Quién gana más, quién se adapta y dónde empieza a abrirse la brecha
Por Ariadna Cantarell
La inteligencia artificial ha comenzado a modificar el panorama laboral en todo el planeta.
La irrupción acelerada de herramientas de inteligencia artificial en empresas, universidades y entornos productivos comenzó a modificar el mercado laboral global mucho antes de lo que pudiera anticiparse, siendo hacia 2025, que compañías vinculadas con software, cloud computing, ciberseguridad, telecomunicaciones y servicios digitales ya reportan cambios en sus procesos de contratación, en la demanda de perfiles especializados y en la valoración salarial de ciertas habilidades tecnológicas. Dicho fenómeno también alcanza a México, donde la transformación digital avanza entre oportunidades de crecimiento y profundas brechas de capacitación.
Durante largo tiempo, buena parte de la preocupación pública se concentró en una idea tan simple como inquietante: las máquinas terminarían reemplazando a las personas y, con esa idea, cada nuevo avance en IA generativa parecía reforzar el mismo temor: automatización, sustitución y pérdida de empleos.
Sin embargo, la evidencia disponible muestra un escenario más complejo, como el hecho que el Future of Jobs Report 2025, publicado por el World Economic Forum, ubica a la inteligencia artificial, el análisis de datos y la alfabetización tecnológica entre los factores que más incidirán en la transformación del empleo hacia 2030. Considerado uno de los ejercicios prospectivos más importantes sobre trabajo a escala global, el informe plantea que la disrupción no se explica únicamente por la desaparición de puestos laborales, sino por la modificación profunda de tareas, procesos y perfiles profesionales.
Ese matiz cambia por completo la conversación, pues la presión ya no recae sólo en conservar un empleo, sino en mantener vigentes las capacidades que ese empleo requiere, lo que lleva a asegurar que pensamiento crítico, interpretación, análisis, supervisión de sistemas automatizados, criterio estratégico y capacidad de resolver problemas complejos comienzan a consolidarse como activos cada vez más valiosos dentro de la economía digital.
A estas alturas, resulta que la industria tecnológica ya lo está resintiendo, tan es así que el Barómetro de Inteligencia Artificial en el Mundo Laboral 2025 de PwC documentó que los sectores con mayor adopción de IA registran incrementos más acelerados de productividad e ingresos por empleado que aquellos con menor incorporación tecnológica. Más relevante resulta que las habilidades relacionadas con inteligencia artificial muestran primas salariales superiores al promedio del mercado en múltiples economías; lo que ayuda a explicar por qué proveedores de software, compañías de cloud, firmas de ciberseguridad, integradores, distribuidores y empresas del sector telecom compiten cada vez más por talento capaz de operar en entornos altamente automatizados.
México enfrenta este proceso desde una posición particularmente compleja que obliga a observar algunos datos, como el hecho de que la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), con información de marzo de 2025, reporta que 54.4% de la población ocupada trabaja en condiciones de informalidad laboral; cifra que equivale a más de 32 millones de personas sin acceso pleno a seguridad social o protección laboral. El dato adquiere mayor relevancia al observar la estructura educativa del país: apenas 23.8% de la población ocupada cuenta con estudios superiores, mientras el resto se concentra en niveles de educación básica y media superior.

Ese contexto obliga a mirar el fenómeno con más cuidado, pues mientras empresas que operan en México como Microsoft, Google Cloud y AWS aceleran la adopción de soluciones de cloud computing, automatización, analítica avanzada y herramientas de IA generativa para clientes corporativos, sectores como telecomunicaciones, manufactura avanzada, logística y servicios financieros intensifican inversiones en digitalización de procesos, monitoreo inteligente e infraestructura de datos.
En contraste, amplios sectores productivos —particularmente pequeñas y medianas empresas— continúan enfrentando rezagos en conectividad, digitalización y profesionalización tecnológica, debido en particular a que la brecha no se limita al acceso a tecnología, también atraviesa capacidades de adopción, formación continua y velocidad de adaptación.
Resulta importante considerar que la dimensión de género añade otra capa de complejidad, hecho que han registrado investigaciones recientes, por ejemplo, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que muestran que los empleos ocupados predominantemente por mujeres presentan una exposición significativa mayor a tareas susceptibles de automatización que aquellos donde predominan los hombres, en concreto en funciones administrativas, documentales y de soporte empresarial. El hallazgo resulta relevante porque, al mismo tiempo, las mujeres continúan subrepresentadas en áreas vinculadas con programación, desarrollo de software, infraestructura tecnológica e inteligencia artificial.
Bajo esa lógica, la brecha futura podría no abrirse solo entre personas que usan o no usan tecnología, porque la separación comienza a dibujarse entre quienes tienen acceso a capacitación continua y quienes permanecen en funciones con menor capacidad de adaptación tecnológica.
Ahí se vuelve visible una transformación más profunda, debido a que hablar de IA y trabajo ya no se reduce a medir cuántos empleos desaparecerán, sino a observar otras zona de intervención: salarios, talento, especialización y capacidad de aprendizaje continuo; es decir, y para expresarlo en términos concretos, el mercado empieza a recompensar menos la ejecución rutinaria y más la capacidad de trabajar junto a sistemas inteligentes sin perder criterio propio.
Ese cambio importa especialmente para la industria TIC mexicana, porque empresas como Vendors, mayoristas, resellers, integradores y proveedores de servicios tecnológicos no sólo enfrentan el reto de adoptar nuevas herramientas; también deberán decidir cómo formar, retener y remunerar al talento capaz de operar en esta nueva etapa y esa situación refiere que, en muchos casos, la verdadera escasez ya no será de tecnología, sino de personas capaces de extraer valor estratégico de ella.
Sin duda la preocupación sobre si la inteligencia artificial quitará empleos no desaparecerá pronto, pero tampoco debería minimizarse, cuando la evidencia apunta hacia una realidad más compleja y, en cierto sentido, más desafiante; si se toma en cuenta que la transformación más profunda no parece estar ocurriendo entre humanos y máquinas, sino entre trabajadores con capacidad de adaptación y aquellos que podrían quedar rezagados en un mercado donde la velocidad tecnológica ya comenzó a imponer nuevas reglas.
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