Cuando el mercado global termina golpeando la mesa de los mexicanos
Por Luz Elena Pereyra
El jitomate ha aumentado considerablemente de precio en el último año. El caso nos ayuda a entender mejor las variables del fenómeno inflacionario.
Durante distintos momentos de 2025, el precio del jitomate sorprendió a millones de consumidores mexicanos cuando en mercados, supermercados y centrales de abasto de varias ciudades del país, el kilogramo llegó a venderse en un precio cercano a los 100 pesos, convirtiéndose de manera temporal en uno de los productos con mayor presión sobre el gasto familiar y sobre la inflación alimentaria nacional.
La escena parece contradictoria, toda vez que México es una potencia agroexportadora y uno de los mayores productores de jitomate del mundo; sin embargo, el aumento terminó golpeando de frente al consumo interno, dejando clarísimo que, en una economía profundamente integrada con Estados Unidos, incluso un producto cotidiano puede reflejar tensiones climáticas, comerciales y financieras de escala internacional.
El propio Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) colocó al jitomate entre los productos agropecuarios con mayor incidencia sobre la inflación durante abril de 2025, cuando el índice inflacionario anual volvió a acercarse al 4%. No fue el único factor, pero sí uno de los más visibles porque impacta de golpe a la alimentación diaria de millones de personas.
Pero, ¿por qué subió tanto el jitomate? La explicación no se encuentra en una sola causa y veamos la razón. El jitomate pertenece a un sector particularmente vulnerable a variaciones climáticas, costos logísticos y cambios internacionales de demanda; por lo que las sequías, olas de calor, fertilizantes más caros, combustibles elevados y problemas de transporte comenzaron a afectar los costos de producción agrícola tanto en México como en otros países.
Ocurrió además un fenómeno menos visible y mucho más importante para entender lo sucedido: entre finales de 2024 e inicios de 2025, Estados Unidos enfrentó un invierno prolongado que afectó parte de sus cosechas agrícolas. La reducción de oferta en territorio estadounidense incrementó la demanda de jitomate mexicano, precisamente porque México se ha convertido durante las últimas décadas en uno de los principales abastecedores agrícolas del mercado norteamericano.
Ahí comenzó la verdadera presión que, de acuerdo con datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), cerca del 93% de las exportaciones mexicanas de jitomate tienen como destino el mercado estadounidense. Tan es así, que solo en el 2024 México exportó más de dos millones de toneladas de jitomate por un valor superior a los 3 mil millones de dólares; lo que significa que buena parte de la producción nacional está directamente vinculada al comportamiento económico y comercial de Estados Unidos.
Frente a una mayor demanda externa y a la posibilidad de vender en dólares, numerosos productores mexicanos encontraron mayores incentivos para exportar. No se trata de mera especulación, sino de lógica económica: vender fuera del país se volvió más rentable que abastecer el mercado interno bajo determinadas condiciones de precio y demanda.

El resultado terminó reflejándose en los consumidores mexicanos. Mientras aumentaban las exportaciones y mejoraban los márgenes internacionales, el mercado nacional comenzó a resentir menor disponibilidad y precios más altos y, así, el fenómeno exhibió una realidad incómoda: el éxito exportador no siempre garantiza estabilidad interna de precios.
Sin lugar a dudas, es ahí donde el jitomate deja de ser solamente un alimento para convertirse en un indicador económico, pues cuando suben productos básicos como el jitomate, la tortilla, el huevo o el pollo, el impacto no se limita únicamente al supermercado. También aumentan costos en fondas, restaurantes, cocinas económicas y pequeños comercios de alimentos. Poco a poco, la presión termina extendiéndose hacia otros sectores y alimentando la inflación cotidiana.
Lo ocurrido durante 2025 también volvió visible otra discusión de fondo, se trata de la enorme interdependencia agrícola entre México y Estados Unidos, ya que durante décadas, el modelo agroexportador mexicano se fortaleció a partir del Tratado de Libre Comercio y posteriormente del T-MEC. Ahí el país consolidó su papel como proveedor estratégico de alimentos para el mercado estadounidense, en particular en frutas y hortalizas.
Como puede apreciarse, la dificultad para el consumo de jitomate de las familias mexicanas se concretó debido a que esa integración también implica absorber parte de las tensiones externas.
Una helada en Estados Unidos, un problema logístico internacional o una variación de demanda pueden terminar afectando, sin rodeos, el precio de los alimentos dentro de México, con lo que incluso las tensiones políticas comenzaron a aparecer en el caso del consumo de jitomate.
Durante 2025, productores mexicanos enfrentaron nuevas amenazas de aranceles y acusaciones de dumping por parte de sectores agrícolas estadounidenses, reactivando viejos conflictos comerciales alrededor del tomate mexicano. La paradoja estuvo en que mientras Estados Unidos depende ampliamente de la producción mexicana para abastecer su mercado, al mismo tiempo mantiene presiones constantes sobre las exportaciones nacionales; razón por la cual es posible afirmar, categóricamente, que el problema del jitomate no puede reducirse solamente a una variación temporal de precios.
Lo que realmente sigue mostrando este episodio, es la manera en que inflación, clima, exportaciones y comercio internacional terminan conectándose en la vida cotidiana de millones de personas y que si bien el consumidor, quizás, no siga indicadores macroeconómicos ni reportes agrícolas internacionales, sí percibe de inmediato cuando un producto básico duplica su precio en cuestión de semanas.
En este estado de cosas, el gobierno federal intentó contener de manera parcial las presiones inflacionarias mediante acuerdos de estabilización y mecanismos como el Paquete Contra la Inflación y la Carestía (PACIC); sin embargo, especialistas coinciden en que este tipo de fenómenos difícilmente puede resolverse sólo mediante controles temporales, pues el problema involucra productividad agrícola, infraestructura hidráulica, costos energéticos, logística, financiamiento rural y adaptación climática.
Así las cosas, detrás del aumento del jitomate no apareció una crisis aislada, sino algo mucho más complejo: la vulnerabilidad de los mercados alimentarios en un contexto global cada vez más interconectado, competitivo y climáticamente inestable.
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