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Minerales críticos y superioridad tecnológica

Que un país cuente con minerales críticos como recurso, no necesariamente se traduce en grandes rendimientos económicos a nivel global.

El dominio de los recursos estratégicos redefine el poder global

Por Edith Chávez Ramos

Que un país cuente con minerales críticos como recurso, no necesariamente se traduce en grandes rendimientos económicos a nivel global.

Litio, cobalto, grafito, galio, germanio, níquel y tierras raras dejaron de pertenecer exclusivamente al vocabulario de la industria extractiva para integrarse al núcleo de la competencia estratégica global, ya que el control de estos minerales determina hoy la capacidad de producir semiconductores avanzados, infraestructura de inteligencia artificial, baterías de alta densidad energética, sistemas satelitales, radares, drones de combate y plataformas militares de nueva generación. La disputa por estos recursos ya no responde solo a dinámicas comerciales: forma parte de una reorganización profunda del poder internacional.

Detrás de la carrera por la inteligencia artificial existe una dimensión material que con frecuencia permanece subestimada, la cual refiere el discurso tecnológico dominante que suele presentar a la IA como una revolución algorítmica sustentada en datos, software y capacidad computacional; sin embargo, toda capacidad computacional descansa sobre infraestructura física intensiva en minerales críticos. Tan es así que centros de datos, GPU de alto rendimiento, chips avanzados y sistemas de enfriamiento dependen de cadenas extractivas complejas cuya estabilidad se ha convertido en asunto de seguridad nacional.

Susan Strange, una de las principales teóricas de la economía política internacional, sostenía que el poder estructural no reside únicamente en la capacidad coercitiva de los Estados, sino en el dominio sobre los sistemas que organizan la producción, las finanzas, la seguridad y el conocimiento.

Bajo esa lógica, la competencia contemporánea entre grandes potencias debe analizarse desde el control de las cadenas estratégicas de valor y aquí, es importante decirlo, el dominio de minerales críticos constituye precisamente una forma de poder estructural: quien controla el acceso, refinamiento y procesamiento de estos recursos condiciona la arquitectura tecnológica global.

En este marco y por su parte, Robert Gilpin complementó esta lectura al explicar que la hegemonía internacional depende de la capacidad de una potencia para organizar las reglas económicas que sostienen su predominio político y militar. Efectivamente, la rivalidad entre Estados Unidos y China confirma esa premisa, haciendo ver que la disputa por la supremacía tecnológica no se define, en exclusiva, en laboratorios de Silicon Valley o Shenzhen. Se decide también en minas, refinerías, puertos estratégicos y corredores logísticos distribuidos en varios continentes.

También es importante observar que China ocupa una posición dominante dentro de esta estructura. En ese sentido, destacan los datos de la International Energy Agency y del United States Geological Survey, los cuales muestran que Beijing controla aproximadamente el 60–70% del procesamiento global de tierras raras y concentra una proporción aún mayor en el refinamiento de materiales utilizados en baterías, magnetos industriales y componentes electrónicos avanzados. 

Recuérdese que las llamadas tierras raras no constituyen un solo mineral, sino un conjunto de 17 elementos químicos metálicos entre los que destacan el neodimio, el disprosio, el terbio, el lantano y el cerio, indispensables para la fabricación de imanes de alta potencia, semiconductores avanzados, sistemas de guiado militar, radares, drones, turbinas eólicas y múltiples componentes electrónicos de alta precisión. Su relevancia estratégica no radica únicamente en su disponibilidad geológica, sino en la enorme complejidad técnica, energética y ambiental que implica su separación, refinamiento y procesamiento industrial.

Ahora bien, Washington ha respondido mediante una estrategia de securitización de cadenas productivas que has llevado a legislaciones industriales recientes, restricciones a exportaciones tecnológicas, subsidios a la manufactura de chips y nuevas alianzas con países proveedores, los cuales reflejan un cambio doctrinal profundo: el acceso a minerales críticos ya se considera parte de la infraestructura de defensa estadounidense; así que la seguridad nacional dejó de limitarse al terreno militar convencional para incorporar componentes energéticos, industriales y tecnológicos.

