Ultima Hora, Ciencia, Salud

Ahogamiento: prevenir y reconocer la emergencia 

Ponle ritmo al corazón

Por el Dr. Bardo Lira

El ahogamiento se define como el proceso de experimentar una alteración de la respiración debido a la inmersión o sumersión en un líquido.

“Sus ropas se extendieron y, como una sirena, la sostuvieron a flote por un rato… hasta que sus vestidos, pesados por el agua que bebieron, arrastraron a la pobre infeliz de su melodioso canto a una muerte cenagosa.”

Hamlet, Acto IV. La muerte de Ofelia.

William Sheakespeare

El agua puede convertirse en una emergencia en cuestión de segundos ya que una persona que se está ahogando no necesariamente grita, agita los brazos o consigue pedir ayuda. Hablar y coordinar los movimientos puede resultar cada vez más difícil una vez que la respiración comienza a fallar. Las consecuencias de un ahogamiento pueden ir desde una recuperación completa hasta lesiones neurológicas permanentes o la muerte.

La magnitud del problema ayuda a entender por qué no debe considerarse únicamente un accidente: la Organización Mundial de la Salud estima que cerca de 300 mil personas mueren cada año por ahogamiento en el mundo, de las cuales, más de la mitad corresponden a niñas, niños y personas jóvenes de entre cero y 29 años mientras que los menores de 5 años concentran una proporción particularmente elevada del riesgo. Desde el año 2000, la tasa mundial de mortalidad por ahogamiento ha disminuido 38%, aunque continúa siendo un problema de salud pública prevenible.

México, en particular, enfrenta también una posición importante, pues de acuerdo con el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED), durante 2024 se registraron 1,776 defunciones relacionadas con ahogamiento en el país. Dichos decesos se presentaron principalmente entre hombres y ocurrieron en escenarios diversos como arroyos, lagos, ríos, mar abierto y depósitos de agua como aljibes, cisternas, piletas y estanques. CENAPRED también identifica entre los factores de riesgo las inundaciones, el consumo de bebidas alcohólicas antes de nadar, la falta de protección en depósitos de agua y una vigilancia insuficiente de los menores.

Respecto a la manifestación de una situación de ahogamiento, es importante saber que el proceso comienza cuando una persona queda sumergida y no consigue mantener una respiración normal. El organismo necesita oxígeno de manera continua y el cerebro es especialmente sensible a su ausencia. Entonces, si la respiración se interrumpe, disminuye de golpe el oxígeno disponible para los tejidos y puede aparecer pérdida de conciencia.

Cuando la falta de oxígeno se prolonga, el corazón también puede dejar de funcionar. Por eso, aunque el ahogamiento termine afectando al corazón, la emergencia comienza fundamentalmente como un problema respiratorio. La American Heart Association y la American Academy of Pediatrics señalan que existe una progresión desde la insuficiencia respiratoria hasta el paro cardiaco y que, por esa razón, el manejo de la vía aérea y la ventilación tienen particular importancia.

Pensemos, como ejemplo, en un niño que cae accidentalmente en una alberca mientras los adultos conversan a unos metros de distancia. La caída puede durar apenas unos segundos, pero si nadie advierte lo ocurrido el tiempo transcurrido antes de localizarlo puede convertirse en un factor de vida o muerte. 

Algo semejante suele suceder con una persona adulta que entra al mar, a un río o a una presa y pierde la capacidad de mantenerse a flote por agotamiento, una corriente, una lesión, el consumo de alcohol o una condición médica inesperada. El escenario cambia, pero el principio es el mismo: reconocer rápidamente que existe una emergencia permite iniciar la ayuda a tiempo.

También existe una imagen equivocada de lo que significa estar en peligro dentro del agua; es decir, una persona que se ahoga puede no tener la posibilidad de gritar o hacer movimientos llamativos y, para estos casos, la Cruz Roja Americana señala como signos de una persona que necesita ayuda inmediata que no consiga avanzar en el agua, permanezca vertical sin poder desplazarse o mantenerse a flote, o se encuentre inmóvil y boca abajo.

