Editorial LEEA
La inversión extranjera en México ha tenido un gran crecimiento durante el primer trimestre de este año.
Mientras buena parte de la conversación pública sigue atrapada en la polarización política, las disputas partidistas y la guerra narrativa cotidiana, hay un indicador que está enviando una señal mucho más contundente que cualquier discurso: el capital internacional está apostando por México. Y no en pequeñas cantidades.
Durante el primer trimestre de 2026, México captó 23 mil 591 millones de dólares en Inversión Extranjera Directa (IED), un crecimiento de 10.4 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior y la cifra más alta registrada para un primer trimestre desde que se tiene medición formal. El dato, presentado por la Secretaría de Economía, encabezada por Marcelo Ebrard, confirma que el país atraviesa uno de los momentos más atractivos para la inversión global en décadas.
No se trata de un accidente estadístico o un golpe de suerte, es resultado de la forma de operar de esas fuerzas económicas y geopolíticas profundas que están redibujando el mapa industrial del planeta y que hace destacar al llamado nearshoring.
La relocalización de cadenas productivas, acelerada por la pandemia y por la disputa comercial entre Estados Unidos y China, está obligando a miles de empresas a replantear dónde producir, ensamblar y distribuir; y precisamente en ese nuevo tablero México aparece con ventajas difíciles de ignorar por el resto del mundo: cercanía con el mercado estadounidense, integración manufacturera, costos competitivos y un marco comercial respaldado por el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá.
Precisamente esa es la razón por la cual reducir el fenómeno al nearshoring sería quedarse cortos. Se está viendo el reposicionamiento de una economía que ha dejado de ser vista sólo como plataforma maquiladora para convertirse en una pieza estratégica de productividad en América del Norte.

Más revelador que el monto total de inversión es su composición sectorial, observándose que los mayores incrementos no se concentran solo en manufactura sino en la infraestructura que hace posible una expansión industrial sostenida: construcción creció 96.3 por ciento; transportes, correos y almacenamiento, 123 por ciento; equipo de cómputo y componentes electrónicos, 58.7 por ciento. El dato sugiere algo más profundo que una simple llegada de capital: México ya no sólo atrae plantas de producción; comienza a conquistar inversión orientada a robustecer los sistemas logísticos, energéticos y tecnológicos que demanda una economía de mayor sofisticación productiva.
Para el equipo económico de la presidenta Claudia Sheinbaum, en concreto para Marcelo Ebrard desde Economía, estos números tienen un peso que va más allá del balance financiero, pues funcionan como evidencia tangible de confianza internacional en el país y fortalecen la narrativa de estabilidad macroeconómica, continuidad industrial y atractivo estratégico.
Ahora bien, más que el volumen total de la inversión, el dato que merece atención está en su composición, si se considera que una parte sustancial del crecimiento de la IED provino de la reinversión de utilidades, es decir, de capital extranjero que ya opera en México y que, en lugar de retirarse, decidió permanecer y expandirse; señal políticamente relevante en un contexto global de incertidumbre donde las empresas que ya conocen el mercado mexicano están apostando por su permanencia. Dicho de otro modo, el capital que mejor conoce a México no está saliendo; está profundizando su presencia y el reto será mantenerla e incrementarla.
En el nuevo orden económico, la inversión extranjera no sólo sigue al mercado, va tras el poder y es precisamente en ese marco contextual que México está recibiendo capital porque se ha convertido en un nodo estratégico de articulación entre bloques económicos: exporta manufactura integrada hacia América del Norte, recibe inversión europea en sectores financieros, industriales y energéticos; y forma parte de cadenas productivas que incorporan tecnología, componentes e insumos provenientes de Asia y consolida su peso como plataforma de exportación de América Latina.
Esa posición abre una oportunidad histórica, pero también una presión inédita: mientras mayor sea su centralidad económica, mayor será la intensidad de las presiones externas para influir en sus decisiones y, así las cosas, el reto ya no es atraer capital; es conservar soberanía en medio de su llegada.
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