Por Luz Elena Pereyra
Este domingo la presidenta Claudia Sheinbaum estuvo encabezando un acto público a dos años de su triunfo electoral.
La presidenta Claudia Sheinbaum encabezó este fin de semana un acto público masivo en la Ciudad de México que combinó dos elementos centrales de su estrategia política: la rendición de cuentas ante la ciudadanía y la defensa de la soberanía nacional frente a presiones externas. El evento, acompañado por una movilización de simpatizantes, gobernadores, legisladores, dirigentes partidistas y organizaciones afines al movimiento de la Cuarta Transformación, se convirtió en un ejercicio de comunicación política con alcances que van más allá de la coyuntura inmediata.
Formalmente, el acto tuvo como objetivo informar sobre la posición del gobierno mexicano ante diversos temas relacionados con la relación bilateral con Estados Unidos, en particular en materia comercial, migratoria y de seguridad, pero desde una perspectiva política, la concentración también funcionó como una demostración de respaldo popular y capacidad de movilización del oficialismo.
La convocatoria se produjo en un contexto marcado por declaraciones de actores políticos estadounidenses sobre migración, combate al narcotráfico y posibles acciones unilaterales contra organizaciones criminales que operan en territorio mexicano. Estas posturas han sido interpretadas por distintos sectores políticos como presiones que podrían afectar la autonomía de las decisiones nacionales en materia de seguridad y política exterior.
En respuesta, Sheinbaum colocó de nuevo el concepto de soberanía en el centro del discurso gubernamental, y no se trata de una referencia menor, porque históricamente la defensa de la soberanía ha sido uno de los recursos simbólicos más poderosos de la política mexicana, utilizado por gobiernos de distintas corrientes ideológicas para construir legitimidad interna frente a desafíos externos.
Desde el punto de vista de la comunicación política, el evento permitió al gobierno articular dos narrativas simultáneas: la primera fue una narrativa de gobierno, centrada en informar avances, explicar decisiones y mostrar capacidad de conducción institucional; la segunda fue una narrativa de movimiento político, orientada a reforzar identidad, cohesión y movilización entre simpatizantes de Morena y de la llamada Cuarta Transformación.

Esa combinación resulta relevante porque muestra una característica distintiva del actual gobierno: la coexistencia entre la lógica institucional de la Presidencia de la República y la lógica política de un movimiento que conserva una importante capacidad de movilización social. A diferencia de administraciones anteriores que separaban con mayor claridad los actos gubernamentales de las concentraciones partidistas, el actual oficialismo continúa construyendo una comunicación pública donde ambos planos suelen converger.
Los críticos del evento sostienen que este tipo de movilizaciones pueden diluir la frontera entre comunicación gubernamental y activismo político, además de generar cuestionamientos sobre el uso de recursos públicos o la utilización de estructuras partidistas para respaldar actos oficiales; en paralelo y desde la oposición también se ha señalado que la defensa de la soberanía no debe convertirse en una herramienta discursiva para evadir debates internos sobre seguridad, economía o gobernabilidad.
Por su parte, los simpatizantes del gobierno argumentan que la movilización constituye una expresión legítima de respaldo ciudadano y una respuesta política frente a presiones externas que consideran inaceptables para un país soberano; así que bajo esta lectura, la participación popular fortalece la posición negociadora del Estado mexicano frente a actores internacionales.
Más allá de las posiciones partidistas, el episodio confirma que la soberanía continúa siendo uno de los conceptos con mayor capacidad de convocatoria dentro de la cultura política mexicana, aunque los desafíos actuales son muy distintos a los del siglo XX, la defensa de la autonomía nacional sigue funcionando como un elemento capaz de generar cohesión política y respaldo social.
Sin duda alguna, el significado de la movilización encabezada por Claudia Sheinbaum deberá evaluarse no sólo por el número de asistentes o por los mensajes pronunciados durante el acto, sino por su capacidad para influir en la conversación pública y fortalecer la posición política del gobierno frente a los desafíos internos y externos que enfrenta el país.
En términos de comunicación política, el mensaje parece claro: la administración federal busca presentarse simultáneamente como un gobierno que rinde cuentas y como un movimiento capaz de movilizar respaldo ciudadano cuando considera que están en juego temas relacionados con la soberanía nacional. La eficacia de esa estrategia dependerá, en última instancia, de que los mensajes políticos logren traducirse en resultados concretos para la ciudadanía y en una relación equilibrada con los distintos actores internacionales.
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