Nearshoring, soberanía industrial y la estrategia mexicana
Por Luz Elena Pereyra Rodríguez
La renegociación del T-MEC invita a preguntar sobre las posibilidades de inversión y desarrollo industrial que México tiene ante sí.
Si la primera gran pregunta de esta revisión del T-MEC es qué busca realmente Donald Trump, la segunda —y quizá más importante para México— es: ¿a qué llega México a esta mesa de negociación? Aquí la respuesta resulta fundamental porque el país no arriba en exclusiva a defender un tratado comercial, sino a proteger y, al mismo tiempo, redefinir su papel dentro de la arquitectura económica de Norteamérica.
Durante años, México fue visto en esencia como una plataforma manufacturera eficiente: costos laborales bajos, ubicación geográfica privilegiada y alta capacidad exportadora; modelo que le permitió consolidar sectores estratégicos, en particular de la industria automotriz, pero también generó una dependencia estructural de una ventaja comparativa que hoy comienza a mostrar límites.
La gran oportunidad actual tiene nombre: nearshoring. Observemos que la relocalización de cadenas productivas hacia geografías más cercanas al mercado final se ha convertido en una de las principales transformaciones económicas de la última década; tanto que para Estados Unidos responde a una necesidad estratégica evidente: reducir dependencia de Asia —especialmente de China— y fortalecer cadenas regionales consideradas críticas para la seguridad económica y tecnológica.
México ocupa, en ese nuevo tablero, una posición difícilmente sustituible, debido a que no sólo comparte más de 3 mil kilómetros de frontera con Estados Unidos; también posee una red logística integrada a profundidad, experiencia manufacturera acumulada durante más de tres décadas y clústeres industriales consolidados en automotriz, autopartes, aeroespacial, electrónica y dispositivos médicos.
Debido a lo anterior, la gran apuesta mexicana no puede limitarse a preservar el T-MEC bajo sus términos actuales, más bien su verdadero objetivo estratégico consiste en maximizar la ventana histórica que abre el nearshoring y que, sin duda, lleva a introducir una pregunta incómoda: ¿capitalizar el nearshoring significa simplemente atraer más inversión extranjera?
No necesariamente, porque México podría recibir miles de millones de dólares en nuevas inversiones y, aun así, permanecer atrapado en un modelo de bajo valor agregado, alta dependencia tecnológica y limitada soberanía industrial; situación que le coloca, en buena medida, frente a uno de los dilemas históricos de la integración manufacturera mexicana: producir mucho no siempre significa capturar el mayor valor.
Por ello, la verdadera discusión de fondo no es sólo comercial, es industrial, tecnológica y geopolítica; sin embargo, regresemos a considerar, como en la parte 1 de esta disertación, si el riesgo para México radica únicamente en una eventual presión estadounidense para encarecer artificialmente sus costos laborales y la respuesta es un no rotundo, porque el riesgo mayor sería continuar dependiendo de un modelo de competitividad sustentado en particular en salarios relativamente bajos.
Si esa ventaja comienza a erosionarse —por decisiones regulatorias, por presión sindical estadounidense o por cambios en reglas de origen—, México estaría obligado a acelerar una transición largamente postergada: competir menos por costo y más por innovación, productividad, tecnología y desarrollo industrial propio. En otras palabras, la pregunta de fondo es clara: ¿México quiere seguir siendo la mano de obra competitiva de Norteamérica o aspira a convertirse en una potencia industrial con mayor soberanía productiva?
Sin duda ese debate ayuda también a entender la arquitectura del equipo negociador mexicano y puede dar ruta la presencia del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, la cual no resulta casual y, tampoco, del equipo que le acompaña. Su experiencia previa en negociaciones complejas con Washington, su conocimiento del T-MEC y su capacidad de interlocución política lo convierten en la pieza institucional más visible del Estado mexicano en esta ronda. Ebrard representa la dimensión diplomática y estratégica de la negociación: evitar que la presión política se traduzca automáticamente en concesiones estructurales desfavorables.

