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Ser culto: ¿qué significa en el siglo XXI?

Diversidad de personas

Por Stephanie Ramírez

Hubo un tiempo en que identificar a una persona culta parecía relativamente sencillo y acababa siendo simplista referirse a ella, pues se le identificaba como esa persona que había leído a Cervantes, citaba a Octavio Paz sin titubear, distinguía a Mozart de Beethoven en los primeros compases y, de alguna manera misteriosa, siempre sabía con exactitud cuándo usar palabras como “dialéctica”, “hegemónico” o “posmodernidad” sin sonar ridícula. La cultura, en ese modelo, estaba asociada con la acumulación de conocimiento, referencias y obras consideradas indispensables para formar parte del canon intelectual.

Durante buena parte del siglo XX, esa idea resultó funcional porque el acceso al conocimiento estaba mediado por instituciones relativamente claras: la escuela, la universidad, las bibliotecas, los periódicos, las editoriales, la crítica especializada; por lo que en términos prácticos volverse culto implicaba recorrer un camino estructurado de formación y apropiación de saberes en un espacio en el que existían jerarquías culturales más o menos estables y también acuerdos sociales sobre qué debía leerse, escucharse, estudiarse o admirarse.

Ese modelo se fracturó con la revolución digital, porque la humanidad produce hoy más información de la que cualquier generación anterior pudo imaginar y sólo por ayudar al pensamiento, según el portal alemán Statista, se estima que el volumen global de datos superó los 140 zettabytes en 2024 y continúa creciendo de manera exponencial.

Se suma a lo anterior que, de acuerdo con la biblioteca de referencia en línea DataReportal, el usuario promedio de internet pasa más de seis horas diarias conectado, expuesto a flujos constantes de contenido, estímulos y narrativas; aquí el problema central del siglo XXI ya no es la escasez de información, sino todo lo contrario, es el exceso. Ese modelo se fracturó con la revolución digital, porque la humanidad produce hoy más información de la que cualquier generación anterior pudo imaginar y, sólo por dimensionar el fenómeno, según el portal alemán Statista, se estima que el volumen global de datos superó los 140 zettabytes en 2024 y continúa creciendo de manera exponencial.

Se suma a lo anterior que, de acuerdo con la biblioteca de referencia en línea DataReportal, el usuario promedio de internet pasa más de seis horas diarias conectado, expuesto a flujos constantes de contenido, estímulos y narrativas; aquí, el problema central del siglo XXI ya no es la escasez de información, sino todo lo contrario: es el exceso.

¿Por qué acumular información ya no resulta suficiente para entender el mundo?

En América Latina, este fenómeno adquiere características propias al observar los datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que nos pone en contexto al asegurar que más de 540 millones de personas en la región cuentan hoy con acceso a internet, lo que representa una penetración superior al 80% de la población, impulsada en particular por el uso de teléfonos inteligentes y redes móviles; no obstante, esa expansión tecnológica no ha eliminado brechas estructurales relacionadas con desigualdad educativa, alfabetización digital y calidad del acceso, lo que significa que conectarse no necesariamente equivale a comprender mejor el mundo informativo.

México refleja con claridad esa transición, pues basta también con ver los datos de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), que aseguran que más de 100 millones de personas usan internet en el país, lo cual equivale a más del 83% de la población de seis años o más.

Indudablemente el teléfono celular se consolidó como la principal puerta de entrada al mundo digital, transformando de manera radical la forma en que los mexicanos consumen noticias, cultura, entretenimiento y conocimiento. Esto significa que el acceso a la información dejó de ser el principal desafío; el reto actual radica en desarrollar criterio para filtrar, jerarquizar e interpretar el enorme volumen de contenido que circula todos los días.

Ese cambio alteró de manera profunda el significado social de la cultura, pues antes, el prestigio intelectual descansaba en saber cosas que no estaban al alcance de todos, mientras que hoy prácticamente cualquier dato está a segundos de distancia, como la fecha de nacimiento de un filósofo, la trama de una novela rusa, la teoría de un sociólogo o la discografía completa de una banda que pueden consultarse en segundos desde un teléfono. Sí, en resumen, el acceso dejó de ser el filtro.

