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Revolución silenciosa de la inteligencia artificial

Ante la facilidad con que la inteligencia artificial nos permite acceder a la información en instantes, ejercitar el pensamiento crítico es indispensable.

Nueva acceso al conocimiento

Por Ariadna Cantarell

Ante la facilidad con que la inteligencia artificial nos permite acceder a la información en instantes, ejercitar el pensamiento crítico es indispensable.

Si el lector ha utilizado ChatGPT, Gemini o cualquier otra herramienta de inteligencia artificial, probablemente lo hizo para resolver una duda concreta; quizás necesitaba comprender un concepto complicado, redactar un documento, traducir un texto, planificar una actividad o encontrar información sobre un tema específico. Dicha relación con la tecnología no es muy distinta de lo que durante años hicieron millones de personas en buscadores de internet; sin embargo, algo importante está ocurriendo detrás de esa aparente normalidad.

La conversación pública sobre la IA generativa suele concentrarse en asuntos como automatización, empleo, regulación, riesgos o productividad. Son discusiones necesarias. No obstante, existe una transformación menos visible que podría tener consecuencias mucho más profundas: por primera vez en la historia, una tecnología comienza a reducir de manera significativa la distancia entre el conocimiento especializado y las personas comunes.

Puede parecer exagerada la afirmación anterior, pero no lo es tanto si consideramos que, durante siglos, acceder al conocimiento implicó recorrer caminos largos, pues una persona debía localizar fuentes, consultar especialistas, revisar bibliografía, contrastar información y construir poco a poco una comprensión más amplia sobre aquello que deseaba aprender.

A partir de los años noventa y con la llegada de internet se modificó ese proceso y millones de personas obtuvieron acceso inmediato a cantidades de información impensables para generaciones anteriores.

Muy poco tiempo después, según la dinámica en que se movía el mundo en términos de intercambio de información, aparecieron los motores de búsqueda, las enciclopedias digitales, las bibliotecas virtuales y plataformas colaborativas como Wikipedia, que ampliaron todavía más las posibilidades de acceso; pero incluso entonces persistía una barrera importante: encontrar información no siempre significaba comprenderla.

De igual manera, la abundancia de datos resolvió parcialmente el problema de acceso, aunque dejó intacta una dificultad histórica: transformar información compleja en conocimiento útil para la vida cotidiana; y es precisamente ahí donde comienza la verdadera disrupción.

Herramientas como ChatGPT y Gemini no sólo localizan información, también pueden sintetizar, traducir, reorganizar, contextualizar y explicar datos mediante lenguaje conversacional; es decir, reducen parte del esfuerzo técnico necesario para acercarse a temas que antes requerían formación especializada o largas horas de búsqueda.

Diversos estudios sobre adopción tecnológica muestran que estudiantes, profesionistas, investigadores, desarrolladores y trabajadores del conocimiento incorporan cada vez más herramientas de IA generativa a procesos de aprendizaje, consulta y resolución de problemas.

Resulta también particularmente visible en educación superior la velocidad del fenómeno: una investigación del Higher Education Policy Institute reportó que el uso de herramientas de IA entre estudiantes universitarios del Reino Unido pasó de 66% en 2024 a 92% en 2025.

Paralelamente, organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO/ONY) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desarrollan investigaciones y marcos de referencia para comprender las implicaciones que estas tecnologías tendrán sobre la enseñanza, las habilidades profesionales y la producción de conocimiento durante los próximos años.

Inteligencia artifical generativa.
Imagen: Medium.

En México, la adopción de estas tecnologías también avanza con rapidez, pues de acuerdo con resultados de la Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial Generativa en la Educación Superior (ENIAG 2025), alrededor de 79% de estudiantes universitarios utiliza herramientas de IA para generar textos y 66% las emplea al menos una vez por semana.

No obstante, los propios investigadores advierten que el crecimiento de estas tecnologías plantea desafíos relevantes para la educación superior, en particular en áreas relacionadas con pensamiento crítico, integridad académica, desarrollo de habilidades de investigación y comprensión profunda de los contenidos. Más que una discusión sobre sustitución del aprendizaje, el debate comienza a centrarse en cómo integrar estas herramientas sin desplazar procesos fundamentales de análisis, reflexión y construcción del conocimiento.

Todo lo anterior no significa que la inteligencia artificial sustituya el aprendizaje, tampoco implica que la información proporcionada por estos sistemas sea infalible, de hecho, especialistas en educación digital y alfabetización mediática advierten que la capacidad de verificar fuentes, contrastar evidencia y desarrollar pensamiento crítico será cada vez más importante en un entorno donde la información puede generarse a gran velocidad; incluso con esas limitaciones, resulta difícil ignorar el cambio que está ocurriendo.

Sin embargo, el fenómeno también abre interrogantes relevantes, ya que, si durante décadas el desafío consistió en acceder a la información, hoy el reto parece desplazarse hacia otro terreno: distinguir información confiable, comprender contextos complejos y desarrollar criterios propios frente a respuestas que llegan de manera inmediata. En otras palabras, reiterando un poco, la facilidad de acceso no elimina la necesidad de pensamiento crítico; en algunos casos, incluso podría volverlo más importante.

En todos los casos, la tecnología actúa como una especie de puente entre el conocimiento especializado y quienes buscan comprenderlo, aunque desde luego, ese puente no reemplaza a maestros, investigadores, periodistas, científicos o especialistas; más bien redefine algunas de sus funciones.

Durante décadas, gran parte del valor asociado al conocimiento estuvo vinculado a la capacidad de acceder a la información, pero hoy día, cuando el acceso se vuelve cada vez más sencillo, la diferencia comienza a desplazarse hacia otros terrenos: interpretación, criterio, análisis, contexto y capacidad para distinguir entre información confiable y contenido erróneo.

Finalmente, observamos que la rapidez con la que estas herramientas se incorporan a la vida cotidiana ha abierto una discusión que apenas comienza, donde universidades, organismos internacionales, gobiernos y empresas intentan comprender cuáles serán sus efectos en la educación, el trabajo y la producción de conocimiento durante los próximos años.

Así, las preguntas ya no giran únicamente en torno a lo que la inteligencia artificial es capaz de hacer, sino también a la forma en que las personas la incorporan a sus procesos de aprendizaje, consulta y toma de decisiones.

En ese contexto, el debate parece desplazarse de la tecnología hacia sus implicaciones sociales, en el entendido de que acceder a más información no garantiza necesariamente una mejor comprensión de la realidad, del mismo modo que obtener respuestas inmediatas no sustituye la reflexión ni el pensamiento crítico: la discusión de fondo consiste en determinar si estas herramientas contribuirán a formar sociedades mejor informadas o simplemente más dependientes de sistemas capaces de responder por ellas.

A manera de conclusión puede decirse que la llamada revolución de la IA generativa no deba medirse únicamente por la sofisticación de sus algoritmos, ya que su verdadero alcance comenzará a definirse cuando podamos comprender cómo transforma la relación entre las personas, el conocimiento y la capacidad de construir criterio propio en un entorno donde la información nunca había estado tan disponible.

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