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El postcapitalismo contra las juventudes. ¿Hacia dónde va el mundo?

Por Carmen Vizzuett Resendiz

Los cambios demográficos de los últimos años han afectado principalmente a las juventudes de todo el planeta. Así, repensar las bases de un modelo que parece rebasado se vuelve necesario.

La realidad global que vivimos nos interpela a renombrar algo que dábamos por sentado: el modelo económico. La realidad material y estructural que vivimos a nivel internacional reta el sentado paradigma de Francis Fukuyama sobre “el fin de la historia” como la implantación generalizada del modelo económico capitalista y el programa político de la democracia liberal, desafiándolo a sostener una realidad que niega todas las posibilidades de crecimiento e incluso de supervivencia a la base de la pirámide social en la que los gobiernos del mundo actual deberían estar enfocando todas sus baterías: las juventudes.

El capitalismo y la democracia liberal no son ni de lejos “el fin de la historia”, sino un modelo estancado y decadente —un proceso histórico anquilosado y francamente fuera del marco contemporáneo— que ha fomentado el individualismo, perpetuado la competitividad descarnada eliminando la capacidad generalizada de acceso a la propiedad privada y niega la participación desde las libertades y la igualdad en los procesos de participación social de forma equitativa. Es decir, se ha ido transformando en algo que ya no es ni capitalismo, ni democracia liberal y que desde la teoría sólo podríamos denominar como postcapitalismo, en la lógica de una realidad posterior al modelo citado.

Así pues, se construye la siguiente pregunta, ¿cómo sobrevive un organismo canceroso, con metástasis, que se empeña por todos los medios en aniquilar a las células nuevas, preservando a toda costa a las células más senescentes y deterioradas por una razón aún incomprensible?

Así, se hace evidente que los gobiernos de casi todos los Estados-Nación, al menos en occidente, procuran sostener a oligarquías gerontocráticas dueñas de capitales financieros que ya no producen bienes de capital, a costa de enormes sectores de población joven.

Población que se encuentra ávida de cumplir al menos sueños elementales de lo que en otro momento se consideró lo básico, siendo antes el piso y que actualmente es un techo inalcanzable más allá del esfuerzo, la capacidad o el compromiso: una casa propia, una familia, un empleo decoroso y bien remunerado, la posibilidad de un retiro digno al llegar a la vejez, la oportunidad de formar parte de una comunidad que signifique una red de apoyo para una vida mejor y más feliz.

Este anhelo tan sencillo, que hace no más de cinco décadas fue relativamente simple cumplir en países emergentes que procuraban sostener un modelo nacionalista basado en el Estado de Bienestar, hoy se antoja imposible de alcanzar en economías estables que incluso son ejemplo para otros países como es el caso de Corea del Sur, derivado de sus profundas desigualdades. Incluso naciones como India, donde se presenta un crecimiento del producto interno bruto de más del 6%, es prácticamente imposible considerar esta posibilidad y las juventudes lo están notando.

Las y los jóvenes no solo están tomando conciencia de esta realidad que les afecta principalmente a ellos, aunque también habrá de afectar a las generaciones previas y a las venideras de manera directa o indirecta, sino que además están comenzando a involucrarse, organizándose y movilizándose desde sus propias y distintas realidades en la búsqueda de un futuro mejor y más digno para acceder a una participación social y política más allá de las redes sociales y que verdaderamente contribuya a modificar la realidad estructural y material que se les está negando todo. 

Para este análisis, se ubican ejes problemáticos de los que parte una hipótesis. El sistema económico y político actual, podría sobrevivir prescindiendo de sus juventudes; de no ser así, porque se empeña en aniquilar toda posibilidad para su desarrollo.

1. El sueño imposible de “La Generación Renta”: la seguridad personal que posee alguien capaz de tener autonomía financiera, de formar un patrimonio y de contar con estabilidad proyecta no solo tranquilidad, sino que le permite cumplir los sueños más básicos: contar con una casa propia, poder planificar una familia; y a partir de esta solidez, prepararse para el disfrute y goce de todas las etapas de su vida. 

