Por Edith Chávez Ramos
La elección en Colombia sirve como una señal de los movimientos que se están dando a nivel geopolítico en la región.
A unos días de la elección presidencial en Colombia, esta debe leerse mucho más allá de la alternancia entre izquierda y derecha, por la simple y sencilla razón que lo ocurrido tras el triunfo de Abelardo de la Espriella, candidato de ultraderecha, representa un movimiento político de alto impacto regional y, al mismo tiempo, una señal geopolítica que América Latina no debería subestimar.
Con 49.66% de los votos frente al 48.70% del progresista Iván Cepeda, y una diferencia cercana a 245 mil sufragios, De la Espriella ganó una elección marcada por una participación de 63% del padrón, una de las más altas de los últimos años en Colombia. El abogado penalista, sin trayectoria electoral previa pero con fuerte presencia mediática y discursiva, asumirá la presidencia el 7 de agosto de 2026 con una plataforma centrada en mano dura en seguridad, reducción del Estado, expansión petrolera y una agenda conservadora claramente alineada con la nueva derecha continental.
Se decía arriba que Colombia no debe analizarse como un episodio aislado, porque se ha venido observando, a través de casos diversos —desde el llamado Hondurasgate, pasando por las provocaciones políticas y narrativas dirigidas contra México y su presidenta, hasta las filtraciones estratégicas desde infraestructuras digitales y el reposicionamiento discursivo de Donald Trump frente a América Latina— señales cada vez más consistentes de una reconfiguración continental.
Colombia no muestra únicamente que emerge una alternancia entre izquierdas y derechas, sino la consolidación de un proyecto transnacional de poder donde propaganda digital, polarización emocional, guerra cultural e influencia geopolítica comienzan a operar simultáneamente.
Bajo esa lectura, Colombia no inaugura el fenómeno, sólo lo confirma, pues la victoria de De la Espriella aparece como uno de los síntomas más visibles de una tendencia más amplia: el avance de nuevas derechas radicalizadas capaces de articular discurso identitario, securitización extrema y movilización emocional con herramientas tecnológicas de enorme sofisticación.
Los datos de la elección permiten identificar al menos tres señales recurrentes que ya hemos observado en otros procesos electorales regionales: la primera es una polarización extrema, que refiere una diferencia fue menor a un punto porcentual, confirmando una Colombia prácticamente partida en dos; lo que no habla únicamente de competitividad electoral, sino de una fractura social profunda, donde proyectos de país radicalmente distintos conviven bajo creciente tensión.
La segunda es el colapso del centro político, fenómeno que no es exclusivo de Colombia, toda vez que ya se observó en Argentina con Javier Milei (2023), en Brasil durante la polarización Lula-Bolsonaro, en Estados Unidos con la radicalización trumpista, e incluso en El Salvador con Nayib Bukele, donde la disputa política se ha desplazado hacia polos cada vez más duros y emocionalmente movilizados; así que el centro no sólo pierde elecciones; pierde capacidad de representación, de intermediación y, en muchos casos, de legitimidad.

La tercera señal quizá sea la más contemporánea: una campaña intensamente apoyada en microsegmentación digital, propaganda emocional, inteligencia artificial generativa y guerra narrativa en redes sociales que visibiliza con claridad al hecho de que hoy la disputa política ya no se libra únicamente en plazas públicas, medios tradicionales o debates televisivos, se libra en algoritmos, plataformas, bases de datos y arquitecturas de persuasión digital diseñadas para explotar emociones colectivas. Este punto lo hemos debatido desde LEEA Estrategias Corporativas desde un sinfín de ejemplos reales.
En la elección presidencial colombiana ese punto resulta crucial, pues la retórica de campaña de Abelardo de la Espriella —“recuperar la patria”, “combatir al socialismo”, “defender la familia”— no surge en aislamiento. Más bien, replica con notable precisión el repertorio discursivo de la ultraderecha transnacional contemporánea, visible en los entornos políticos alineados con Trump, redes iberoamericanas conservadoras y think tanks que articulan agendas comunes alrededor de soberanía, seguridad, migración, religión y guerra cultural.
Hasta el momento, no existe evidencia pública concluyente que permita afirmar una intervención directa de Estados Unidos en el proceso electoral colombiano, sin embargo, sería igualmente simplificador ignorar la creciente circulación transnacional de narrativas, estrategias digitales y estructuras de influencia ideológica que hoy moldean campañas políticas en toda América Latina.
Esa tonalidad es central para comprender el momento latinoamericano, ya que es reconocido cómo la influencia geopolítica del siglo XXI ya no opera solo mediante bases militares, tratados comerciales o intervención diplomática tradicional; circula, y es importante reiterarlo, mediante algoritmos, plataformas digitales, influencers políticos, consultores de campaña y actores mediáticos sincronizados transnacionalmente.
Colombia, en este tablero, no es una pieza menor si observamos que históricamente ha sido la principal plataforma de influencia de Estados Unidos en Sudamérica; razón por la cual su relevancia para Washington no puede leerse desde relatos simplificadores de cooperación altruista o seguridad compartida, sino desde una lógica histórica de intereses concretos: control de corredores estratégicos, contención de adversarios regionales, proyección militar, vigilancia de economías ilícitas y capacidad de influencia sobre el reordenamiento político continental.
Su frontera con Venezuela, su peso energético y su función dentro de la arquitectura hemisférica de seguridad convierten a Bogotá en un nodo decisivo del tablero regional, por lo que la elección colombiana importa mucho más allá de Colombia, pues lo que parece consolidarse no es sólo el reemplazo de un gobierno progresista por uno de derecha radical; más bien podría pensarse que pudiera estar emergiendo una nueva fase del reordenamiento latinoamericano: una región donde la disputa política ya no gira en exclusiva en torno a modelos económicos, sino alrededor de identidad, emociones, miedo, seguridad y confrontación cultural y, entiéndase con claridad, quizá esa sea la señal más importante.
La nueva ultraderecha no necesariamente conquista primero las instituciones, antes se ocupa de algo más profundo: el lenguaje, la percepción y tanque de pensamiento desde el cual las sociedades interpretan la realidad y, una vez logrado eso, la competencia electoral deja de ser simplemente una disputa entre programas de gobierno y se convierte en una confrontación existencial entre visiones cada vez más irreconciliables del país.
Finalmente ha de decirse que cada país latinoamericano deberá preguntarse que tipo de democracias están emergiendo en una región donde la polarización extrema, la guerra narrativa y la radicalización ideológica comienzan a redefinir las reglas mismas de la convivencia política.
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