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Se diluye la vía diplomática: Medio Oriente vuelve a escalar haciendo crecer la incertidumbre global

El conflicto en Medio Oriente no ceja y a medida que pasa el tiempo los actores parecen excluir la posibilidad de una solución diplomática.

Por Jessica Chaparro y Stephanie Ramírez

El conflicto en Medio Oriente no ceja y a medida que pasa el tiempo los actores parecen excluir la posibilidad de una solución diplomática.

En este mismo espacio hemos analizado por varias semanas la situación de guerra que priva en Medio Oriente y con mucha cautela hace unos días el anuncio de un posible acuerdo de desescalamiento del conflicto que, según diversas versiones, podría abrir una ruta hacia la contención del conflicto mediante la mediación de Qatar, Egipto y otros actores del Golfo.

Sin embargo, advertíamos entonces que más que una paz consolidada, lo que realmente existía era una pausa extremadamente frágil, sostenida por equilibrios tácticos, intereses cruzados y negociaciones todavía inconclusas. Los acontecimientos del fin de semana parecen confirmar plenamente esa lectura.

La posibilidad de un acuerdo de contención entre Estados Unidos, Israel y actores regionales prácticamente quedó cancelada tras el reinicio de bombardeos y operaciones militares en múltiples frentes; aunque circularon versiones sobre un posible memorándum de entendimiento, éste nunca llegó a formalizarse. En su lugar, la región volvió a experimentar una escalada inmediata de violencia.

Esos nuevos ataques dejaron decenas de muertos y cientos de heridos en bombardeos sobre Gaza y zonas estratégicas cercanas a la frontera libanesa, reactivando el temor de que el conflicto abandone definitivamente su carácter focalizado para transformarse en una guerra regional de mayor escala.

Por su parte, el gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu sostuvo que las operaciones continuarán “hasta neutralizar completamente las amenazas regionales”, una declaración que envía una señal inequívoca: Israel no parece dispuesto a reducir presión militar mientras considere que persisten capacidades ofensivas activas en actores alineados con Irán.

Del lado estadounidense, voceros de la administración insistieron en que “la ventana diplomática no está totalmente cerrada”, aunque esa afirmación luce cada vez más difícil de sostener frente a la realidad operativa sobre el terreno. Mientras tanto, actores vinculados a Irán advirtieron que una escalada mayor podría desestabilizar toda la región, ampliando el conflicto hacia escenarios aún más complejos que involucren a Líbano, Siria, Irak e incluso rutas marítimas estratégicas.

Claramente el impacto ya rebasa el plano militar, pues el precio internacional del petróleo mostró nuevas presiones alcistas, con el Brent moviéndose por encima de los 80 dólares por barril, reflejo del nerviosismo de los mercados energéticos ante una posible interrupción de rutas críticas como el Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente 20% del petróleo comercializado globalmente; lo que significa que la crisis ya no sólo amenaza vidas humanas y estabilidad regional, sino que comienza a proyectar consecuencias directas sobre cadenas energéticas, logística global y mercados internacionales, como también habíamos precisado en artículos anteriores.

Ahora bien, quizá el punto más inquietante no sea solo el fracaso de la vía diplomática, lo verdaderamente preocupante es el comportamiento de los propios actores geopolíticos llamados, en teoría, a evitar una escalada mayor. 

Una solución diplomática luce cada vez más lejana.
El estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los enclaves críticos entorno a la crisis en Medio Oriente. Foto: CNN.

Porque seamos claras: Israel, Estados Unidos, Irán y los intermediarios regionales no son observadores pasivos de la crisis, son en distintos grados, corresponsables de la forma en que ésta evoluciona. Así que, por acción, omisión, cálculo estratégico o incapacidad política, cada decisión adoptada —o deliberadamente postergada— modifica el umbral de riesgo regional.

Ese punto obliga a formular un cuestionamiento incómodo: ¿hasta qué punto los principales actores todavía operan bajo una lógica de contención racional?

La diplomacia clásica parte del supuesto de que incluso en escenarios de alta tensión los Estados conservan incentivos para contener costos, evitar daños irreversibles y mantener abiertos canales mínimos de negociación; pero el conflicto actual obliga a matizar severamente esa premisa, toda vez que cuando la lógica política interna, la presión ideológica, la necesidad de proyectar fuerza o la rentabilidad política de la confrontación comienzan a pesar más que el cálculo estratégico de largo plazo, el conflicto se mantiene en esa zona peligrosa de la que parece no poder salir.

Eso es precisamente lo que hoy estamos observando, la dificultad para analizar este conflicto ya no proviene únicamente de su complejidad militar o diplomática, surge de la creciente irracionalidad de ciertas decisiones adoptadas por los países en conflicto, la cuales en ocasiones parecen desafiar incluso los fundamentos más elementales de la racionalidad estratégica.

Bajo esas condiciones, incluso intentar explicar cada movimiento mediante cálculos tradicionales de costo-beneficio comienza a resultar insuficiente y esto representa un hecho descabelladamente alarmante, porque cuando la racionalidad estratégica empieza a ceder frente a la lógica de escalada, el margen para la diplomacia se reduce drásticamente.

Por desgracia para el mundo, el fracaso de esta tentativa diplomática revela algo más profundo que un desacuerdo coyuntural entre gobiernos: evidencia el debilitamiento de los mecanismos tradicionales de negociación internacional. También expone una crisis de responsabilidad política entre actores que, aun entendiendo el costo potencial de una guerra regional, continúan moviéndose al borde de ella.

En este contexto, la preocupación central ya no es solo la continuidad del conflicto actual, sino el riesgo de normalizar una escalada progresiva en una de las regiones más sensibles del planeta, pues se observa que cuando en Medio Oriente la guerra comienza a expandirse, sus consecuencias rara vez permanecen dentro de sus propias fronteras, por el contrario, afectan energía, mercados, rutas marítimas, cadenas de suministro y equilibrios geopolíticos globales.

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