Por el Dr. Julian Ramírez Bello
Los avances médicos en torno a los genes y las diferencias biológicas entre hombres y mujeres responden a la búsqueda de mejores tratamientos adaptados a las particularidades de cada persona.
Las mujeres viven, en promedio, más años que los hombres. También desarrollan con mayor frecuencia enfermedades autoinmunes, mientras que ellos presentan antes algunos padecimientos cardiovasculares y determinados tipos de cáncer. Esas diferencias se atribuyeron casi por completo a las hormonas o al estilo de vida; sin embargo, hoy la biología ha demostrado que una parte importante de la explicación se encuentra en los genes y en la manera en que estos se activan desde las primeras etapas del desarrollo humano.
Se conoce que la mayoría de las personas posee 46 cromosomas organizados en 23 pares y un par de ellos determina el sexo biológico. De ese par determinante, las mujeres tienen dos cromosomas X (XX) mientras los hombres cuentan con un cromosoma X y uno Y (XY); y aunque el cromosoma Y contiene muchos menos genes que el X, alberga el gen SRY, responsable de iniciar el desarrollo de los testículos durante la vida embrionaria. A partir de ese momento, se desencadena una compleja cascada de señales biológicas que influirá en el desarrollo del organismo.
Sin embargo, las diferencias genéticas entre hombres y mujeres van mucho más allá de la presencia del cromosoma Y por la simple y sencilla razón de que el cromosoma X contiene más de mil genes relacionados con funciones esenciales como el desarrollo del sistema nervioso, el metabolismo y la regulación del sistema inmunológico y, para equilibrar esas diferencias, la naturaleza desarrolló un mecanismo extraordinario.

En 1961, la genetista británica Mary Lyon describió un fenómeno conocido como inactivación del cromosoma X, el cual da cuenta cómo, durante las primeras etapas del desarrollo embrionario, cada célula femenina desactiva de manera casi completa uno de sus dos cromosomas X.
Aquí lo sorprendente es que este proceso ocurre al azar: algunas células mantienen activo el cromosoma heredado de la madre y otras el del padre; como resultado, cada mujer constituye un verdadero mosaico genético, formado por millones de células con patrones distintos de expresión génica.
Este mecanismo ayuda a explicar por qué algunas enfermedades hereditarias ligadas al cromosoma X se manifiestan de forma diferente entre hombres y mujeres. También demuestra que la biología humana es mucho más compleja de lo que puede deducirse únicamente a partir de los cromosomas sexuales.
Investigaciones recientes revelan que miles de genes se expresan de manera distinta en hombres y mujeres, incluso cuando comparten prácticamente el mismo ADN. Así, estas diferencias son reguladas por la interacción entre los cromosomas sexuales, las hormonas y la epigenética, es decir, los mecanismos que activan o silencian genes sin modificar la secuencia genética.
Aquí vale la pena señalar que las implicaciones médicas son profundas. Es decir, en términos generales las mujeres desarrollan respuestas inmunológicas más eficaces frente a numerosos virus y bacterias, una ventaja que contribuye a controlar mejor ciertas infecciones.
Pero esa misma capacidad del sistema inmunológico tiene un costo biológico, como lo muestran los estudios realizados por equipos de investigación de instituciones como el Instituto Karolinska, la Universidad de Stanford y el National Institutes of Health (NIH), los cuales han demostrado que numerosos genes relacionados con la regulación de la respuesta inmunitaria se localizan en el cromosoma X y que algunos de ellos pueden escapar al proceso de inactivación descrito por Mary Lyon.
Como consecuencia, determinadas células inmunológicas femeninas expresan una mayor cantidad de proteínas involucradas en los mecanismos de defensa, lo que incrementa también la probabilidad de que el sistema inmunológico reaccione contra los propios tejidos del organismo. Este fenómeno ayuda a explicar por qué cerca de nueve de cada diez personas con lupus eritematoso sistémico son mujeres y por qué una tendencia similar se observa en la artritis reumatoide y la enfermedad de Sjögren primaria, enfermedades cuya complejidad resulta de la interacción entre la genética, las hormonas y factores ambientales.
Por su parte los hombres presentan otros desafíos biológicos, como los mostrados por diversos estudios al señalar que desarrollan con mayor frecuencia enfermedades cardiovasculares a edades más tempranas y que algunas alteraciones del cromosoma Y se relacionan con problemas de fertilidad y ciertos tipos de cáncer.
En la última década, uno de los hallazgos más relevantes en este campo ha sido la llamada pérdida mosaico del cromosoma Y (mLOY), una alteración genética adquirida que aumenta con la edad. Investigadores de la Universidad de Uppsala, en Suecia, encabezados por Lars A. Forsberg, fueron de los primeros en demostrar que los hombres con esta pérdida cromosómica presentan un mayor riesgo de desarrollar cáncer y una menor supervivencia.
Posteriormente, trabajos experimentales dirigidos por Soichi Sano y Kenneth Walsh confirmaron que la pérdida del cromosoma Y en células sanguíneas favorece procesos de fibrosis cardiaca y se asocia con un mayor riesgo de insuficiencia cardiaca. Más recientemente, estudios publicados en la revista Nature han mostrado que esta alteración también modifica la respuesta inmunológica frente a algunos tumores, lo que podría influir en su progresión y en la eficacia de ciertos tratamientos.

