Por Luz Elena Pereyra Rodríguez
El fenómeno del K-pop es un claro ejemplo del funcionamiento de la industria cultural. Las juventudes son, en gran parte, el objetivo de los nuevos modelos de producción.
La geopolítica en ritmo pop. K-pop: una estrategia global de Corea del Sur, artículo de Edith Chávez y Jessica Chaparro, en este mismo espacio, abre una discusión que trasciende el entretenimiento juvenil y permite profundizar en un fenómeno mucho más complejo: la capacidad de las industrias culturales para moldear imaginarios, patrones de consumo e identidades colectivas a escala global.
Durante años el entretenimiento dirigido a las y los jóvenes fue percibido como una moda adolescente y, hoy por hoy, representa una de las expresiones más sofisticadas del llamado soft power o poder suave. Corea del Sur comprendió algo fundamental para el siglo XXI: la influencia internacional ya no depende únicamente de la economía o de la fuerza militar, sino también de la capacidad de conquistar emocional y simbólicamente a millones de personas a través de la cultura.
El éxito planetario de agrupaciones como BTS o BLACKPINK, así como de series como Squid Game, no es producto de la espontaneidad, existe detrás una estrategia de Estado construida desde finales de los años noventa para convertir las industrias creativas en activos estratégicos nacionales. Sí: música, cine, gastronomía, moda y plataformas audiovisuales forman parte de una arquitectura cultural diseñada para posicionarse globalmente a Corea del Sur.
Sin embargo, el fenómeno adquiere una dimensión particularmente relevante cuando se observa desde América Latina y, sobre todo, desde las transformaciones culturales que atraviesan las juventudes contemporáneas, donde el debate deja de ser exclusivamente económico para convertirse también en un asunto sociológico, cultural y político.
Desde hace décadas, autores como Theodor Adorno y Max Horkheimer advertían que la industria cultural no solo produce entretenimiento, sino también formas estandarizadas de pensar, sentir y consumir. La cultura convertida en mercancía tiende a generar modelos aspiracionales que millones de personas terminan reproduciendo de manera cotidiana.
Hoy ese fenómeno opera con una intensidad inédita llevando a las juventudes a ya no consumir únicamente canciones o series, adquieren estilos de vida completos; y como ejemplo obsérvese cómo el K-pop y las llamadas K-dramas —series coreanas de enorme popularidad mundial— influyen en formas de vestir, hablar, relacionarse, entender la belleza, expresar emociones e incluso imaginar el éxito personal.
Lejos de representar un fenómeno aislado, el K-pop forma parte de una larga evolución de las industrias culturales contemporáneas y de su capacidad para influir en comportamientos, sensibilidades y formas de consumo simbólico que, durante décadas, distintos productos culturales —desde el cine hollywoodense hasta las telenovelas latinoamericanas, el pop anglosajón o posteriormente las plataformas de streaming— participaron activamente en la construcción de imaginarios sociales y modelos aspiracionales.
Pero, precisamente, la diferencia contemporánea radica en la sofisticación tecnológica y algorítmica con la que hoy circulan esos contenidos. TikTok, Netflix, Spotify o YouTube ya no funcionan solamente como medios de distribución; operan como estructuras capaces de organizar sensibilidades colectivas mediante algoritmos que viralizan tendencias, emociones y referentes culturales que colocan al entretenimiento en una sofisticada forma de pedagogía cotidiana.
La música, las series o los influencers dejan entonces de ser únicamente expresiones artísticas para convertirse también en mecanismos de producción simbólica, apoyada en las plataformas digitales que operan como entornos de socialización capaces de orientar preferencias culturales, tendencias estéticas y formas de reconocimiento colectivo a escala global.
El fenómeno resulta particularmente visible entre las juventudes, cuyo escenario les ofrece la convivencia exacta para la apropiación de estilos de vestimenta, patrones lingüísticos, referentes emocionales o modelos de belleza vinculados al K-pop y a las K-dramas que, en su conjunto se esgrimen reflejando cómo el consumo cultural participa activamente en la configuración de identidades contemporáneas.

Dicho proceso también abre una discusión relevante sobre las identidades culturales en contextos locales y nacionales, porque si bien la expansión de industrias culturales globales no implica necesariamente la desaparición de las culturas propias, sí pareciera generar procesos de desplazamiento simbólico donde referencias externas adquieren mayor centralidad que las experiencias comunitarias inmediatas.
Son las juventudes contemporáneas las que construyen parte importante de sus formas de pertenencia en entornos digitales transnacionales, en consecuencia, prácticas culturales, expresiones lingüísticas, modelos estéticos o imaginarios afectivos circulan globalmente con una intensidad que muchas veces reduce la presencia de referentes históricos, regionales o comunitarios en la vida cotidiana.
Resulta particularmente significativo en América Latina este fenómeno, tratándose de una región históricamente atravesada por procesos de dependencia cultural y mediática, lo que lleva a asegurar que la cuestión de fondo no consiste en rechazar el intercambio cultural global, sino en preguntarse qué capacidad conservan las sociedades para producir y sostener narrativas propias frente al enorme poder de las industrias culturales transnacionales.
En otras palabras, el debate no pasa por oponer lo local a lo global, sino por analizar las condiciones de equilibrio o desequilibrio entre ambos espacios de producción simbólica.
Autores como Pierre Bourdieu señalaron que el consumo también funciona como mecanismo de diferenciación y pertenencia social; por lo que aquello que una persona escucha, viste o consume comunica quién es o quién aspira a ser.
En el caso del fenómeno coreano, la industria cultural produce no solo entretenimiento, sino aspiraciones emocionales y simbólicas profundamente atractivas para las juventudes globales.
Paralelamente, pensadores como Zygmunt Bauman y Jean Baudrillard advirtieron que las sociedades contemporáneas transforman el consumo en eje central de la construcción identitaria, donde consumir ya no responde únicamente a necesidades materiales; implica adquirir símbolos, pertenencias y formas de reconocimiento social.
El fenómeno cultural surcoreano parece confirmar precisamente que la lógica de las industrias culturales globales no venden solamente música o ficción televisiva: venden imaginarios completos sobre belleza, éxito, amor, juventud y reconocimiento social.
Por ello, el debate de fondo no debería centrarse en condenar o celebrar el K-pop, sino en comprender cómo las industrias culturales contemporáneas participan activamente en la configuración de subjetividades colectivas.
Aquí resulta fundamental la consideración que advierte cómo, en el siglo XXI, la disputa por la influencia mundial también se libra en las pantallas, los algoritmos y las emociones; motivo por el cual uno de los mayores desafíos para América Latina consiste en preguntarse si sus propias industrias culturales, educativas y comunitarias poseen todavía la capacidad de dialogar con las nuevas generaciones frente al enorme poder simbólico de los mercados culturales globalizados.
En ese contexto, la discusión de fondo quizá no sea si las juventudes deben o no consumir productos culturales globales, sino qué capacidad conservan las sociedades latinoamericanas para producir referentes culturales propios en un entorno dominado por plataformas transnacionales, algoritmos y mercados simbólicos globalizados.
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