Por eso, en el siglo XXI, ser culto ya no consiste en saber más datos que los demás, sino en algo bastante más difícil: desarrollar criterio, lo que implica que la diferencia entre información y cultura se volvió decisiva; porque tener acceso a miles de libros no convierte a nadie en lector, de la misma manera que escuchar podcasts de divulgación no equivale a comprender una disciplina. Consumir videos breves de historia, filosofía o ciencia tampoco garantiza pensamiento crítico, simplemente porque la cultura dejó de medirse por cantidad de contenido consumido y empezó a medirse por capacidad de interpretación.

Foto: Pinterest “The Obvious Unseen”

Ese punto resulta central porque internet democratizó el acceso al conocimiento, pero también democratizó la desinformación, la superficialidad y la opinión instantánea. Nunca había sido tan fácil parecer culto. Y nunca había sido tan difícil serlo de verdad.

Fue así como las redes sociales intensificaron este fenómeno y plataformas como TikTok, Instagram o X favorecen velocidad, síntesis extrema y reacción inmediata, pero el algoritmo recompensa lo que genera atención, no necesariamente lo que produce comprensión; luego entonces, en ese entorno, el conocimiento compite con entretenimiento, propaganda, desinformación y contenido diseñado para maximizar permanencia en pantalla, lo que se sintetiza en que la economía digital no premia profundidad, premia retención; lo cual transforma incluso nuestra relación con la lectura.

De acuerdo con el estudio de la consultoría inglesa BOP Consulting encargado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), los hábitos culturales globales muestran una migración sostenida hacia consumos fragmentados, móviles y simultáneos; lo cual significa que leer un libro completo, sostener una conversación larga o seguir un argumento complejo exige hoy una disciplina cognitiva mayor que hace veinte años: la atención se convirtió en uno de los recursos más disputados del planeta.

Hay que apuntarlo, aquí aparece una de las grandes redefiniciones culturales de nuestra época, donde ser culto ya no significa únicamente acumular referencias de alta cultura, implica poder navegar de manera crítica entre culturas múltiples y simultáneas.

Una persona culta en 2026 puede conocer a Cervantes y también entender el impacto cultural de un meme; tiene habilidades para apreciar a Mozart y al mismo tiempo analizar cómo el reguetón reconfiguró narrativas de clase, género e identidad en América Latina; tiene talento para leer un ensayo filosófico y también reconocer cómo opera la construcción simbólica en el lenguaje digital.

Eso no significa que todo valga lo mismo, más bien, nos coloca en el reconocimiento de algo más sofisticado: el canon se amplió, pero la exigencia intelectual no desapareció, aumentó, porque ser culto hoy exige establecer relaciones entre mundos aparentemente desconectados, distinguir entre popularidad y relevancia, entre viralidad y valor, entre información y conocimiento. Exige reconocer contexto histórico, identificar sesgos, entender estructuras de poder y detectar cuándo una narrativa simplifica de forma engañosa una realidad compleja.

Pierre Bourdieu explicó que el capital cultural funciona como una forma de poder simbólico y esa idea sigue vigente, aunque transformada, y basta con darnos cuenta de que el capital cultural del siglo XXI ya no depende exclusivamente de dominar códigos de élite, sino de algo más complejo: la capacidad de moverse entre distintos códigos culturales sin perder profundidad analítica.

Ese matiz importa especialmente en América Latina, pues durante décadas, ser culto también implicó reproducir una visión de profundidad eurocéntrica respecto al conocimiento, donde el prestigio cultural parecía validarse en particular a través de referencias europeas o anglosajonas. Ese paradigma también se está erosionando, gracias a que hoy una comprensión sólida del mundo exige incorporar saberes locales, memoria histórica, cultura popular y expresiones contemporáneas que antes quedaban fuera del radar intelectual.

En ese sentido, la cultura dejó de ser una credencial de prestigio social para convertirse en una herramienta de interpretación; cambio que explica la razón por la cual la figura de la persona culta también está mutando.

Ya no impresiona quien memoriza datos como una enciclopedia humana, sobresalta quien puede conectar ideas, desmontar lugares comunes, reconocer matices y sostener pensamiento propio en medio del ruido. Sin duda, en el siglo XXI, comprender se ha vuelto una de las formas más sofisticadas de resistencia intelectual.

Foto: Pinterest Marcos Ayala

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