Ultima Hora, Internacionales, Política

Estados Unidos a 250 años de su Independencia

Los Estados Unidos cumplen un cuarto de siglo en medio de un mundo que parece reconfigurarse más allá de un solo país como única potencia hegemónica.

La redefinición del liderazgo en un mundo multipolar

Por Edith Chávez Ramos

Los Estados Unidos cumplen un cuarto de siglo en medio de un mundo que parece reconfigurarse más allá de un solo país como única potencia hegemónica.

Doscientos cincuenta años después de la Declaración de Independencia de 1776, Estados Unidos enfrenta una de las transformaciones estratégicas más profundas de su historia. La principal potencia económica, militar y tecnológica del sistema internacional ya no compite en un escenario caracterizado por la hegemonía indiscutida que marcó el final de la Guerra Fría, sino en un entorno definido por la redistribución del poder, la competencia tecnológica, la fragmentación geopolítica y el ascenso de nuevos polos de influencia.

El aniversario de la independencia estadounidense trasciende así la conmemoración histórica para convertirse en un punto de inflexión desde el cual resulta posible evaluar la evolución del orden internacional construido, en buena medida, bajo liderazgo estadounidense.

Al respecto, Robert Gilpin sostuvo que las grandes potencias no conservan indefinidamente su posición dominante, ya que la estabilidad de un orden internacional depende de la capacidad del Estado hegemónico para sostener de manera simultánea su liderazgo económico, militar, tecnológico e institucional; lo que hace reflexionar sobre la manera en que esos componentes comienzan a redistribuirse entre nuevos actores y, entonces, el sistema entra en una etapa de transición.

La coyuntura internacional contemporánea refleja precisamente ese proceso marcado por una potencia, Estados Unidos, que continúa siendo la economía más grande del mundo, mantiene el mayor presupuesto de defensa y conserva una capacidad de innovación científica excepcional; sin embargo, ya no opera en un escenario de predominio incontestado.

Confirman esa complejidad las dimensiones económicas que muestran cómo la economía estadounidense mantiene un crecimiento sólido impulsado por ganancias de productividad, innovación tecnológica y un mercado laboral resiliente al mismo tiempo que enfrenta desafíos estructurales derivados de elevados déficits fiscales, una deuda pública creciente y tensiones comerciales que modifican las cadenas globales de producción.

Recordemos aquí que el Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento cercano al 2.4% para 2026, pero advierte que el incremento del endeudamiento y la persistencia de riesgos geopolíticos constituyen factores de vulnerabilidad para la estabilidad de mediano plazo.

De igual manera, las transformaciones geoeconómicas modifican la lógica del liderazgo estadounidense que muestra una política industrial —de gran impulso durante los últimos años—, orientada a fortalecer la manufactura nacional, atraer inversiones estratégicas y reducir dependencias tecnológicas respecto de China, lo cual representa un cambio significativo frente al paradigma de globalización que Washington promovió durante varias décadas.

En ese mismo sentido, la relocalización de cadenas productivas, la competencia por minerales críticos —tema de análisis de mi entrega anterior en este mismo espacio—, el desarrollo de semiconductores y la expansión de la inteligencia artificial han convertido la seguridad económica en un componente central de la seguridad nacional.

En paralelo, y no puede dejar de observarse en el escenario norteamericano con respecto al mapa global, la competencia tecnológica constituye hoy uno de los principales escenarios de la disputa internacional; porque la inteligencia artificial, la computación cuántica, la biotecnología, la infraestructura digital y la capacidad de procesamiento de datos dejaron de ser únicamente sectores de innovación para convertirse en instrumentos de influencia geopolítica. Bajo esa lógica, la rivalidad entre Estados Unidos y China rebasa ampliamente el terreno comercial y configura una competencia por el liderazgo científico, industrial y militar del siglo XXI.

Por las razones arriba citadas, se hace indispensable regresar al análisis de la internacionalista británica Susan Strange, quien ha explicado con gran claridad que el poder estructural reside en la capacidad para definir las reglas bajo las cuales funcionan la producción, las finanzas, la seguridad y el conocimiento.

