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El laboratorio ideológico fallido del PAN: la semana Ayuso

La visita de Isabel Díaz Ayuso a nuestro país supuso un intento del PAN por redirigir su discurso e identidad política como oposición.

Por Miguel Ángel López Flores y Luz Elena Pereyra Rodríguez

La visita de Isabel Díaz Ayuso a nuestro país supuso un intento del PAN por redirigir su discurso e identidad política como oposición.

Lo que inicialmente pareció un intento del Partido Acción Nacional (PAN) por fortalecer una narrativa internacional de oposición al obradorismo, con la reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México, terminó convirtiéndose en mucho más que un episodio diplomático incómodo o una polémica pasajera en redes sociales; reveló algo más profundo: la existencia de un proceso de reconfiguración ideológica dentro del panismo contemporáneo y, al mismo tiempo, los límites culturales y políticos de ese experimento en el contexto mexicano.

Para el PAN, el problema no fue generado solamente por la presencia de Ayuso ni las declaraciones alrededor de Hernán Cortés: fue un conflicto de representación simbólica que llevó, en horas, a que la conversación pública dejara de girar alrededor de conceptos como democracia, libertades o pluralismo institucional, para pasar a instalarse en un terreno históricamente sensible para la sociedad mexicana: colonialismo, clasismo, elitismo y malinchismo.

Resulta aquí obligada, una reflexión sobre la categoría “representación simbólica”, solo para puntualizar que, como señalaba Pierre Bourdieu, la disputa política no ocurre únicamente en el plano institucional o racional, sino también en el terreno de los símbolos, las percepciones y los imaginarios sociales; en ese sentido, determinadas figuras, gestos y referencias históricas activan asociaciones colectivas que pueden reconfigurar rápidamente el sentido público de un acontecimiento. Quizás por ello la polémica alrededor de Ayuso evidenció precisamente cómo ciertos códigos simbólicos continúan teniendo una enorme carga histórica y emocional dentro de la cultura política mexicana.

Ese desplazamiento narrativo fue devastador para la oposición panista porque expuso una contradicción estructural que el partido todavía no logra resolver: su intento por construir una oposición cultural e identitaria, misma que terminó chocando con referentes simbólicos profundamente impopulares en México.

Durante años, el PAN construyó su papel opositor desde una lógica esencialmente técnica, ocupando como sus principales banderas la estabilidad macroeconómica, el respeto institucional, los contrapesos democráticos, la crítica a la corrupción y la defensa del modelo liberal. Sin embargo, el ascenso y consolidación del partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) modificaron radicalmente las condiciones del debate político nacional, donde la disputa ya no ocurre únicamente en el terreno administrativo o económico, sino en el plano emocional, cultural y simbólico. 

Morena ha demostrado que entendió, desde hace tiempo, que la política contemporánea se articula también a partir de identidades colectivas, agravios históricos y narrativas nacionales y, en este sentido, el oficialismo logró apropiarse de un discurso que mezcla soberanía, reivindicación popular, memoria histórica y confrontación con las élites tradicionales.

Frente a ello, el tiempo se impuso para el PAN, que comenzó a mostrar señales de querer abandonar la oposición meramente técnica para intentar construir una identidad ideológica más emocional y confrontativa, hasta que la visita de Ayuso permitió observar precisamente ese movimiento.

Distintos sectores del panismo, y de su entorno, pueden identificar un creciente interés por incorporar elementos discursivos provenientes de las nuevas derechas iberoamericanas: la defensa abstracta de “la libertad”, la confrontación contra el “populismo”, la denuncia de hegemonías culturales de izquierda y la reivindicación de valores conservadores asociados a sectores urbanos de clase media y empresarial.

No se trata necesariamente de una copia mecánica del Partido Popular español o de las derechas latinoamericanas recientes, sí de un intento por encontrar una nueva narrativa de oposición más ideológica y menos burocrática que le está costando trabajo entregar y, al parecer, por falta de propuestas concretas de cara a la ciudadanía y no solamente como mecanismos contestatarios del partido hacia sus opositores.

México, claramente, posee condiciones históricas y culturales profundamente distintas a las de España o incluso a las de otros países de América Latina, por lo que las referencias asociadas a la colonia, a las élites extranjerizantes o al desprecio hacia lo popular activan sensibilidades históricas muy arraigadas en la vida pública mexicana; quizás por ello, la figura de Ayuso terminó detonando percepciones negativas incluso fuera del electorado morenista y hasta del otro lado del Continente.

