión causó sorpresa, incredulidad y críticas abiertas.

De inmediato se hizo evidente que, para un sector considerable del público asiduo al teatro, resultó casi ofensivo imaginar que una figura asociada al reality show pudiera pisar el escenario de una obra considerada por muchos como parte de la élite del teatro musical, lo que llevó a los medios, particularmente digitales, a preguntar con estridencia: ¿qué hace el “Potro” en El fantasma de la ópera? Pero detrás de esa aparente indignación se escondía una conversación mucho más interesante.

No toda crítica nace de una evaluación artística, no. En ocasiones lo que se juzga primero no es el talento, sino el origen y, al parecer, es lo que ha ocurrido, pues buena parte de las reacciones no se centraron en si el “Potro” canta bien, actúa con solvencia o sostiene la complejidad del personaje. Más bien, la resistencia apareció incluso antes de verlo en escena, es decir, el juicio no recayó sobre su desempeño sino sobre lo que representa. Concretamente, en las críticas apareció un fantasma más poderoso que el del propio musical: el elitismo cultural.

Todavía existen espacios artísticos que socialmente se siguen protegiendo como territorios exclusivos, casi sagrados; lugares donde ciertos perfiles son considerados legítimos y otros no. El teatro musical, en particular en montajes de gran prestigio, suele ocupar uno de esos espacios donde existe una noción no siempre explícita, pero sí muy presente, de quién “pertenece” y quién no.

La incomodidad que provoca el “Potro” no necesariamente habla de él, sino de los públicos, de cómo siguen clasificando a las celebridades en categorías rígidas: el actor serio, el cantante respetable, la celebridad frívola, la estrella de reality; como si la trayectoria mediática de una persona determinara en automático sus límites artísticos.

Luis “Potro” Caballero como parte del elenco de El fantasma de la ópera.
Luis “Potro” Caballero como parte del elenco ha generado debate en medios digitales y redes sociales. Foto: Facebook Potro Luis Caballero.

Eso no significa que toda crítica sea clasista ni que cualquier casting deba celebrarse sin cuestionamientos, pues el talento importa tanto como la preparación o el escenario, también, pero hay una diferencia enorme entre exigir calidad y descalificar por sistema; porque por principio la primera postura protege el oficio; la segunda resguarda prejuicios.

Tal vez por eso esta polémica resulta tan reveladora, obliga a mirar una tensión cada vez más visible en el entretenimiento contemporáneo, las fronteras entre alta cultura, cultura popular y cultura digital se están desdibujando a gran velocidad; tanto que hoy, una figura surgida de un reality puede formarse, profesionalizarse y aspirar a espacios que antes parecían impensables y eso, al parecer, sigue incomodando a quienes todavía creen que ciertos mundos deben permanecer separados.

Por esa razón es innegable que el verdadero valor de esta discusión no esté en el “Potro” ni en El fantasma de la ópera, sino en lo que revela sobre el público que muestra cómo algunos de sus miembros siguen diciendo que el arte debe abrir puertas, democratizarse y romper barreras, pero cuando alguien inesperado cruza el umbral, no siempre reacciona con la misma apertura, haciendo visible que en muchas ocasiones el fantasma que más miedo da no vive en el escenario sino en los prejuicios sociales.

Ese prejuicio tampoco puede separarse del componente social que rodea al consumo cultural en México, aunque rara vez se diga abiertamente, seguimos jerarquizando los espacios del entretenimiento casi como si existieran categorías de prestigio, la televisión popular y los realities suelen asociarse al consumo masivo; el cine aporta legitimidad industrial y artística; mientras que el teatro, en esencia el musical de gran formato conserva un aura de sofisticación y exclusividad. No es casualidad, también hay una diferencia de acceso económico entre esos mundos.

En ese contexto, el rechazo hacia elPotro parece revelar algo más incómodo que una simple crítica actoral, la resistencia a que una figura surgida del entretenimiento popular cruce hacia espacios que muchos todavía perciben como culturalmente selectos.

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