El rescate, sin embargo, requiere una precaución fundamental: quien ayuda no debe convertirse en una segunda víctima. Es decir, cuando una persona que está en peligro puede sujetarse de manera instintiva de quien intenta rescatarla y ponerlo también en riesgo; por ello, cuando sea posible, conviene pedir ayuda, avisar al personal salvavidas y utilizar desde un lugar seguro algún elemento que permita alcanzar o acercar a la persona, antes que entrar al agua sin preparación. La cadena de supervivencia recomendada para estos casos comienza precisamente con reconocer el problema y realizar un rescate seguro.

Una vez que la persona está fuera del agua, la situación debe valorarse de inmediato, lo que significa que si la persona que enfrenta un accidente por ahogamiento está consciente y respira normalmente, es importante observar su evolución y buscar valoración médica cuando existan síntomas respiratorios u otras alteraciones; por el contrario, si se encuentra inconsciente y no respira normalmente, deben activarse los servicios de emergencia e iniciar la reanimación cardiopulmonar. 

Las recomendaciones de la American Heart Association y la American Academy of Pediatrics destacan que, en el paro cardíaco posterior a un ahogamiento, la reanimación debe incluir ventilaciones cuando el rescatador está capacitado para realizarlas, porque la falta de oxígeno es un componente central del proceso.

La razón es fisiológica, lo que significa que en muchos paros cardíacos provocados por enfermedades del corazón, el problema inicial puede ser eléctrico; en el ahogamiento, en cambio, la falta de oxígeno desempeña un papel central. La revisión científica de la Cruz Roja señala que el proceso puede avanzar desde una alteración de la respiración hasta una hipoxemia grave y posteriormente un paro cardiaco. Por ello, la reanimación cardiopulmonar (RCP) con ventilaciones tiene un papel muy importante cuando el paro se produce después de un ahogamiento.

No debe asumirse que todo terminó porque la persona recuperó la conciencia después de salir del agua, más bien hay que estar pendientes de algunos síntomas debido a que tos persistente, dificultad para respirar, respiración anormal, somnolencia, confusión, debilidad, dolor en el pecho o cualquier deterioro posterior son motivos suficientes para buscar valoración médica. Esto porque después de un episodio de casi ahogamiento, puede existir lesión pulmonar y —dependiendo de la gravedad y del tiempo que la persona permaneció sin respirar de forma adecuada—, también pueden presentarse consecuencias por falta de oxígeno.

Si se tiene la alegría de disfrutar de un momento en el mar, en algún río o alberca, es importante recordar que la prevención empieza antes de entrar al agua. En niñas y niños pequeños, la supervisión activa y cercana de un adulto es fundamental; estar físicamente cerca no equivale a estar vigilando si la atención se encuentra en el teléfono, una conversación u otra actividad. 

La OMS recomienda además establecer barreras que impidan el acceso no controlado a piscinas y otras fuentes de agua, enseñar habilidades básicas de natación y seguridad acuática en condiciones apropiadas; así como capacitar en primeros auxilios y reanimación cardiopulmonar a quienes están a cargo de instalaciones acuáticas.

En México como en todo el mundo, la prevención debe considerar que el riesgo no está solo en una alberca. Ríos, lagos, presas, mar abierto y depósitos de agua forman parte de los escenarios identificados por CENAPRED; pero también en el hogar con un aljibe, una cisterna o una pileta sin protección puede representar un riesgo particularmente importante para los niños pequeños. El organismo recomienda mantener protegidos estos depósitos y evitar que los menores tengan acceso sin supervisión.

De igual manera, las inundaciones agregan otro escenario de peligro, pues se tiene conocimiento y registros suficientes para saber que el agua que invade calles, viviendas o vehículos puede ocultar desniveles, corrientes, objetos, instalaciones eléctricas y otros riesgos que no son visibles desde la superficie. CENAPRED identifica las inundaciones ocasionadas por fenómenos meteorológicos entre los factores que pueden incrementar el riesgo de ahogamiento.

