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Convivencia híbrida: jóvenes renegociando su relación con la tecnología

La relación de las nuevas generaciones con el entorno digital y la tecnología se está modificando. El agotamiento acerca a los más jóvenes a viejas prácticas.

Por Ariadna Cantarell

La relación de las nuevas generaciones con el entorno digital y la tecnología se está modificando. El agotamiento acerca a los más jóvenes a viejas prácticas.

Hay una escena que empieza a repetirse con más frecuencia de la que muchos imaginan: jóvenes grabando conciertos con cámaras cyber-shot de principios de los años 2000, usando teléfonos de tapa los fines de semana, comprando vinilos, escribiendo en libretas físicas o asistiendo a cafeterías donde el uso de laptops está restringido.

Acciones de esa naturaleza, a primera vista, podría parecer nostalgia. Sin embargo, salta un detalle importante, y es que gran parte de quienes impulsan estas prácticas nacieron en un entorno completamente digital, por lo que las y los jóvenes ya ubicados en esa manera de proceder no están regresando a algo que vivieron, sino descubriendo y asumiendo algo que no conocieron del todo.

Y eso cambia el sentido de la conversación e intercambio cultural en el mundo de los jóvenes-adultos, porque el fenómeno no parece responder únicamente a nostalgia o estética retro; en muchos casos, se trata de jóvenes que crecieron completamente dentro del ecosistema digital y que, precisamente por eso, empiezan a cuestionar algunas de sus dinámicas como la disponibilidad permanente, la saturación de estímulos, la lógica de consumo inmediato y la necesidad constante de conexión.

Durante años, la narrativa dominante sobre tecnología estuvo asociada a velocidad, automatización y conectividad permanente, por lo que cada nueva plataforma prometía simplificar procesos, reducir tiempos y mantener a las personas disponibles en todo momento; fue en esa lógica que la hiperconectividad dejó de ser una característica para convertirse en condición cotidiana.

Aunque este proceso comenzó a acelerarse desde finales de los años noventa con la expansión del internet doméstico y el acceso masivo a computadoras personales, la transformación más profunda llegó durante la primera década de los 2000 con la masificación de la telefonía móvil y, posteriormente, con la consolidación de los teléfonos inteligentes y las redes sociales.

La aparición de las redes sociales marcó una ruta vertiginosa. Facebook creado en 2004 y abierto al público general en 2006, YouTube lanzado en 2005, Twitter en 2006 e Instagram en 2010. Modificaron así, progresivamente, la manera de consumir contenido, relacionarse, trabajar y permanecer conectados prácticamente todo el tiempo. A ello se sumó la aparición del iPhone en 2007 y la rápida expansión de los smartphones durante la década siguiente, consolidando un ecosistema digital basado en disponibilidad permanente, interacción constante y consumo inmediato de información.

No obstante, empiezan a aparecer signos de desgaste que han sido señalados por diversos estudios y reportes recientes, los cuales muestran un crecimiento sostenido de prácticas asociadas al llamado digital detox (desconexión voluntaria de teléfonos, computadoras y redes sociales por un periodo de tiempo), particularmente entre integrantes de la Generación Z.

Por otro lado, la pandemia terminó por consolidar ese modelo de conexión permanente debido a que el trabajo remoto, las clases en línea y la comunicación mediada por pantallas intensificaron dinámicas de conexión constante que ya venían creciendo desde años atrás. Es precisamente en ese contexto donde comienzan a surgir conversaciones sobre fatiga digital, saturación tecnológica y necesidad de establecer límites frente a un entorno diseñado para mantener la atención continua.

Dadas dichas circunstancias, y de acuerdo con análisis publicados por medios especializados y firmas de tendencias, jóvenes en distintos países están incorporando dinámicas analógicas como parte de una búsqueda de equilibrio frente a la saturación digital, el agotamiento de pantallas y la necesidad de regular los entornos diseñados para mantener el interés permanente.

Dicho fenómeno, es importante aclararlo, no implica un abandono tecnológico, sino algo más complejo. Se trata de una renegociación de la relación con la tecnología, lo que invita a señalar de manera puntual, que uno de los sectores donde esto resulta más visible es el consumo cultural.

Ofrece quizá la industria musical el ejemplo más evidente, ya que mientras las plataformas de streaming continúan dominando el mercado, el vinilo mantiene un crecimiento sostenido a nivel global y, paradójicamente, buena parte de sus consumidores son jóvenes que crecieron escuchando música desde aplicaciones móviles.

Detrás de este fenómeno, la lógica parece ir más allá de la calidad del audio o de la nostalgia estética —si consideramos que escuchar un disco físico implica tiempo, atención y una experiencia menos fragmentada—, donde elegir un álbum y reproducirlo completo introduce un ritmo distinto en un entorno acostumbrado al consumo acelerado.

Algo similar ocurre con la fotografía, en cuyo entorno el regreso de cámaras compactas, Polaroids y dispositivos digitales antiguos no responde únicamente a una moda visual asociada a redes sociales. Representa también una búsqueda de experiencias menos inmediatas y más tangibles, cuyo encuentro contrasta con la lógica infinita de almacenamiento en la nube y donde la fotografía analógica o semianalógica recupera la idea de límite, selección y espera.

