Por Luz Elena Pereyra Rodríguez
México, como país, se encuentra en un momento clave de definición. Así recibe el Mundial de Futbol.
Dentro de unas horas, millones de personas en los cinco continentes volverán la mirada hacia México cuando las cámaras recorran estadios, avenidas, monumentos, plazas y escenarios cuidadosamente preparados para la inauguración del Mundial de Futbol 2026 y, sin duda, comentaristas de decenas de países narrarán el acontecimiento mientras miles de visitantes transitarán ciudades mexicanas.
Culturas, idiomas y tradiciones distintas se encontrarán alrededor de una celebración que, durante unas semanas, colocará al país en el centro de la atención global. Sin embargo, detrás del espectáculo deportivo y de la proyección internacional existe una pregunta más profunda que trasciende al futbol: ¿qué país es el que llega a este Mundial?
La pregunta resulta pertinente porque pocas veces en la historia contemporánea México había enfrentado una vitrina internacional de esta magnitud en medio de una coyuntura política, social y cultural tan intensa. Ocurrió en 1968, cuando los Juegos Olímpicos coincidieron con el movimiento estudiantil que transformó para siempre la relación entre sociedad y Estado; también en 1986, cuando el país organizó un Mundial todavía bajo el impacto de los sismos de 1985 y en medio de una severa crisis económica.
Ocho años después, en 1994, México concentró la atención internacional por el levantamiento zapatista, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, así como por una crisis política que marcó el final de una época; y más adelante, en 2010, las celebraciones del Bicentenario estuvieron acompañadas por la fase más visible de la guerra contra el narcotráfico y por un intenso debate sobre la seguridad nacional.
Hoy, en 2026, México vuelve a encontrarse frente a un momento de definición histórica y el país llega al escrutinio global después de años de transformaciones políticas que modificaron el mapa del poder, de la llegada de la primera mujer a la Presidencia de la República, de una discusión permanente sobre la soberanía nacional, de una reorganización geopolítica internacional que redefine alianzas y equilibrios, y en la antesala de un proceso electoral intermedio que comenzará a perfilar el rumbo político hacia el final de la década.
No llega en el vacío el Mundial de Futbol, arriba en un momento en que México debate, quizá como pocas veces en los últimos años, quién es, hacia dónde quiere dirigirse y cuál será su lugar en la geopolítica mundial durante las próximas décadas. Precisamente por esa dimensión histórica, resulta comprensible que el Mundial haya terminado por convertirse en un espacio donde convergen muchas de las discusiones que atraviesan en la actualidad a la sociedad mexicana.
Como ocurrió en otros momentos emblemáticos de nuestra historia reciente, la atención internacional no sólo ilumina los logros del país; también expone sus tensiones, sus contradicciones y los debates que acompañan toda etapa de transformación y aquí la diferencia es que, en la era de la comunicación digital y las redes sociales, esas discusiones se desarrollan simultáneamente en las calles, en los medios de comunicación y en plataformas donde millones de personas participan de manera activa en la construcción de significados sobre lo que ocurre en México.
Durante las últimas semanas, una parte importante de la conversación pública se ha concentrado en las protestas sociales, en concreto en las movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Diversos medios nacionales e internacionales han presentado estas acciones como un factor de tensión en la antesala del torneo, mientras otros sectores las interpretan como la expresión legítima de conflictos laborales y sociales que anteceden por mucho a la celebración deportiva y que simplemente encontraron en esta coyuntura una mayor visibilidad pública.
Aunque lo cierto es que las demandas de la CNTE no nacieron con el Mundial ni surgieron en los últimos meses, más bien forman parte de un conflicto histórico relacionado con las condiciones laborales del magisterio, los sistemas de pensiones, los mecanismos de promoción docente y las políticas educativas implementadas por distintos gobiernos durante las últimas décadas y, en este marco, el torneo internacional coincide con una etapa activa de ese proceso, pero que con dificultad puede entenderse como su origen.
Algo similar ocurre con otros temas que han ocupado espacio en la agenda pública como la seguridad, las desigualdades sociales, los debates sobre desarrollo urbano, la pobreza o las críticas dirigidas a distintos niveles de gobierno forman parte de desafíos estructurales que acompañan a México desde hace muchos años, pero la diferencia es que la celebración del Mundial los coloca bajo una atención internacional extraordinaria y los convierte en parte de una conversación global sobre el país.

Luego entonces, reducir el momento actual solo a sus conflictos sería tan incompleto como ignorarlos, porque el país que llega al Mundial también es el resultado de procesos menos visibles que rara vez ocupan los titulares; es el México que ha logrado estabilidad política en una región marcada por crisis recurrentes, el que mantiene una economía integrada a las principales cadenas productivas del mundo; el que continúa ampliando infraestructura estratégica; el que conserva una enorme riqueza cultural y una capacidad de organización que hoy le permite albergar uno de los eventos más complejos del planeta.
