Por Astrid Fonseca y Angélica Martínez / Las Sufragistas
En los últimos años, las redes sociales han impulsado una tendencia que combina estética vintage, domesticidad idealizada y discursos que promueven el retorno a roles de género rígidos: las tradwifes. Aunque el término proviene de traditional wifes, su alcance actual va más allá de la vida doméstica. Se trata de un fenómeno cultural que, bajo la apariencia de “libre elección”, articula narrativas que cuestionan los avances feministas y dialogan con la nueva ola conservadora global. En México, donde las desigualdades de género siguen profundamente arraigadas, esta tendencia cobra una relevancia particular.

Estética como vehículo ideológico
En plataformas como TikTok, Instagram y YouTube, influencers como Estee Williams, Mrs. Midwest, Nara Smith y, de manera destacada, Hannah Neeleman han popularizado videos que muestran rutinas de cuidado del hogar, preparación de alimentos “como antes”, obediencia marital y maternidad idealizada; con el nombre artístico de Ballerina Farm es quizá el ejemplo más influyente de esta estética ya que cuenta con millones de seguidores y su contenido combina: vida rural idealizada, maternidad múltiple, cocina tradicional, obediencia marital y un estilo visual impecable.
En uno de sus videos más virales (2023), Ballerina Farm afirma que “la verdadera felicidad está en criar hijos, honrar a tu esposo y trabajar la tierra”. Su narrativa se presenta como una vida sencilla, pero está sostenida por una estructura económica privilegiada: su esposo es empresario y heredero de una fortuna considerable, lo que permite que la domesticidad se convierta en un producto aspiracional.
Este punto es clave: la estética tradwife no solo promueve roles de género tradicionales, sino que los envuelve en un estilo de vida aspiracional que oculta las desigualdades estructurales. La domesticidad se convierte en lujo, no en realidad cotidiana.
Como advierte Aimée Vega Montiel (2024), “la estética tradwife es la actualización de un mecanismo histórico de subordinación que hoy se disfraza de libre elección para vender dependencia”. La estrategia es clara: primero la estética, luego la ideología.
Fantasía económica frente a realidad en México
La narrativa tradwife se sostiene sobre un ideal económico difícil de replicar en México. En entrevistas recogidas por Excélsior (2023), varias mujeres que intentan adoptar este estilo de vida reconocen que se requiere un ingreso mensual superior a los 30 mil pesos para sostener un hogar con un solo proveedor. Esta cifra contrasta con los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) , que muestran que el ingreso promedio mensual de los hogares mexicanos es de 20,384 pesos (ENIGH, 2022).
Además, el trabajo doméstico y de cuidados —el mismo que estas influencers romantizan—, tiene un valor económico gigantesco. Según el INEGI (2023), estas labores equivalen al 23.9% del Producto Interno Bruto nacional, y 72.6% de ellas son realizadas por mujeres. En términos de tiempo, las mujeres dedican 2.7 veces más horas al trabajo doméstico no remunerado que los hombres (ENUT, 2022).
Respecto a la estructura familiar mexicana, esta también contradice el ideal de “familia tradicional” que promueven estas influencers. El Censo 2020 reporta que 18% de los hogares son monoparentales, y, en 33 de cada 100 casos, la jefa de familia es una mujer. Esto representa 11.5 millones de hogares liderados por mujeres, cuya existencia desmiente la idea de que la familia nuclear tradicional es la única forma legítima de organización social.
La nueva ola conservadora (tradwives) y la nostalgia como herramienta política
No es aislada la tendencia tradwife: forma parte de una nueva ola conservadora que busca reinstalar jerarquías de género bajo la narrativa de “volver a lo natural”. En varios países, estos discursos se articulan con movimientos antiaborto, campañas contra la educación sexual, iniciativas para restringir derechos reproductivos y propuestas de “voto familiar” donde el jefe del hogar decide por todos.
En México, estas narrativas encuentran eco en sectores que cuestionan la educación sexual integral, la paridad política y la autonomía reproductiva.
La nostalgia es su arma principal, la cual idealiza una época donde las mujeres “eran felices en el hogar”, ignorando que ese periodo estuvo marcado por la ausencia de derechos laborales, falta de protección contra la violencia, prohibición del voto femenino, dependencia económica obligatoria, entre muchos otros.

Las nuevas formas de comunicar: de Hollywood y las telenovelas a las redes sociales
Es importante puntualizar que la tendencia tradwife no surge en el vacío, más bien forma parte de una larga historia de producción cultural aspiracionista, donde los medios de comunicación han moldeado imaginarios sociales, estilos de vida y modelos de comportamiento. A lo largo del tiempo, distintas industrias han impuesto —de manera sutil o explícita— ideologías sobre la familia, el éxito, la feminidad y el rol social de las mujeres. Lo que hoy vemos en TikTok o Instagram es la evolución de un proceso que comenzó hace más de un siglo.