La relación de las nuevas generaciones con el entorno digital y la tecnología se está modificando. El agotamiento acerca a los más jóvenes a viejas prácticas.
El uso de dispositivos analógicos es una práctica creciente entre los nativos digitales. Foto: Pexels.

Esa tendencia también empieza a reflejarse en dispositivos personales. Por ejemplo, si observamos el auge de los llamados dumb phones —teléfonos con funciones limitadas, sin acceso pleno a aplicaciones o redes sociales—, el cual se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de este cambio cultural. El dato resulta particularmente interesante porque proviene de una generación que prácticamente nunca vivió sin smartphones.

Sin embargo, en muchos casos el objetivo no es reemplazar completamente el teléfono inteligente, sino establecer límites temporales a la disponibilidad constante; tan es así que algunos usuarios utilizan dispositivos básicos durante fines de semana, vacaciones o espacios específicos donde buscan reducir notificaciones, algoritmos y estímulos permanentes.

Más que desconexión total, lo que empieza a emerger es un modelo de convivencia híbrida. Quizás ahí está el punto más importante del fenómeno. Hasta ahora no existe evidencia seria que apunte a un abandono del ecosistema digital por parte de las nuevas generaciones; de hecho, ocurre exactamente lo contrario. Diversos estudios muestran que nunca antes una generación había dependido tanto de plataformas digitales para estudiar, trabajar, socializar, consumir contenido e incluso informarse.

De acuerdo con el más reciente informe del Pew Research Center, prácticamente la totalidad de adolescentes en Estados Unidos utiliza internet diariamente y cerca de la mitad reconocen estar conectados “casi constantemente”. Asimismo, el contexto mexicano no resulta ajeno a esta dinámica. Datos del estudio Hábitos de usuarios de internet en México 2024, indican que 84% de la población mayor de seis años en el país utiliza internet y que el teléfono móvil se ha consolidado como el principal dispositivo de conexión cotidiana. En paralelo, México superó los 90 millones de usuarios de redes sociales y registra más de 125 millones de conexiones móviles activas, una cifra que refleja el nivel de penetración digital alcanzado en el país.

Ahora bien, lo que sí parece estar ocurriendo es una creciente conciencia sobre el costo de esa hiperconectividad, toda vez que reportes recientes sobre bienestar digital muestran que integrantes de la Generación Z asocian cada vez más el uso excesivo de pantallas con agotamiento mental, ansiedad, problemas de concentración y dificultades para desconectarse.

Es así que, prácticas como el digital detox, el uso temporal de dispositivos menos invasivos o la recuperación de dinámicas analógicas comienzan a aparecer menos como un rechazo tecnológico y más como un intento de establecer límites frente a un entorno de hiperconectividad.

Prácticas analógicas como escribir a mano, escuchar música en formatos físicos o reducir temporalmente el acceso a redes empiezan a funcionar como mecanismos de regulación personal.

Este fenómeno también abre una discusión más amplia sobre la propia industria tecnológica, el cual se orienta a mostrar cómo, durante más de una década, gran parte del ecosistema digital operó bajo un modelo económico basado en maximizar permanencia, atención e interacción, donde las plataformas compiten por tiempo de pantalla; los algoritmos son diseñados para extender consumo y las notificaciones funcionan como mecanismos constantes de reenganche.

Lo anterior plantea una pregunta inevitable: ¿la industria tecnológica realmente permitirá una relación más equilibrada con la tecnología cuando buena parte de su modelo económico depende exactamente de lo contrario?

No resulta menor esta interrogante. Es más, algunas compañías empiezan a incorporar herramientas de bienestar digital, modos de concentración o límites de uso. Aunque el debate de fondo sigue abierto: ¿hasta qué punto las plataformas pueden promover desconexión sin afectar sus propios modelos de negocio?

Particularmente en México, el fenómeno empieza a observarse de forma cada vez más visible haciendo evidente que el crecimiento de bazares vintage, tiendas de vinilos, comunidades de fotografía analógica y espacios orientados al slow living convive con un país profundamente hiperconectado, donde el teléfono móvil se ha convertido en herramienta central de trabajo, estudio, entretenimiento y socialización.

La convivencia de ambos procesos resulta reveladora. Mientras la digitalización avanza, también crece la necesidad de establecer límites frente a ella.

Y quizá eso explica porque el regreso parcial a lo analógico no parece una simple moda pasajera, porque más que un rechazo tecnológico, podría tratarse de uno de los primeros intentos generacionales por construir una relación distinta con un ecosistema digital que hasta ahora había impuesto sus propias reglas.

Al final, el verdadero debate no es si las personas dejarán de usar tecnología. Eso está lejos de ocurrir.

La discusión de fondo estriba en poder asegurar si todavía es posible recuperar espacios donde la atención, el tiempo y la experiencia humana no estén completamente mediados por una pantalla o un algoritmo y ésta, es una conversación que apenas comienza.

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