La industria militar contemporánea ilustra con claridad esta transformación, pues es visto que sistemas de defensa basados en inteligencia artificial, aviones furtivos, radares AESA, sensores de precisión, armamento hipersónico y plataformas autónomas requieren componentes fabricados con materiales de alta especialización.

Un solo caza de quinta generación integra cientos de kilogramos de minerales estratégicos, al tiempo que la guerra basada en drones —visible en conflictos recientes de Europa Oriental y Oriente Medio— ha elevado exponencialmente la demanda de chips, baterías avanzadas y componentes miniaturizados.

Por ello, África, América Latina y Asia Central han adquirido una centralidad geoeconómica renovada que se puede observar en el hecho de que la República
Democrática del Congo concentra cerca del 70% de la producción global de cobalto, mientras que Chile y Perú dominan una parte sustancial del mercado global de cobre.

Minerales críticos en América Latina.
Mina de litio en el Salar de Atacama, Chile. Foto: ReporteSostenible.

El llamado triángulo del litio —Argentina, Bolivia y Chile— agrupa más de la mitad de las reservas mundiales conocidas de litio. Sin duda, toda esa geografía extractiva está reconfigurando alianzas, tratados y estrategias de inversión entre potencias.

Al respecto, Karl Polanyi advirtió que la mercantilización de recursos esenciales transforma profundamente la organización social y política, y es ahí donde su tesis adquiere renovada vigencia en el siglo XXI, cuando la nueva economía digital está lejos de ser inmaterial: descansa sobre una base extractiva intensiva en territorio, energía y recursos finitos. Desafortunadamente, la narrativa de innovación tecnológica oculta con frecuencia la materialidad geológica que sostiene la expansión digital.

América Latina enfrenta aquí uno de sus dilemas históricos más relevantes: la región posee recursos críticos de enorme valor estratégico, pero continúa atrapada en estructuras de inserción internacional basadas en exportación primaria.

Entonces, el problema no radica en la extracción en sí misma, sino en la captura desigual del valor, pues mientras economías periféricas proveen materia prima, las rentas de alto valor permanecen concentradas en refinamiento, propiedad intelectual, manufactura avanzada e infraestructura computacional. Esa asimetría reproduce un patrón histórico reconocible.

La revolución de la inteligencia artificial no está eliminando viejas relaciones centro-periferia, las está sofisticando. Y para muestra, un botón. El extractivismo mineral vinculado con IA y defensa está configurando una nueva división internacional del trabajo donde el poder tecnológico permanece concentrado en actores capaces de controlar de manera simultánea recursos, refinamiento, manufactura y capacidad computacional.

Por lo tanto, la interdependencia asimétrica define con precisión esta nueva realidad geopolítica, por lo que el concepto, ampliamente trabajado en relaciones internacionales contemporáneas, describe escenarios donde todos los actores están conectados pero no bajo condiciones equivalentes de poder, porque la dependencia compartida no implica simetría estratégica. En el terreno mineral, esa desigualdad resulta evidente: poseer reservas geológicas no equivale automáticamente a controlar la cadena de valor.

Minerales críticos y hegemonía tecnológica forman, en consecuencia, parte del mismo fenómeno estructural, el cual impone que la competencia global por inteligencia artificial y supremacía militar ya no puede entenderse sin su dimensión material. Algoritmos, modelos fundacionales y poder computacional requieren una base física perfectamente identificable y estratégicamente disputada.

Al estar así el estado actual de las cosas, los mecanismos de poder del siglo XXI están redefiniéndose sobre nuevas bases materiales mientras petróleo, gas y rutas marítimas continúan siendo estratégicos, pero comparten centralidad con litio, tierras raras, semiconductores y capacidad de refinamiento.

Hoy, es imprescindible orientar la reflexión hacia la hegemonía tecnológica contemporánea, porque ésta no se sostiene únicamente sobre innovación. Depende del dominio integral de cadenas extractivas, industriales y computacionales. 

Bajo esa lógica, el control de minerales críticos dejó de ser una variable económica sectorial para convertirse en uno de los principales determinantes del poder global. No solo podemos enfrentar un nuevo modelo de imperialismo energético, también de sobreexplotación y contaminación extrema con altas facturas en los países de la periferia.

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