El rechazo no provino únicamente del oficialismo. También aparecieron críticas desde sectores moderados, analistas independientes e incluso desde parte del propio panismo que observó con incomodidad el costo político del episodio.

La visita de Isabel Díaz Ayuso a nuestro país supuso un intento del PAN por redirigir su discurso e identidad política como oposición.
Isabel Díaz Ayuso durante un evento de homenaje a Hernán Cortés en el Frontón México.
Foto: Emiliano Molina. El País.

Entiéndase que la lección, respecto a la percepción de una oposición asociada a discursos culturalmente ajenos, elitistas o desconectados de las sensibilidades nacionales terminó dominando la conversación pública.

De manera local, la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alejandra Rojo de la Vega, se convirtió, en ese contexto, en un símbolo involuntario de esa crisis narrativa, dando paso a confrontaciones públicas, al tono aspiracional de ciertas intervenciones y a las acusaciones de clasismo (quizás sin intención pero sí manifiestas como parte inherente a una manera de pensar), terminaron reforzando la idea de una oposición más preocupada por las batallas culturales de redes sociales que por la construcción de una narrativa nacional incluyente.

Resulta preocupante, además, que la oposición tome literal su posición en el espectro político nacional y, de una forma u otra, base su discurso en todo lo que no empate con el oficialismo, sin mediar en consecuencias. Lo anterior, no solo denota una grave crisis en ideas, sino un hambre voraz de capitalizar el odio, que bien existe en ciertos extractos de la población, para crear plataformas electorales, orillándolos a invitar a personajes del talante de Ayuso para sustentarlo, pues no ha sido la primera vez. No olvidar el vínculo, incluso de amistad, del expresidente panista Felipe Calderón con José María Aznar, exmandatario español, ambos críticos de las actuales izquierdas en América latina. 

Desde la perspectiva de la comunicación política, el episodio representó un error descomunal para el PAN, toda vez que Morena logró imponer con rapidez el encuadre interpretativo de la visita y marcar la agenda pública antes que la oposición construyera una narrativa propia consistente, logrando capturar con rapidez la interpretación pública de los hechos y reposicionar al PAN como una oposición asociada a élites conservadoras y referencias extranjerizantes. El costo simbólico fue mucho mayor que cualquier posible ganancia mediática derivada de la visita.

Así, la falta de control del mensaje, la ausencia de contención discursiva y la reacción fragmentada de distintos actores panistas permitieron que el oficialismo capitalizara políticamente el episodio y ampliara su ventaja en la disputa simbólica del espacio público. Bastaron pocos minutos para que la Presidenta Sheinbaum, por ejemplo, desarmara el intento del PAN de posicionar a Ayuso como referente político. Sin mencionar, las voces que, desde España, denunciaron el circo que se estaba llevando a cabo, por parte del ala más conservadora del panismo. 

No obstante, reducir todo el episodio a un error táctico sería insuficiente. Lo verdaderamente importante es que la semana Ayuso permitió observar las tensiones internas del PAN frente al nuevo ciclo político mexicano.

El partido blanquiazul parece encontrarse atrapado entre varias rutas simultáneas: mantener una oposición institucional clásica; radicalizar parcialmente su discurso ideológico, incluso con personajes estridentes sin propuestas; o construir una nueva derecha cultural capaz de disputar emocionalmente el espacio público a Morena. Ninguna de esas rutas se encuentra todavía plenamente definida.

Ahí, precisamente, reside el fondo del problema, pues el PAN parece entender que la oposición tecnocrática ya no basta, pero todavía no refleja haber encontrado una narrativa cultural propia que conecte con las sensibilidades sociales mayoritarias del país.

Como advertía Antonio Gramsci, ninguna fuerza política puede construir hegemonía únicamente desde las élites o mediante discursos desvinculados del sentido común popular; en ese vacío, algunos sectores apuestan por referentes externos o narrativas importadas que, lejos de fortalecer al partido, terminan profundizando su percepción de desconexión con amplios sectores sociales.

La semana Ayuso dejó así una lección importante para la oposición mexicana: no basta con importar discursos de confrontación cultural ni replicar modelos ideológicos extranjeros; porque en México la disputa política sigue atravesada por memorias históricas, símbolos nacionales y sensibilidades sociales que ningún proyecto opositor puede ignorar sin asumir costos importantes. 

Más que consolidar una nueva derecha mexicana, el episodio exhibió las dificultades del PAN para construir una identidad política contemporánea capaz de disputar el imaginario nacional sin quedar atrapado entre el elitismo histórico y la radicalización cultural importada. Habrá que observar sus decisiones y acomodos futuros, previo a las elecciones.

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