La genética también está transformando la forma en que se prescriben los medicamentos. La farmacogenómica ha demostrado que hombres y mujeres pueden absorber, metabolizar y eliminar algunos fármacos de manera distinta. Durante muchos años, los ensayos clínicos se realizaron principalmente en hombres, por lo que hoy la comunidad científica reconoce la necesidad de incorporar el sexo biológico como una variable indispensable para desarrollar tratamientos más seguros y eficaces.
¿Qué podemos hacer?
Conocer estas diferencias permite tomar decisiones más informadas sobre la salud.
- Acudir periódicamente a revisiones médicas de acuerdo con la edad y los factores de riesgo.
- Informar al personal de salud sobre antecedentes familiares de enfermedades hereditarias o autoinmunes.
- Evitar la automedicación y seguir las indicaciones médicas respecto al uso de medicamentos.
- Mantener hábitos saludables que reduzcan el riesgo de enfermedades crónicas.
- Comprender que la genética influye en la salud, pero interactúa constantemente con la alimentación, la actividad física, el ambiente y otros factores.
La medicina del siglo XXI ya no estudia únicamente las enfermedades, busca entender cómo responde cada organismo; en ese camino, conocer las diferencias biológicas entre hombres y mujeres no pretende establecer comparaciones ni jerarquías, sino comprender mejor el funcionamiento del cuerpo humano para ofrecer diagnósticos más precisos, tratamientos más eficaces y estrategias de prevención adaptadas a las características de cada persona.
Referencias
- Arnold, A. P. (2020). Sex chromosomes and brain gender. Nature Reviews Neuroscience, 21(10), 553–565. https://doi.org/10.1038/s41583-020-0344-1
- Bianchi, I., Lleo, A., Gershwin, M. E., & Invernizzi, P. (2012). The X chromosome and immune associated genes. Journal of Autoimmunity, 38(2–3), J187–J192. https://doi.org/10.1016/j.jaut.2011.11.012
- Forsberg, L. A. (2017). Loss of chromosome Y (LOY) in blood cells is associated with increased risk for disease and mortality in aging men. Human Genetics, 136, 657–663. https://doi.org/10.1007/s00439-017-1799-2
- Lyon, M. F. (1961). Gene action in the X-chromosome of the mouse (Mus musculus L.). Nature, 190, 372–373. https://doi.org/10.1038/190372a0
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- Tukiainen, T., et al. (2017). Landscape of X chromosome inactivation across human tissues. Nature, 550, 244–248. https://doi.org/10.1038/nature24265
- Whitacre, C. C. (2001). Sex differences in autoimmune disease. Nature Immunology, 2(9), 777–780. https://doi.org/10.1038/ni0901-777

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