Por Luz Elena Pereyra Rodríguez
Las plataformas digitales no sólo modelan formas de consumo, sino las dinámicas sociales. La industria cultural se ha ajustado a estos cambios.
A efecto de dar continuidad al análisis de ayer, en el artículo titulado “Geopolítica cultural comunicación política y juventudes, Parte I”, recordemos que en esa primera parte la reflexión se centró en la capacidad de las industrias culturales para moldear imaginarios y formas de pertenencia, por lo que en esta última entrega es obligado observar el papel que hoy desempeñan las tecnologías digitales y los algoritmos en la reorganización contemporánea de la experiencia social.
La expansión de plataformas como Tik Tok, Netflix, Spotify, Instagram o YouTube no solo modificó las formas de acceder al entretenimiento, transformó también las dinámicas mediante las cuales las personas construyen identidad, reconocimiento y validación social.
Para el caso de las y los jóvenes, el fenómeno resulta especialmente significativo porque buena parte de sus procesos de socialización ocurre, ahora, dentro de ecosistemas digitales transnacionales.
Obsérvese aquí que la lógica algorítmica reorganiza el consumo cotidiano de información, música, imágenes y narrativas audiovisuales mediante sistemas diseñados para maximizar atención, permanencia e interacción; por lo que el usuario ya no elige únicamente contenidos, los contenidos también aprenden del usuario y comienzan a modelar sus preferencias culturales, emocionales y simbólicas.
Es en este escenario donde el fenómeno K-pop adquiere una dimensión todavía más compleja, debido a que no se trata únicamente de agrupaciones musicales exitosas o de series con altos niveles de audiencia, sino de comunidades digitales globales capaces de producir formas de identificación colectiva que trascienden fronteras nacionales, idiomas o contextos locales.
Resulta, en este marco, que las llamadas comunidades fandom representan quizá una de las expresiones más visibles de esta transformación cultural, donde millones de jóvenes construyen vínculos afectivos, prácticas de consumo y formas de reconocimiento social alrededor de artistas, narrativas audiovisuales o plataformas digitales.
De manera sobresaliente, las identidades contemporáneas comienzan a articularse no solamente desde territorios físicos o experiencias comunitarias tradicionales, sino desde espacios virtuales organizados por afinidades culturales globales.
Autores como Byung-Chul Han advierten, en esta línea de ideas, que las sociedades digitales contemporáneas producen nuevas formas de control y autoexplotación emocional a través de dinámicas de hiperconectividad, exposición permanente y búsqueda constante de validación. El entretenimiento deja así de ser únicamente ocio para convertirse también en un espacio de administración emocional y producción de subjetividades.
Algo similar planteó Guy Debord al señalar que las sociedades contemporáneas terminan organizando la vida colectiva alrededor de imágenes y representaciones espectaculares, motivo por el cual las plataformas digitales no solo distribuyen contenidos: producen escenarios simbólicos donde el reconocimiento social, la pertenencia y el prestigio se encuentran profundamente mediados por el consumo y la visibilidad.
En este punto, el fenómeno también debe observarse desde la perspectiva de la comunicación política contemporánea, tomando en cuenta que las plataformas digitales y las industrias culturales ya no participan únicamente en la circulación de entretenimiento, sino también en la producción de narrativas capaces de influir en percepciones sociales, sensibilidades colectivas y formas de comprensión política de la realidad.

Así, la disputa por la atención se ha convertido en uno de los principales territorios del poder contemporáneo, donde gobiernos, corporaciones, plataformas y actores culturales compiten permanentemente por instalar temas, emociones, referentes e imaginarios dentro del espacio público digital y, en consecuencia, la comunicación política dejó de estructurarse exclusivamente alrededor de discursos institucionales o medios tradicionales y comenzó a desplazarse hacia dinámicas algorítmicas donde el entretenimiento, la emocionalidad y la viralidad poseen una enorme capacidad de influencia.
No resulta casual que fenómenos como el K-pop o las industrias audiovisuales globales participen también en procesos diplomáticos, campañas internacionales de posicionamiento o estrategias de construcción reputacional: lo cual permiten afirmar que la cultura funciona hoy como narrativa política, instrumento de legitimación internacional y mecanismo de influencia simbólica global.
Adquiere este análisis especial relevancia en América Latina, donde las brechas económicas y sociales conviven con una integración digital cada vez más intensa, toda vez que,mientras las plataformas globales amplían horizontes culturales y conectan generaciones enteras, también consolidan formas de dependencia tecnológica y simbólica frente a corporaciones transnacionales que concentran la producción y circulación de contenidos.
Como consecuencia, las disputas culturales contemporáneas ya no ocurren exclusivamente en los sistemas educativos, los medios tradicionales o las instituciones políticas, se desarrollan en algoritmos, tendencias virales, plataformas de streaming y mercados digitales donde se producen diariamente aspiraciones, sensibilidades, así como referencias identitarias.
Hoy, la velocidad con la que circulan imágenes, discursos y modelos culturales modifica además la relación de las personas con el tiempo, la memoria y la experiencia comunitaria, lo cual resulta de cómo la cultura digital favorece dinámicas de inmediatez y actualización permanente donde lo novedoso desplaza rápidamente lo reflexivo y donde la atención se convierte en uno de los recursos más disputados por el capitalismo contemporáneo.
Sin embargo, reducir el fenómeno a una simple manipulación cultural sería igualmente insuficiente, si se considera que las juventudes no son únicamente receptoras pasivas de contenidos globales; también reinterpretan, resignifican y mezclan referencias culturales diversas en procesos complejos de apropiación simbólica, donde lo global y lo local no funcionan como categorías opuestas, sino como espacios en permanente interacción.
En ese sentido, autores como Néstor García Canclini y Jesús Martín-Barbero resultan fundamentales para comprender cómo las culturas contemporáneas operan mediante procesos de hibridación y mediación cultural, donde las identidades ya no pueden entenderse como estructuras fijas o puras, sino como construcciones dinámicas atravesadas por múltiples influencias globales.
Esta discusión, de fondo, quizá no consista entonces en defender una supuesta autenticidad cultural frente a la globalización, sino en analizar las condiciones de poder, de todo tipo, bajo las cuales circulan los contenidos culturales contemporáneos; porque aunque las plataformas prometen diversidad e interconexión global, no todos los actores participan en igualdad de condiciones dentro del mercado simbólico mundial.
Corea del Sur comprendió estratégicamente (como ocurrió ya en otros espacios, contextos y lugares), que la cultura también representa una forma de influencia internacional; ahora la pregunta pendiente para América Latina y en particular para México sea, quizás, si la región posee todavía la capacidad de construir proyectos culturales propios capaces de dialogar con las nuevas generaciones dentro de un entorno dominado por algoritmos, plataformas digitales y economías globales.
Toda vez que a un cuarto de este siglo XXI, la disputa por el poder también se libra en la capacidad de producir emociones, aspiraciones y relatos colectivos; porque ha de reconocerse que, en ese escenario, la cultura dejó hace tiempo de ser solamente entretenimiento.
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