Una consideración particular la merece el alcohol, porque sus efectos pueden ser factor para disminuir la percepción del riesgo, afectar la coordinación y dificultar una respuesta adecuada ante una corriente, una caída o una pérdida de equilibrio; razón por la cual, la OMS identifica el consumo de alcohol entre los factores asociados con un mayor riesgo de ahogamiento.

Saber nadar es una herramienta de protección pero no elimina el riesgo. Dicho en otras palabras, la seguridad en el agua depende también de la supervisión, las condiciones del lugar, el uso de chalecos salvavidas cuando corresponda, el respeto a las condiciones meteorológicas, la ausencia de alcohol y la preparación para responder ante una emergencia. En instalaciones acuáticas, la presencia de personal capacitado puede formar parte de esa protección. CENAPRED y la Secretaría de Salud recomiendan fortalecer estas medidas en espacios recreativos y domésticos.

Señales de alerta

Una persona que ha sufrido un episodio de casi ahogamiento requiere valoración médica urgente si presenta dificultad para respirar, tos persistente, respiración anormal, confusión, somnolencia, pérdida de conciencia, coloración azulada de labios o piel, debilidad, dolor en el pecho o cualquier deterioro después de haber estado sumergida.

Imagen: Parvej.

 En caso de que la persona se encuentre alerta, con esfuerzos respiratorios y que se escuche la presencia de tos enérgica, lo mejor es colocarla en posición de seguridad; es decir, acostada de perfil y con uno de sus propios brazos sosteniendo la cabeza a fin de que no caiga al suelo. Además, la dirección de la cara —sin tensar el cuello— debe estar casi recta, dirigiéndola levemente al suelo.

Si se escuchan esfuerzos por toser, podemos animar a la persona a hacerlo con más fuerza mientras conserva estado de alerta y fuerza para hacerlo. Esto permitirá que el agua que haya podido entrar a la vía respiratoria, pueda salir por gravedad y por el instinto de liberar la vía aérea.

Si está inconsciente y no respira normalmente, deben activarse los servicios de emergencia e iniciarse la reanimación cardiopulmonar. Cuando se cuente con un desfibrilador externo automático disponible, debe utilizarse tan pronto como sea posible y siguiendo las indicaciones del equipo de manera segura. Las recomendaciones actuales de reanimación para ahogamiento destacan la importancia de combinar compresiones y ventilaciones cuando quien auxilia está capacitado para proporcionarlas.

Si no se estamos capacitados para realizar ventilaciones, las compresiones cardíacas por sí solas son de gran utilidad ya que también ayudan a expulsar el líquido contenido en la vía respiratoria.

El ahogamiento puede ocurrir en una alberca, en el mar, en un río, durante una inundación o incluso dentro de una vivienda. No siempre produce una escena evidente y puede avanzar rápidamente. Reconocer que alguien está en peligro, pedir ayuda, realizar un rescate sin poner en riesgo la propia vida y comenzar oportunamente la atención puede cambiar el desenlace.

Es de especial importancia priorizar la seguridad propia en los casos en los que hay componentes agregados de riesgo: corriente u oleaje de agua, cables o estructuras de transmisión eléctrica, viento intenso, sismo, estructuras que podrían colapsar, o fuego. En estos casos, lo recomendable es esperar a que alguien capacitado acuda al rescate o salvamento.

En la historia: 

Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, lideraba un vasto ejército durante la Tercera Cruzada (1190) cuando pereció ahogado cruzando el río Saleph (actual Turquía). Aunque crónicas como la Historia de Expeditione Friderici confirman la inmersión letal, la mecánica del suceso divide a los especialistas.

Una perspectiva puramente histórica argumenta un ahogamiento mecánico por fatiga: la fuerte corriente y el peso de su armadura lo arrastraron al fondo tras caer de su montura. En contraste, la teoría con mayor respaldo fisiológico sugiere que el intenso frío de las aguas provocó un choque térmico (hidrocución) que desencadenó un síncope o un infarto en el monarca de 68 años, incapacitándolo súbitamente antes de asfixiarse.

Fuentes de consulta

Consulta más contenido en nuestro portal Leea Estrategias Corporativas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *