Tecnología, seguridad y recursos estratégicos en la nueva geopolítica
Por Edith Chávez Ramos
Israel ha ido construyendo una red de cooperación importante con los países latinoamericanos en medio de la nueva configuración global.
Pocas relaciones internacionales han experimentado una transformación tan silenciosa como la que Israel ha construido con América Latina durante las últimas décadas, por lo que resulta esencial observar que mientras la atención internacional suele concentrarse en los conflictos de Oriente Medio, una agenda de cooperación científica, tecnológica, agrícola, comercial y de seguridad ha consolidado vínculos cada vez más profundos con una región cuyo valor estratégico aumenta conforme avanza la transición energética y la competencia global por los recursos críticos.
Lejos de responder solo a afinidades diplomáticas, esa relación encuentra sustento en intereses convergentes, toda vez que América Latina concentra cerca del 60 % de las reservas mundiales conocidas de litio, posee algunos de los mayores productores de cobre del planeta, alberga una de las mayores reservas de agua dulce y mantiene una capacidad agroalimentaria determinante para la seguridad alimentaria internacional.
En ese contexto, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) identifica a la región como uno de los espacios con mayor potencial para fortalecer las cadenas globales de suministro de minerales críticos indispensables para la fabricación de baterías, semiconductores, infraestructura digital y tecnologías vinculadas con la inteligencia artificial. Ese contexto explica por qué el interés internacional sobre la región rebasa ampliamente el ámbito comercial.
Innovación es un término que constituye quizá el principal punto de encuentro y debe analizarse. Israel destina alrededor del cinco por ciento de su producto interno bruto a investigación y desarrollo, una de las proporciones más elevadas del mundo, condición que le permitió consolidar un ecosistema de empresas tecnológicas con presencia internacional y cuya capacidad ha dado origen a programas permanentes de cooperación con diversos países latinoamericanos en agricultura de precisión, manejo eficiente del agua, salud digital, emprendimiento, ciberseguridad y transformación tecnológica.
No es gratuito, por lo tanto, que la Agencia Israelí para la Cooperación Internacional para el Desarrollo (MASHAV), creada en 1958, mantenga programas de capacitación y transferencia de conocimiento en numerosos países de la región, privilegiando el fortalecimiento institucional antes que la asistencia tradicional.
Especial atención merece la gestión del agua, ya que tecnologías como el riego por goteo, la reutilización de aguas residuales y los sistemas de monitoreo inteligente desarrollados en Israel han encontrado aplicación en zonas agrícolas de México, Chile, Perú, Colombia y Brasil, donde el estrés hídrico comienza a representar uno de los mayores desafíos para la producción alimentaria.
Más que exportar equipos, la cooperación ha impulsado modelos de gestión orientados a incrementar la productividad utilizando menores volúmenes de agua, un objetivo que adquiere creciente relevancia frente a la variabilidad climática.

Seguridad conforma otro de los componentes relevantes de esa presencia, como lo muestran los datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), al mostrar que la industria israelí participa en el mercado internacional mediante la exportación de sistemas de vigilancia, radares, aeronaves no tripuladas, equipos de comunicación y tecnologías especializadas para protección de infraestructura crítica.
América Latina representa una fracción menor de esas exportaciones respecto de Asia o Europa; sin embargo, diversos gobiernos han incorporado soluciones tecnológicas israelíes para fortalecer capacidades de vigilancia fronteriza, seguridad pública y protección de instalaciones estratégicas.
Comercio e inversión también evolucionaron hacia sectores intensivos en conocimiento: equipos médicos, productos farmacéuticos, soluciones para agricultura, software, dispositivos electrónicos y servicios tecnológicos ocupan una parte significativa del intercambio económico bilateral. Esa composición refleja una diferencia importante respecto de otros socios extrarregionales, la cual denota que la relación económica con Israel se concentra menos en el volumen de mercancías y más en el valor agregado del conocimiento incorporado a los bienes y servicios.
Resulta imposible comprender esa dinámica sin observar el entorno geopolítico contemporáneo, el cual da cuenta de la competencia entre Estados Unidos y China, la reorganización de las cadenas globales de suministro y la creciente demanda de minerales estratégicos que han modificado el lugar que ocupa América Latina en el sistema internacional.
Litio, cobre, grafito, tierras raras y otros insumos esenciales para la economía digital dejaron de ser simples materias primas para convertirse en componentes de seguridad económica y tecnológica; razón por la cual la Agencia Internacional de Energía advierte que la demanda mundial de varios minerales críticos podría multiplicarse durante las próximas décadas conforme avance la electrificación del transporte, el almacenamiento energético y el desarrollo de nuevas tecnologías.
En ese escenario, la presencia israelí adquiere una dimensión distinta, donde agricultura, innovación, gestión hídrica, salud, inteligencia artificial, ciberseguridad y cooperación científica forman parte de una estrategia internacional donde el conocimiento representa uno de los principales instrumentos de influencia. América Latina aporta recursos estratégicos, capacidad productiva y mercados en expansión; Israel incorpora tecnología, investigación aplicada y soluciones desarrolladas para enfrentar limitaciones de territorio, agua y seguridad que hoy interesan a numerosos países.
Conviene observar con cautela esta relación desde una perspectiva más amplia que la coyuntura política y revisar las alianzas internacionales del siglo XXI, construidas alrededor de la ciencia, la innovación, la resiliencia tecnológica y el acceso a recursos estratégicos; así como la profundidad con que la huella israelí en América Latina responde precisamente a esa lógica: una cooperación especializada que evolucionó junto con las nuevas prioridades del sistema internacional y que continúa ampliándose conforme el conocimiento y la tecnología redefinen las formas contemporáneas del poder.

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