Este es un sueño negado para casi todas las juventudes en cualquier región del mundo, quienes son además juzgados por sus padres y abuelos bajo la premisa de procrastinar su independencia y su desarrollo. Sin embargo, fenómenos como el “Hell Joseon” sintetiza la frustración de jóvenes que, para comprar un departamento pequeño en Seúl, necesitarían ahorrar su salario íntegro durante más de 20 años; realidad que se replica en México, donde el precio de la vivienda creció un 8.2% en 2025, duplicando la inflación general y superando ampliamente el crecimiento de los salarios. 

Juventudes que padecen un modelo económico.
Imagen: El Economista.

La consecuencia es el surgimiento de la “Generación Renta” donde el acceso a la propiedad es reemplazado por contratos frágiles, hacinamiento en espacios minúsculos como los Gosiwons —habitaciones de menos de 5 m²— o la permanencia forzada en el hogar paterno. Esta precariedad habitacional impide que la juventud establezca una base económica sólida para planear su futuro, convirtiendo la independencia en una meta inalcanzable para quienes no poseen patrimonio familiar previo.

2. La renuncia a la familia, generaciones “Sampo” y “N-po”: ante la falta de condiciones materiales, las juventudes han comenzado a renunciar a los hitos tradicionales de la vida adulta. En Asia Oriental, se ha identificado a la “Generación Sampo”, que renuncia a tres cosas: citas, matrimonio e hijos.

Esta tendencia ha evolucionado a la “Generación N-po”, que renuncia a un número indefinido de metas vitales debido a la aritmética del costo de vida. El costo de criar un hijo en países como Japón o Corea del Sur oscila entre los 200,000 y 300,000 dólares, lo que hace que tener descendencia sea un “cálculo racional” negativo frente a salarios estancados y deudas estudiantiles. 

Mientras tanto, en América Latina la situación es similar: muchos jóvenes, peyorativamente denominados “ninis” —ni estudian, ni trabajan– no están en esa posición por elección, sino porque asumen tareas de cuidado no remuneradas o carecen de recursos para iniciar una familia propia en un entorno de desempleo y carestía.

3. Individualismo, meritocracia y la desarticulación del tejido social: el modelo económico actual promueve un individualismo exacerbado basado en la competitividad extrema y la falsa promesa de la meritocracia. 

    En sociedades como la china, el concepto de “involución” —neijuan—, describe cómo los jóvenes compiten ferozmente por recursos cada vez más escasos, donde un mayor esfuerzo ya no garantiza mejores recompensas. Esta presión se traduce en una “fiebre educativa” y jornadas laborales agotadoras—como el sistema 996, jornadas laborales extendidas de hasta 12 horas—, que desarticulan el tejido social y generan una profunda soledad urbana. 

    La idea de posponer la paternidad hasta alcanzar el “éxito” y la estabilidad se ha vuelto una trampa: debido a la “sociedad de un solo disparo” —one-shot society—, donde fallar una vez en el sistema educativo o laboral significa quedar marcado como un “perdedor”, lo que empuja a los jóvenes a un estado de ansiedad constante y aislamiento social. Por lo que el éxito se convierte así en un ideal que nunca se alcanza, mientras el apoyo comunitario desaparece frente a la atomización del individuo principalmente en las grandes metrópolis.

    4. Impacto a largo plazo en el modelo capitalista: esta tendencia plantea dudas sobre la sostenibilidad del capitalismo a mediano y largo plazo. El mercado laboral actual se describe a menudo como un “Juego del calamar” —Squid Game—: un ecosistema insostenible de lucha de suma cero que desperdicia el talento de las nuevas generaciones. 

      La persistencia de altas tasas de jóvenes que no estudian ni trabajan —NEET/Ninis— y la proliferación de empleos de baja calidad e informales erosionan el capital humano necesario para la innovación y el crecimiento económico. 

