Saberes de la tierra
Por Ariadna Cantarell
El cuidado de sí o de uno mismo. Desde las sociedades grecolatinas a los antiguos nahuas, las tradiciones han explorado la idea de la procuración de la vida.
En la antigua Grecia, cuidar de uno mismo podía formar parte de la educación de una persona, lo cual no se trataba sólo de atender el cuerpo ni de buscar bienestar, sino que se consideraba la formar de aprender a conducir la propia vida yo esa estructura mental,el ejercicio, la alimentación, la reflexión sobre las propias acciones y la relación con los demás podían formar parte de ese aprendizaje.
Siglos después, para situar la evolución de sentido respecto al cuidado de sí mismo, Michel Foucault recuperaría estas prácticas bajo la expresión “cuidado de sí”, a partir del griego epimeleia heautou, haciendo énfasis en una tradición en la que ocuparse de uno mismo constituía una práctica y no únicamente un sentimiento. (Foucault, 2005).
La expresión amor propio, tal como la utilizamos en la actualidad, reúne preocupaciones distintas: autoestima, aceptación del cuerpo, límites personales, bienestar emocional y formas de autocuidado; la psicología contemporánea ha desarrollado conceptos específicos para estudiar algunas de ellas, pero la preocupación por la manera en que una persona se relaciona consigo misma tiene una historia mucho más extensa.
En sus cursos del Collège de France de 1981-1982 —y posteriormente en sus investigaciones sobre la historia de la sexualidad— Foucault estudió las prácticas mediante las cuales los individuos trabajaban sobre sí mismos en las sociedades grecorromanas; en ese marco, el cuidado de sí incluía ejercicios, atención al cuerpo, examen de las propias acciones y formas de orientar la conducta. No era una invitación a encerrarse en uno mismo: en determinados contextos, ocuparse de la propia formación constituía también una preparación para relacionarse con los demás y participar en la vida pública. (Foucault, 2005).
Resulta importante la diferencia porque el cuidado de sí no equivale al significado contemporáneo de amor propio, ya que en la tradición estudiada por Foucault, la persona debía aprender a gobernar sus deseos, sus hábitos y sus acciones; es decir, se trataba de una práctica que requería conocimiento, disciplina y formación, no solo de una valoración positiva de la propia persona.
Ahora bien, en México encontramos concepciones del cuerpo construidas desde otros principios; entre ellas, Alfredo López Austin dedicó buena parte de su investigación a estudiar cómo los antiguos nahuas entendían el cuerpo humano, sus partes, sus funciones y las entidades que constituían a la persona. En Cuerpo humano e ideología, publicado originalmente en 1980 por el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, reunió y analizó fuentes indígenas y coloniales para reconstruir aquella concepción. (López Austin, 1980).
El cuerpo nahua no aparece en esa documentación como una realidad aislada, como se puede observar en los estudios de López Austin, quien mostró la existencia de relaciones entre las partes corporales, las entidades anímicas, las fuerzas que intervenían en la vida y las condiciones que podían producir enfermedad o equilibrio. La persona formaba parte de un orden mayor y comprender el cuerpo implicaba comprender también las relaciones que lo vinculaban con ese mundo. (López Austin, 1980).
Indudablemente, la medicina formaba parte de ese conocimiento, como aparece reflejado en los textos médicos nahuas , donde se registran plantas, alimentos, procedimientos terapéuticos, diagnósticos y formas de atender diferentes padecimientos. Textos de medicina náhuatl, también estudiado y editado por López Austin, permite observar que el conocimiento sobre el cuerpo estaba acompañado por una extensa experiencia sobre las sustancias, los procedimientos y las circunstancias en las que podían utilizarse. (López Austin, 1993).
Cuidar el cuerpo, en ese contexto, no significaba necesariamente “quererse”, porque la persona podía reconocer un malestar, recurrir a una preparación medicinal, modificar determinados hábitos o acudir a quien poseía conocimientos especializados, pero la práctica del cuidado existía antes de que apareciera el vocabulario contemporáneo con el que ahora la describimos.
Durante los siglos posteriores, las formas de comprender la relación con el cuerpo cambiaron tanto como las ideas sobre belleza, enfermedad, higiene, disciplina y comportamiento. El cuerpo comenzó a ser observado desde nuevas instituciones y conocimientos, mientras las sociedades modernas desarrollaron otras maneras de hablar de la individualidad y de la vida privada.
