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La Tierra no está “despertando”: qué hay detrás de la cadena de grandes sismos de 2026

Sismos

Por Stephanie Ramírez

Una sucesión de sismos de magnitud 7 o superior ha llamado la atención durante 2026 por su distribución en distintos puntos del planeta y por el impacto que algunos han provocado. Los registros sísmicos y la explicación de especialistas de la UNAM apuntan, sin embargo, a un comportamiento compatible con la dinámica tectónica habitual de la Tierra.

Foto DGCS UNAM

Durante 2026, distintos puntos del planeta han registrado terremotos de gran magnitud. Venezuela, México, Colombia e Indonesia concentran algunos de los episodios más relevantes de los últimos meses, mientras Japón, Filipinas y otras regiones del Pacífico también han registrado movimientos importantes. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) mantiene el catálogo mundial de estos eventos y señala que los terremotos de magnitud 7 o superior forman parte de la actividad sísmica que se presenta cada año.


Uno de los primeros episodios de gran magnitud ocurrió el 24 de junio en Venezuela, donde se registraron dos terremotos muy próximos en el tiempo: uno de magnitud 7.1 y otro de 7.5, según el catálogo revisado del USGS. Ambos tuvieron epicentros cerca de la costa venezolana y fueron seguidos por una intensa secuencia de réplicas.


México también estuvo entre los grandes movimientos del año, ya que el 17 de julio se registró un terremoto de gran magnitud frente a las costas de Chiapas, el cual fue reportado por la Coordinación Nacional de Protección Civil en una magnitud de 7.4, con epicentro al suroeste de Ciudad Hidalgo. El movimiento fue ampliamente percibido en el sureste del país y generó un aviso preventivo por posibles variaciones del nivel del mar; más tarde se confirmó saldo blanco, sin daños mayores ni personas lesionadas de gravedad.


El Servicio Sismológico Nacional registró además decenas de réplicas después del movimiento principal; la mayor alcanzó magnitud 6.5 durante las primeras horas posteriores al terremoto, por lo que la actividad sísmica continuó bajo vigilancia en Chiapas y otras entidades del sureste.


Así, la sucesión de grandes movimientos continuó durante agosto y el 10 de agosto, Colombia registró un terremoto de magnitud 7.4, con epicentro cerca de San José del Palmar, en el departamento de Chocó, a una profundidad aproximada de 110 kilómetros, provocando daños severos por ser uno de los eventos sísmicos con mayores consecuencias humanas registrados en el país durante las últimas décadas.
Cuatro días después, el 14 de agosto, Indonesia registró un terremoto de magnitud 7.7 en la región de Flores, ubicando su epicentro a unos 68 kilómetros al noroeste de Ende y a sólo 10 kilómetros de profundidad. El movimiento provocó una alerta de tsunami que horas después fue levantada y dejó daños en distintas localidades.

Una actividad que forma parte de la dinámica terrestre


Evidentemente ,la sucesión de terremotos ha alimentado preguntas sobre una posible activación extraordinaria del Cinturón de Fuego del Pacífico; sin embargo, especialistas en sismología han explicado que los movimientos no constituyen una cadena mundial conectada; por ejemplo, el investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM, Raúl Valenzuela Wong, ha explicado que la ocurrencia de varios terremotos de gran magnitud en periodos cercanos no constituye evidencia de una activación extraordinaria del planeta.

Foto de Smithsonian Institution / Global Volcanism Program

El especialista señala que la actividad sísmica presenta variaciones naturales y que los terremotos ocurridos en regiones alejadas no pueden vincularse entre sí únicamente por su proximidad temporal.
El Cinturón de Fuego es una extensa región alrededor del océano Pacífico donde interactúan varias placas tectónicas y se concentran numerosas zonas de subducción, por lo que su elevada actividad sísmica y volcánica es una característica permanente de esa estructura geológica, no una condición que pueda “encenderse” o “apagarse”; no obstante, a nivel internacional hay atención especial sobre su actividad y los fenómenos que se generan en torno a él.


Por otro lado ,y según investigaciones, la proximidad temporal entre terremotos ocurridos en lugares muy alejados tampoco significa que uno haya provocado al otro. Especialistas consultados sobre la secuencia de grandes movimientos registrada este año han señalado que la coincidencia temporal puede responder a la variabilidad natural de la actividad sísmica, sin que exista evidencia de una conexión global entre ellos.


Los registros históricos ayudan a dimensionar el fenómeno. El USGS estima que, en promedio, ocurren alrededor de 15 terremotos de magnitud 7 cada año en todo el mundo. La cantidad registrada durante un periodo determinado puede variar considerablemente de un año a otro sin que ello implique un cambio permanente en la dinámica de las placas.

Magnitud y daños no son lo mismo

Otro elemento fundamental para entender estas noticias es que la magnitud no determina por sí sola el impacto de un terremoto. Profundidad, distancia respecto de zonas pobladas, características del suelo, calidad de las construcciones y preparación de las comunidades influyen directamente en las consecuencias.


El terremoto de Chiapas, por ejemplo, tuvo una magnitud comparable a otros grandes movimientos registrados durante el año, pero las evaluaciones oficiales no reportaron daños mayores ni víctimas graves. En Colombia, en cambio, el sismo de magnitud 7.4 ocurrió en un contexto diferente y produjo daños importantes y numerosas víctimas.
Por ello, hablar de una “ola de terremotos” sin considerar el contexto geológico y territorial puede generar una percepción equivocada del riesgo.

Lo que la ciencia sí puede decir

Se conoce que los terremotos se producen principalmente por la liberación repentina de energía acumulada debido al movimiento de las placas tectónicas. Ese proceso ocurre de manera permanente y no puede detenerse mediante mecanismos humanos.


La ciencia tampoco cuenta en la actualidad con un método capaz de predecir con precisión el día, lugar y magnitud de un terremoto, lo que sí permite hacer el monitoreo permanente es detectar los movimientos inmediatamente después de que ocurren, localizar sus epicentros, calcular su magnitud, seguir las réplicas y establecer alertas cuando existe riesgo de tsunami.


Para México, esta vigilancia resulta especialmente relevante. El país se encuentra en una región de elevada actividad tectónica y cuenta con el Servicio Sismológico Nacional, que mantiene el monitoreo de los movimientos registrados en territorio nacional y sus costas.
De igual manera, es importante tener en cuenta que la sucesión de grandes terremotos de 2026 deja así una conclusión menos espectacular, pero más útil: la Tierra no está entrando necesariamente en una nueva fase de actividad sísmica; las placas continúan moviéndose y liberando energía como parte de su dinámica natural.

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