Desde esa perspectiva, la influencia internacional estadounidense continúa descansando no solo en su poder militar, sino también en el predominio del dólar como principal moneda de reserva, en la profundidad de sus mercados financieros, en la fortaleza de sus universidades, en la capacidad de sus empresas tecnológicas y en el alcance global de su ecosistema de innovación. Ninguna otra potencia concentra simultáneamente semejante combinación de capacidades.

Multipolaridad no significa, sin embargo, el reemplazo automático de una potencia por otra, si se entiende que el sistema internacional contemporáneo presenta una distribución del poder considerablemente más compleja.

China, por ejemplo, consolida capacidades industriales y tecnológicas. India incrementa su peso demográfico y económico. La Unión Europea fortalece su autonomía estratégica en diversos sectores; potencias medias como Turquía, Arabia Saudita y Brasil amplían su margen de maniobra regional… Entonces, el resultado no es un mundo posestadounidense, sino un entorno donde la capacidad de influencia debe ejercerse mediante coaliciones más flexibles y negociaciones más complejas.

Por esta y otras razones la polarización política interna constituye otro de los grandes desafíos estadounidenses, la cual se manifiesta en la creciente confrontación entre proyectos políticos, las disputas sobre migración, política comercial, gasto público, regulación tecnológica y alcance del poder federal que, en conjunto o por separado, reflejan tensiones que trascienden la competencia electoral; lo que nos hace afirmar que la fortaleza institucional de Estados Unidos ha descansado históricamente en la estabilidad de sus mecanismos constitucionales, pero preservar esa capacidad de adaptación representa uno de los factores determinantes para la continuidad de su liderazgo internacional.

Atraviesan de igual manera un proceso de redefinición las alianzas estratégicas, pues basta con detenernos unos segundos en la guerra en Ucrania, la competencia en el Indo-Pacífico y los conflictos en Oriente Medio para darnos cuenta cómo se ha obligado a Washington a distribuir simultáneamente recursos diplomáticos, militares y económicos en múltiples teatros geopolíticos cuando, en paralelo, los aliados europeos incrementan sus compromisos de defensa y avanzan hacia mayores niveles de autonomía estratégica, modificando el equilibrio tradicional dentro de la OTAN.

Vale la pena tener presente a Joseph Nye, quien al desarrollar los conceptos de soft power y posteriormente de smart power, sostuvo que la capacidad de liderazgo internacional ya no podía descansar exclusivamente en la coerción militar o económica, sino también en la habilidad de un Estado para generar atracción, credibilidad y legitimidad mediante sus valores, instituciones, políticas y capacidad de cooperación internacional.

Dicho componente adquiere especial relevancia en un contexto donde la influencia internacional también se disputa mediante innovación tecnológica, cooperación científica, producción cultural, educación superior y diplomacia económica, pues la competencia contemporánea ya no se limita al control territorial, más bien involucra la capacidad para construir consensos alrededor de modelos de desarrollo y gobernanza global.

En esa línea, la perspectiva histórica permite dimensionar con mayor claridad el momento actual, donde ninguna potencia ha mantenido una posición dominante de manera permanente: imperios y hegemonías han experimentado procesos de expansión, consolidación, adaptación y transformación conforme evolucionan las condiciones económicas, tecnológicas y geopolíticas. Así, se puede afirmar de manera rotunda, que Estados Unidos no constituye una excepción a esa dinámica histórica, solo que la diferencia radica en que la actual transición ocurre bajo un nivel de interdependencia económica, financiera y tecnológica sin precedentes.

Sin duda alguna, el liderazgo internacional de Estados Unidos seguirá formando parte del sistema global durante las próximas décadas, aunque bajo condiciones sustancialmente distintas a las que caracterizaron el orden surgido tras 1945 y consolidado después de 1991.

La conmemoración de los 250 años de la Independencia estadounidense no marca el ocaso de una potencia, sino el inicio de una etapa en la que la capacidad de influencia dependerá menos de la primacía absoluta y más de la habilidad para adaptarse a un mundo crecientemente multipolar, tecnológicamente competitivo y geopolíticamente fragmentado, y es en esa transición que se definirá no solo el futuro de Estados Unidos, sino también la configuración del orden internacional de la segunda mitad del siglo XXI.

Consulta más contenido en nuestro portal Leea Estrategias Corporativas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *