Por Stephanie Ramírez
Hay fechas que adquieren significado por los acontecimientos que concentran, una de ellas permanece en el recuerdo compartido en México, el 19 de septiembre, porque dejó de ser una fecha cualquiera después de 1985 y terminó convertida en un punto excepcional de la memoria nacional cuando, 32 años después, volvió a ocurrir un sismo destructivo y, cinco años más tarde, en 2022, la tierra volvió a sacudirse ese mismo día.

Los tres movimientos fueron distintos, el de 1985 tuvo una magnitud de 8.1 grados y ocurrió frente a las costas de Michoacán; el de 2017 alcanzó los 7.1 y tuvo su epicentro en Puebla; el de 2022 fue de 7.7 grados, nuevamente frente a Michoacán. Sus características tectónicas, profundidades, distancias respecto de la Ciudad de México y efectos fueron diferentes; la fecha es prácticamente el único elemento común, ahí se impone la estadística.
En 2022, el investigador de la UNAM José Luis Mateos Trigos calculó, bajo un supuesto específico —que ocurriera un sismo de magnitud 7 o mayor en cada uno de esos años y que la fecha pudiera ser cualquiera de los 365 días—, una probabilidad aproximada de 0.000002% para que los tres coincidieran precisamente el 19 de septiembre. El cálculo sirve para dimensionar lo inusual de la coincidencia, pero no significa que exista una probabilidad universal de que “vuelva a temblar” ese día.
Septiembre: entre la estadística y la memoria colectiva
Distinguir esa diferencia es importante, porque una coincidencia estadísticamente improbable no constituye una relación causal; al respecto el Servicio Sismológico Nacional ha sido contundente: no existe evidencia científica que vincule la ocurrencia de estos terremotos con el calendario y los sismos no pueden predecirse de esa manera.
Sin embargo, reducir la historia a una simple curiosidad estadística también sería insuficiente, por la simple y sencilla razón de que el 19 de septiembre tiene una fuerza social que ninguna cifra puede medir por completo; la fecha concentra memoria, duelo, simulacros, protocolos de protección civil y una conciencia colectiva construida a partir de tres experiencias sísmicas extraordinarias.
Quizá esa sea la lectura más útil de esta coincidencia: la estadística puede explicar qué tan improbable resulta el encuentro de tres acontecimientos en una misma fecha; la historia explica por qué esa fecha significa tanto para millones de mexicanos.
México seguirá siendo un país sísmico, indudablemente, no obstante, no es posible predecir qué día ocurrirá el próximo gran movimiento ni dónde estará su epicentro; lo que sí sabemos es que la prevención, los reglamentos de construcción, la preparación y la capacidad de respuesta son herramientas concretas frente a un fenómeno que la ciencia todavía no puede predecir.

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