La geopolítica en ritmo pop
Por Edith Chávez y Jessica Chaparro
El grupo surcoreano de K-pop, BTS, estará presentándose en nuestro país durante esta semana. Su visita se ha convertido en todo un acontecimiento.
Lo que por largos años parecía una moda juvenil terminó convirtiéndose en una de las herramientas más sofisticadas de posicionamiento global. El fenómeno del K-pop —con figuras como BTS y BLACKPINK— y el impacto cultural de producciones como Squid Game no son hechos aislados, sino parte de una estrategia más amplia de Corea del Sur: el llamado poder suave.
Hoy, la industria cultural surcoreana genera ingresos estimados superiores a los 13 mil millones de dólares anuales, de acuerdo con datos del Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo de Corea del Sur y organismos internacionales; pero más allá de la cifra, lo relevante es cómo se construyó ese fenómeno.
A diferencia de otros mercados musicales, el K-pop no es espontáneo: es sistemático, solo basta con observar cómo las agencias entrenan a sus artistas durante años en canto, baile, idiomas, actuación y presencia mediática, en procesos que recuerdan más a la formación de atletas de alto rendimiento que a la industria del entretenimiento tradicional; teniendo como resultado una oferta cultural altamente competitiva, exportable y alineada con estándares globales.
Este modelo no surge por casualidad, pues es bien sabido en la industria del entretenimiento que desde finales de los años noventa Corea del Sur impulsó políticas públicas para fortalecer sus industrias creativas, entendiendo que la cultura podía convertirse en un activo estratégico y, el resultado visible: el K-pop, el cine, las series y la gastronomía han posicionado al país en el imaginario global.

Tanto ha crecido esta dinámica de posicionamiento, que el alcance de dicho fenómeno ha llegado incluso a la política, toda vez que líderes internacionales han hecho referencia al K-pop en eventos oficiales, mientras que artistas como BTS han participado en espacios como la Asamblea General, nada menos que de la Organización de Naciones Unidas, llevando mensajes sobre juventud, identidad y desarrollo.
Esta semana, por ejemplo, el fenómeno global del K-pop llega a México con BTS, que ofrecerá tres conciertos el 7, 9 y 10 de mayo en el Estadio GNP Seguros de la CDMX, como parte de su gira mundial “ARIRANG”. El regreso del grupo, tras su pausa por el servicio militar, ha generado una demanda sin precedentes: casi 1 millón de fans compiten por 150,000 boletos, lo que llevó a la presidenta Claudia Sheinbaum a enviar una carta diplomática a su homólogo surcoreano, Lee Jae Myung, para solicitar más fechas en el país.
Más allá del espectáculo, el impacto económico es millonario: la Cámara Nacional de Comercio de México (Canaco) proyecta una derrama de $1,861 millones de pesos para la capital, consolidando a México como el quinto mercado de K-pop más grande del mundo en streaming.
Sin lugar a dudas, la cultura se convierte en un puente diplomático, sin embargo, el éxito también abre preguntas. ¿Hasta qué punto este modelo es replicable? ¿Qué implica que la cultura esté tan estrechamente vinculada a estrategias de Estado?
Lo cierto es que Corea del Sur ha logrado algo que pocos países: convertir su producción cultural en una herramienta de influencia global. Y en un mundo donde la competencia ya no es solo económica o militar, sino también simbólica, el K-pop no es solo entretenimiento.
BTS hará acto de presencia en Palacio Nacional con la presidenta Claudia Sheinbaum. A partir de las 17 horas estarán saludando a sus fans desde un balcón del recinto.
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