Hoy, tan solo la psicología contemporánea utiliza términos mucho más precisos para estudiar algunas de estas experiencias. Autoestima, por ejemplo, se refiere a la valoración que una persona hace de sí misma o autocompasión, la cual describe la capacidad de responder con comprensión y amabilidad ante el propio sufrimiento, los errores o las dificultades. (Muris & Otgaar, 2023).

El amor propio, en cambio, pertenece sobre todo al lenguaje cotidiano y reúne distintas maneras de relacionarnos con nosotros mismos; esa relación no ocurre exclusivamente en el interior de una persona, ya que con el tiempo aprende a mirar su cuerpo, a reconocer sus capacidades y también sus limitaciones dentro de una familia, una comunidad y una época determinada. Lo que una sociedad considera saludable, bello, deseable o digno de cuidado cambia con el tiempo, y esas ideas terminan formando parte de la manera en que cada persona se percibe.
Por eso, cuidarse no significa únicamente sentirse bien consigo mismo, puede significar reconocer un malestar y atenderlo, descansar, alimentarse, pedir ayuda, establecer límites o aprender a convivir con aquello que no podemos cambiar. Algunas de estas prácticas pertenecen a la medicina; otras a la vida cotidiana, a los vínculos familiares o a los conocimientos que una comunidad transmite de generación en generación.
En México, esa dimensión comunitaria del cuidado puede observarse todavía en numerosos saberes relacionados con la alimentación, la herbolaria, la partería y las formas tradicionales de atender el cuerpo; son conocimientos que no se construyeron alrededor de la idea contemporánea de amor propio, pero que muestran que el cuidado de la persona siempre ha estado relacionado con una determinada manera de entender la vida y el mundo que la rodea.
Quizá por eso resulte insuficiente pensar el amor propio solamente como una obligación de quererse, es decir, una persona puede atravesar momentos en los que no se siente satisfecha con su cuerpo, comete errores, enfrenta una enfermedad o simplemente no encuentra la manera de responder a lo que le ocurre. El cuidado de sí puede comenzar precisamente ahí, no en una imagen ideal de quién deberíamos ser, sino en el reconocimiento de nuestra propia condición.
La idea contemporánea de amor propio ha incorporado muchas de estas preocupaciones, hablar de límites, descanso, aceptación corporal, salud emocional o capacidad para pedir ayuda forma parte de una conversación que no existía con las mismas palabras en otras épocas; sin embargo, lo nuevo no es la necesidad de cuidarnos; lo nuevo es la manera en que nuestro tiempo ha elegido nombrarla.
Desde la antigua práctica del cuidado de sí hasta las actuales conversaciones sobre autoestima y bienestar, existe una larga transformación en las formas de entender a la persona. Los antiguos nahuas explicaron el cuerpo dentro de un orden donde enfermedad, equilibrio, fuerzas y comunidad estaban relacionados.
Las sociedades posteriores construyeron otras formas de comprenderlo, así como la psicología contemporánea ha desarrollado conceptos para estudiar algunos de esos procesos y distinguir experiencias que antes podían aparecer reunidas bajo una misma idea. (Muris & Otgaar, 2023).
Amor propio es, finalmente, una expresión de nuestro tiempo que no necesita ser trasladada hacia el pasado para encontrarle profundidad; basta reconocer que detrás de ella permanece una pregunta antigua: cómo cuidar la vida que nos ha sido dada y cómo aprender a habitar nuestro propio cuerpo dentro del mundo que compartimos con los demás.
Tal vez ahí vuelva a encontrarse el sentido más profundo del cuidado de sí: en aprender a reconocernos como personas que necesitan atención, descanso, conocimiento, vínculos y cuidado; entonces, el amor propio puede ser entonces menos una consigna y más una práctica: conocernos, atendernos y reconocer que nuestra vida también merece ser cuidada.
Fuentes de consulta
- Foucault, M. (2002). La hermenéutica del sujeto: Curso en el Collège de France (1981-1982) (H. Pons, Trad.). Fondo de Cultura Económica.
- López Austin, A. (1980). Cuerpo humano e ideología: Las concepciones de los antiguos nahuas (2 vols.). Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Antropológicas.
- López Austin, A. (1993). Textos de medicina náhuatl (4.ª ed.). Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas.
- Muris, P., & Otgaar, H. (2023). Self-esteem and self-compassion: A narrative review and meta-analysis on their links to psychological problems and well-being. Psychology Research and Behavior Management, 16, 2961–2975. https://doi.org/10.2147/PRBM.S402455

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