Por Ricardo Ramírez Posadas
La final del Mundial 2026 dejo ver un desfile de mandatarios y jefes de estado presenciando y el evento deportivo.
Hace tiempo que el fútbol dejó de ser solo un espectáculo deportivo hasta llegar a lo que es hoy, donde cada Copa del Mundo moviliza millones de personas, concentra la atención de gobiernos, organismos internacionales, empresas multinacionales y medios de comunicación.
Sobre el campo se disputan campeonatos, fuera de él, los Estados aprovechan un escaparate excepcional para proyectar liderazgo, fortalecer relaciones políticas y construir reputación internacional. La asistencia de la presidenta Claudia Sheinbaum a la final del Mundial 2026 debe interpretarse desde esa perspectiva. Más que un gesto protocolario, representó un acto de comunicación diplomática.
De igual manera ocurre del otro lado de las fronteras. Tradicionalmente, la influencia de un Estado se medía por el tamaño de su economía, su capacidad militar o su peso geopolítico; sin embargo, Joseph S. Nye introdujo un concepto que modificó esa visión: el soft power o poder blando.
Para el profesor de Harvard, los países también ejercen influencia mediante la atracción, la legitimidad y la capacidad para generar confianza; por lo que sin duda la cultura, la educación, la cooperación científica e incluso el deporte forman parte de esos recursos capaces de fortalecer la presencia internacional sin recurrir a mecanismos de coerción.
Los grandes eventos deportivos constituyen una expresión privilegiada de ese poder simbólico, pues no es casual que los Juegos Olímpicos, las Copas del Mundo o las grandes competencias internacionales sean objeto de una intensa disputa entre gobiernos interesados en organizar estos acontecimientos.
Detrás de cada candidatura existe una estrategia orientada a proyectar estabilidad, capacidad organizativa, desarrollo económico y confianza institucional. El deporte se convierte así en un lenguaje político comprensible para audiencias globales.
Nicholas Cull, uno de los principales especialistas en diplomacia pública contemporánea, sostiene que la comunicación internacional de los Estados ya no consiste únicamente en emitir mensajes hacia el exterior; más bien implica construir relaciones duraderas mediante narrativas, símbolos y experiencias compartidas que fortalezcan la credibilidad de un país.
En ese sentido, un Mundial ofrece mucho más que noventa minutos de fútbol: proporciona un escenario donde millones de personas observan de manera simultánea la manera en que una nación organiza, recibe, comunica y representa su identidad ante el mundo.
México vivió esa experiencia desde una condición inédita. La Copa Mundial de 2026 fue organizada conjuntamente con Estados Unidos y Canadá, en un contexto marcado por desafíos migratorios, tensiones comerciales, procesos de relocalización industrial y una redefinición permanente de la relación norteamericana.
Ninguno de esos temas desapareció durante el torneo, al contrario, el Mundial ofreció una oportunidad para fortalecer los canales de interlocución política entre los tres gobiernos anfitriones y para proyectar una imagen de cooperación regional.

Dentro de esa lógica debe entenderse la presencia de Claudia Sheinbaum en la ceremonia de clausura y en la final del campeonato, porque su asistencia trascendió el interés deportivo y como jefa del Estado mexicano participó en uno de los acontecimientos de mayor visibilidad internacional del año, compartiendo espacio con otros mandatarios, dirigentes de organismos deportivos y representantes de gobiernos de distintos continentes.
La fotografía presidencial, con frecuencia reducida al ámbito de la comunicación política interna, adquiere otra dimensión cuando forma parte de una estrategia de representación internacional.
No se trata de una práctica exclusiva de México, la llamada “diplomacia del ping-pong” facilitó el acercamiento entre Estados Unidos y China durante la década de 1970; Sudáfrica utilizó el Mundial de 2010 para proyectar una narrativa de reconciliación y liderazgo africano; Catar hizo de la Copa del Mundo de 2022 una plataforma para posicionarse como un actor relevante en Medio Oriente. En todos esos casos, el deporte funcionó como un vehículo de comunicación política antes que como un simple entretenimiento.
El gobierno mexicano no es la excepción al comprender esa dimensión y vincular el Mundial con una estrategia de proyección internacional que incluyó el nombramiento de una representación especial ante la FIFA, encuentros de alto nivel con sus directivos y una narrativa orientada a presentar el torneo como un legado social y de cooperación regional.
Puede debatirse la eficacia de esa estrategia, pero difícilmente puede negarse que existió una intención de convertir un acontecimiento deportivo en una plataforma de diplomacia pública.
Conviene subrayar que la diplomacia deportiva no sustituye la política exterior ni resuelve, por sí misma, los problemas estructurales de un país, indudablemente ningún campeonato modifica los desafíos económicos, las tensiones bilaterales o las diferencias comerciales; tampoco una fotografía presidencial cambia en automático la percepción internacional de una nación.
Sin embargo, estos eventos sí contribuyen a construir reputación, abrir espacios de diálogo y proyectar capacidades institucionales cuando forman parte de una estrategia coherente de comunicación internacional.
Con frecuencia, la opinión pública reduce estos acontecimientos a la discusión inmediata sobre quién asistió al partido, quién apareció en el palco o cuál fue el resultado del encuentro; esa mirada pierde de vista un fenómeno más profundo: las grandes competencias deportivas se han convertido en espacios donde los Estados comunican liderazgo, cooperación y capacidad de interlocución ante audiencias globales.
Ésa es, en realidad, la principal enseñanza del Mundial de 2026, porque mientras millones de personas seguían la final desde las tribunas o frente a una pantalla, también se desarrollaba otra competencia, mucho menos visible: la disputa por la construcción de imagen, la proyección internacional y la influencia política. En el siglo XXI, un estadio ya no sólo alberga un partido de fútbol; se convierte en un espacio donde los Estados comunican liderazgo, fortalecen su presencia internacional y ejercen una forma cada vez más sofisticada de poder.

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