Por eso resulta llamativo observar cómo, junto a las críticas, ha emergido otra corriente de expresión pública menos abordada en buena parte de la cobertura mediática, esa que durante los últimos días ha llenado las redes sociales de mensajes de respaldo al país, llamados a la unidad nacional, expresiones de orgullo cultural e incluso manifestaciones de apoyo a la presidenta Claudia Sheinbaum como representante institucional de México ante la comunidad internacional.
La proximidad del Mundial no ha producido una conciencia nacional homogénea ni una suspensión de las diferencias políticas; más bien parece haber generado una especie de ampliación de la reflexión pública sobre quién construye las narrativas que explican a México, desde qué intereses se elaboran y cuáles son sus consecuencias dentro y fuera del país.
Sin buscar caer en teorizaciones absurdas, sí vale la pena recuperar que desde la pedagogía crítica de Paulo Freire hasta los estudios contemporáneos sobre agenda setting, framing y construcción social de la realidad, diversos autores coinciden en que las sociedades no reaccionan únicamente a los hechos, sino también a las interpretaciones que se construyen sobre ellos y, en ese sentido, la discusión que hoy acompaña al Mundial trasciende al deporte y se inserta en una pregunta más amplia sobre soberanía cultural, representación pública y capacidad de una sociedad para participar de manera activa en la definición de su propia imagen.
En ese contexto adquieren relevancia los mensajes recientes del expresidente Andrés Manuel López Obrador, cuya reaparición pública estuvo marcada por dos conceptos centrales: respaldo a la presidenta Claudia Sheinbaum y defensa de la soberanía nacional. No fueron temas elegidos al azar, ambos sintetizan una discusión que atraviesa buena parte de la vida pública contemporánea: quién define la imagen de México, cómo se interpreta su realidad política y cuál debe ser el papel de los actores nacionales frente a las presiones, críticas e intereses que se expresan tanto dentro como fuera de sus fronteras.
Desde esa perspectiva, las controversias sobre la imagen internacional del país, determinadas coberturas de medios extranjeros, los posicionamientos de actores políticos internacionales, las campañas digitales que han acompañado la antesala del Mundial e incluso las respuestas ciudadanas que reivindican la identidad nacional dejan de aparecer como fenómenos aislados para pasar a ser parte de una conversación más amplia sobre el lugar que México ocupa en el mundo, sobre el significado contemporáneo de la soberanía y sobre la capacidad de una nación para narrarse a sí misma en un momento de profunda transformación política y social.
No es casual que conceptos como soberanía, injerencia, intervención o desinformación hayan regresado al centro del debate público, tampoco resulta fortuito que, mientras algunos sectores insisten en presentar a México como un país sumido en una crisis permanente de gobernabilidad, otros respondan reivindicando la estabilidad institucional, la legitimidad democrática y el derecho de la sociedad mexicana a definir su propio rumbo.
En distintos países, fenómenos similares han sido estudiados desde categorías como guerra cognitiva, operaciones de información, poder simbólico o golpe blando, conceptos utilizados para describir escenarios donde la disputa política deja de desarrollarse en exclusiva en las instituciones para trasladarse también a los medios de comunicación, las plataformas digitales, la construcción de legitimidad pública y la percepción social de la realidad. Sin necesidad de asumir automáticamente cualquiera de estas interpretaciones, su presencia en el debate contemporáneo permite comprender por qué conceptos como soberanía, representación y autonomía política han vuelto a ocupar un lugar central en la conversación nacional.
Detrás de esa confrontación de visiones subyace una discusión mucho más profunda que acompañará a México en los próximos años: la disputa por la interpretación de la realidad nacional, por la construcción de legitimidad política y por la capacidad de distintos actores para influir en la percepción pública de los acontecimientos; discusión que diversos especialistas en comunicación política, guerra cognitiva y poder simbólico han estudiado durante décadas y que hoy vuelve a adquirir relevancia en distintas regiones del mundo.
Quizá por ello el Mundial termina siendo mucho más que una competencia deportiva para funcionar como un espejo donde se reflejan las fortalezas, las contradicciones, los conflictos y las aspiraciones de una nación que se encuentra en pleno proceso de redefinición histórica y, al mismo tiempo, como un escenario donde comienzan a perfilarse muchas de las tensiones políticas, culturales e ideológicas que acompañarán a México rumbo al proceso electoral de 2027; y no porque el Mundial sea el origen de esas tensiones, sino porque las vuelve visibles ante los ojos del país y del mundo.
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