      Por lo anterior, el modelo de crecimiento basado en el consumo masivo se ve amenazado por una juventud que adopta filosofías como el Tangping —”acostarse plano”—, rechazando el consumo ostentoso y el exceso de trabajo para simplemente sobrevivir con lo mínimo. Esta deserción del sistema productivo y de consumo por parte de la fuerza laboral más joven podría llevar a un estancamiento económico y a una crisis de legitimidad del contrato social tradicionalmente aceptado.

      Juventudes que padecen un modelo económico.
      Movimiento Tangping. Imagen: Infobae.

      5. Colapso demográfico y el fin del paradigma actual: el envejecimiento poblacional y la caída drástica de la natalidad son las señales más claras de la crisis del modelo. Por primera vez en la historia moderna, países como Japón venden más pañales para adultos que para bebés. La tasa de reemplazo mundial ha caído de 5.3 en los años 60 a 2.2 en 2023, y en lugares como Corea del Sur se sitúa en un crítico 0.72. 

        Este cambio demográfico invertirá la pirámide poblacional, dejando a pocos trabajadores para sostener a una vasta población de ancianos incapaces de “ser productivos” en el modelo económico que comprendemos como el fin último deseable a alcanzar, lo que provocará el colapso de los sistemas de pensiones y de salud. El impacto económico será catastrófico para el crecimiento del Producto Interno Bruto, obligando a los gobiernos a presionar más a los pocos jóvenes activos con impuestos más altos, cerrando un círculo vicioso de pobreza y envejecimiento antes de alcanzar el desarrollo pleno.

        6. Conciencia generacional y movilizaciones globales: las juventudes están tomando conciencia de esta realidad sistémica, manifestándose a través de diversas movilizaciones que, aunque locales, responden a estas generalidades globales:

          • Corea del Sur: El discurso de “Hell Joseon” llevó a los jóvenes a las calles en la “Revolución de las Velas”, rechazando el paradigma del crecimiento económico a costa del bienestar personal.
          • China: El movimiento Tangping —”acostarse plano”— y su evolución al Bailan —”dejar que se pudra”— representan una resistencia pasiva y silenciosa contra la explotación laboral y la falta de movilidad social.
          • India: El surgimiento del “Partido de las Cucarachas” —Cockroach People’s Party— como una sátira política frente a la falta de empleo para graduados universitarios y la desconexión de las élites.
          • Sur de Asia: Protestas masivas lideradas por la Generación Z en Bangladesh y Nepal han provocado cambios de gobierno, exigiendo el fin del nepotismo y una reestructuración fundamental del sistema político y económico

          Estas movilizaciones demuestran que la desilusión juvenil no es apatía ni pereza, sino una respuesta política ante un modelo que ya no cumple sus promesas de seguridad, autonomía y futuro.

          Siendo finalmente estos claroscuros los que en muchas naciones están orillando a que sea precisamente el electorado joven que, decepcionado del progresismo incapaz de resolver sus problemas estructurales de fondo, conceda peligrosos virajes hacia gobiernos ultraconservadores y con tintes fascistas que no solo agravan la problemática, sino que orillan a las juventudes a movilizaciones que se tornan peligrosas y violentas.

          De los ejemplos asiáticos se inspiran incipientes movilizaciones en América Latina que enarbolan luchas locales que progresivamente crecen sumando más carencias y dolores generalizados en la región. 

          Por lo anterior, puede concluirse de la hipótesis inicialmente planteada: ningún sistema será capaz de sostenerse sin la correcta tasa de reemplazo demográfica y esta no podrá alcanzarse sin las oportunidades elementales para su población joven, más allá del modelo de control sobre el capital y la propiedad privada.

          El capitalismo y sus implicaciones están determinados a transformarse en algo que aún no sabemos cómo denominar, pero deberá ser la posibilidad de un futuro mejor y más digno para la base de una sociedad que se adapta a un nuevo paradigma que comienza a conocer, y que en muchos casos sus gobiernos aún no han sido capaces de visualizar.

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