Desde sus inicios, Hollywood ha sido una maquinaria de aspiraciones. Durante el siglo XX, el cine estadounidense construyó modelos de feminidad que se replicaron globalmente: el ama de casa perfecta de los años cincuenta, la mujer sacrificada por amor, la madre abnegada, la esposa que sostiene emocionalmente al héroe masculino. Películas como The Stepford Wives (1975), Gone with the Wind (1939) o Father of the Bride (1950) reforzaron la idea de que la plenitud femenina se encontraba en el matrimonio, la maternidad y la domesticidad.
Incluso cuando Hollywood mostraba mujeres “fuertes”, estas solían estar inscritas en narrativas donde su valor dependía de su relación con los hombres o de su capacidad para sostener la familia. La industria no solo entretenía: educaba emocionalmente a las audiencias, moldeando expectativas sobre cómo debía ser una “buena mujer”.
En México y América Latina, las telenovelas cumplieron un papel similar. Durante décadas, producciones como Cuna de Lobos, María la del Barrio o Rosa Salvaje transmitieron modelos aspiracionales donde: la mujer “buena” era sacrificada, paciente y abnegada; la felicidad dependía del matrimonio; la movilidad social se lograba a través del amor romántico; la maternidad era destino inevitable y la belleza y la juventud eran capital social.
Funcionaron las telenovelas como manuales emocionales que enseñaron a millones de personas cómo amar, cómo sufrir, cómo perdonar y cómo “ser mujer”; su impacto fue tan profundo que, durante décadas, moldearon imaginarios colectivos más que cualquier política pública.
Hoy, ese papel lo cumplen las redes sociales. Plataformas como TikTok, Instagram y YouTube han democratizado la producción de contenido, pero también han multiplicado la capacidad de imponer modelos aspiracionales; la diferencia es que ahora los mensajes son constantes, los algoritmos amplifican lo que genera deseo, la estética se convierte en ideología y la vida cotidiana se vuelve mercancía.
Influencers como Ballerina Farm, Estee Williams, Mrs. Midwest o Nara Smith no solo muestran recetas o rutinas, sino que construyen mundos aspiracionales donde la domesticidad es sinónimo de éxito, la obediencia marital es virtud y la maternidad múltiple es símbolo de plenitud.
La estética tradwife es heredera directa de esta tradición que utiliza la belleza, la nostalgia y la domesticidad para reinstalar jerarquías de género en un contexto donde las mujeres han conquistado derechos que antes eran impensables.
Esos derechos conquistados por las mujeres
Frente a discursos que buscan retroceder décadas, es fundamental recordar los derechos que los movimientos de mujeres han conquistado en México: avances que no son concesiones, sino logros históricos que han ampliado la libertad, la autonomía y la capacidad de decisión de millones de mujeres.
Entre los más importantes destacan:
Derecho al voto (1953): resultado de décadas de activismo. Hoy las mujeres entre 25 y 49 años son el grupo con mayor participación electoral (INEGI, 2024).
Acceso a educación y trabajo remunerado: la matrícula femenina en educación superior supera el 52% (ANUIES, 2023).
Reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados: el INEGI lo cuantifica como parte esencial de la economía nacional.
Derechos reproductivos y autonomía corporal: acceso a anticoncepción, educación sexual y despenalización del aborto en varias entidades.
Protección contra la violencia: Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (2007) y protocolos contra el feminicidio.
Participación política y paridad: México es uno de los países con mayor representación femenina en congresos (INEGI, 2023).
Estos derechos han transformado la vida pública y privada de las mujeres, permitiendo que participen en espacios históricamente vedados y ejerzan su autonomía en múltiples ámbitos.
Entre la estética y la disputa por la igualdad
Las tradwives no son solo una tendencia estética, representan parte de un proyecto cultural que busca redefinir la libertad femenina como retorno a la dependencia; sus videos, envueltos en estética vintage y domesticidad idealizada, ocultan las desigualdades estructurales que enfrentan las mujeres en México y los derechos que han conquistado a lo largo de décadas.
Resulta crucial en el contexto actual, dominado por la cultura digital y con gran influencia en la opinión pública, que instituciones, medios y ciudadanía reconozcan que la igualdad no es una moda, sino un principio constitucional y un logro histórico que debe protegerse frente a narrativas que buscan retroceder el reloj de los derechos.
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