Pero México no llega sólo, también llega con la industria, y es ahí donde adquiere relevancia la participación de Altagracia Gómez, figura cada vez más visible dentro del nuevo diseño económico impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum. Su presencia refleja algo significativo: la nueva etapa de la Cuarta Transformación no parece plantear una lógica de confrontación automática entre Estado y capital privado nacional, sino una articulación estratégica entre ambos para fortalecer capacidades industriales mexicanas.
Todo lo anterior adquiere especial importancia en el contexto del nearshoring, pues no basta con atraer a gigantes globales como Tesla, General Motors o Ford. También resulta indispensable fortalecer proveedores nacionales, cadenas internas de valor y capital industrial mexicano capaz de capturar mayor contenido tecnológico.
Es precisamente en ese frente, donde perfiles técnicos vinculados al sector automotriz y manufacturero —como Roberto Lazzeri y otros especialistas de la industria— aportan la dimensión operativa de la negociación: costos, reglas de origen, capacidad instalada, cadenas de suministro y viabilidad real de cualquier ajuste.
Cabe precisar aquí que una cosa es negociar políticamente y otra muy distinta responder preguntas concretas como las siguientes: ¿cuánto contenido estadounidense puede absorber hoy la cadena automotriz sin romper su rentabilidad?, ¿qué procesos productivos podrían relocalizarse?, ¿qué componentes siguen dependiendo de Asia?, ¿dónde se concentra realmente el valor agregado?
Porque las respuestas técnicas pueden resultar tan decisivas como las posturas políticas, la contrapropuesta mexicana probablemente no será defensiva en sentido estricto y llevará bases suficientes para dar respuesta a estas y otras preguntas y orientará muchas otras; en ese sentido resulta obvio que México difícilmente llegará sólo a decir “no”, la ruta más probable parece orientarse hacia cuatro ejes: defender el actual esquema de integración regional del 75% de contenido norteamericano; insistir en que la verdadera competencia no es México contra Estados Unidos, sino Norteamérica frente a Asia; ofrecer mayor integración regional en sectores estratégicos como baterías, semiconductores y electromovilidad; y utilizar su peso geopolítico creciente como carta negociadora.
Ese último punto merece atención, toda vez que México ya no ocupa la misma posición internacional de hace una década, hoy la administración de Claudia Sheinbaum ha comenzado a perfilar una política económica y comercial con sello propio, donde convergen soberanía energética, fortalecimiento industrial, seguridad regional y mayor capacidad de negociación frente a actores externos; así que pretender reducir esa estrategia a una mera continuidad administrativa sería simplificar un proceso más complejo: la nueva etapa de la Cuarta Transformación parece orientarse hacia una combinación de estabilidad macroeconómica, planeación industrial y fortalecimiento del papel estratégico del Estado.
En ese contexto también debe leerse el intercambio entre Trump y Sheinbaum y más que una simple diferencia de declaraciones, lo que observamos es una forma de esgrima política entre dos estilos radicalmente distintos de negociación: Trump presiona generando incertidumbre; Sheinbaum responde despresurizando, reencuadrando la conversación y evitando que el debate se defina en términos de confrontación.
Canadá, por su parte, observa con atención, independientemente que Ottawa comparta con México una preocupación central: evitar que la revisión del T-MEC derive en un rediseño unilateral sólo favorable a Washington; en particular, el sector automotriz canadiense —con fuerte presencia en Ontario— también depende de reglas claras de integración regional. Por lo anterior, aunque los intereses de México y Canadá no siempre coinciden a plenitud, ambos países tienen incentivos para contener cualquier intento de romper la lógica trilateral del acuerdo.
Finalmente la pregunta más importante de esta revisión no es si Trump endurecerá sus exigencias, sino qué formato de economía construirá México dentro de Norteamérica en un contexto en que la revisión del T-MEC pondrá a prueba, sí la capacidad negociadora del país pero, lo más importante, la claridad del proyecto económico nacional que implica capitalizar el nearshoring, no como modelo de atracción de inversión, sino para transformar esa inversión en innovación, desarrollo tecnológico, fortalecimiento industrial y mayor soberanía económica.
Consulta más contenido en nuestro portal Leea Estrategias Corporativas

