Ciencia

La neurociencia detrás del placer sexual

Por Citlalli Maza

El redescubrimiento del placer es clave para fomentar el bienestar emocional y físico, según lo que plantea la neurocientífica y terapeuta sexual Nan Wise, en su libro Why Good Sex Matters. Con esta afirmación, la autora invita a reflexionar respecto a si: ¿son importantes para las personas aquellas experiencias profundamente placenteras?, ¿son priorizadas de forma activa o sólo valoradas cuando ocurren? Si la respuesta es afirmativa, la neurociencia tiene una explicación.

comportamiento y placer sexual
Foto: Q000024 en PxHere

En neurobiología existe un concepto clave denominado “sistema de recompensa”, la cual refiere una red compleja de estructuras cerebrales y de neurotransmisores encargados de reforzar las conductas esenciales para la supervivencia y el bienestar, como la alimentación, la reproducción y las interacciones sociales (Mónica et al., 2010). De acuerdo con Hernández-Serrano & León (2017), este recurso responde tanto a reforzadores naturales –por ejemplo, la conducta sexual y la alimentación–, como a reforzadores artificiales, entre las que se encuentran las sustancias psicoactivas. 

La vía de recompensa más relevante es el sistema dopaminérgico mesolímbico (también conocido como VTA-NAc). Este circuito comprende neuronas dopaminérgicas en el área tegmental ventral (VTA), que se proyectan al núcleo accumbens (NAc). Dicho circuito, altamente complejo, se conecta con áreas clave como la corteza prefrontal (PFC), la amígdala y el hipocampo (Russo & Nestler, 2013). Cuando una persona experimenta una actividad gratificante, como el placer, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que genera sensaciones de placer, motivación y deseo. 

En este contexto, es importante distinguir entre el comportamiento y el placer sexual. Según Santos & Stepleman (2007), el comportamiento sexual se refiere a actos de intimidad física consensuada que puede tener distintos fines: reproducción, disfrute o expresión afectiva. Estos pueden ocurrir a solas, en pareja o en grupo. En contraste, el placer sexual se define como la sensación subjetiva de satisfacción, goce o bienestar que se experimenta durante la actividad sexual. Masters & Johnson (1966) proponen que este último se divide en cuatro fases: excitación (deseo emocional, excitación genital), meseta (actividad sexual física y excitación corporal y genital), orgasmo y fase de refracción.

El placer puede ser inducido por estímulos externos, como el tacto, la visión, el olor, el sonido o las representaciones mentales. Por ejemplo, considérese el tacto o las caricias: aunque no siempre tienen una intención sexual, pueden activar señales mecánicas que son procesadas por las neuronas sensoriales de la piel. La percepción sensorial depende de conjuntos neuronales especializados, que brindan especificidad: por ejemplo, el tacto discriminativo permite detectar las texturas con las yemas de los dedos, mientras que el tacto afiliativo, como el de un abrazo, promueve la cercanía emocional (Elias et al., 2023). 

Además de los estímulos sensoriales, existen diversas sustancias neuroquímicas que participan activamente en la regulación de la respuesta sexual. Una de las más destacadas es la dopamina (DA), clave en la motivación y estimulación del deseo (Georgiadis et al., 2012). Sin embargo, no es la única involucrada, otras moléculas también intervienen.

Las endorfinas, por ejemplo, están asociadas con la sensación de placer, bienestar y recompensa. La norepinefrina (NE) cumple un rol fundamental en la excitación fisiológica, ya que este neurotransmisor activa el sistema nervioso simpático. Por su parte, la oxitocina (OT), comúnmente llamada la “hormona del vínculo”, no sólo fortalece los lazos de confianza y satisfacción sexual, sino que facilita las respuestas orgásmicas y contribuye a la percepción del placer social y erótico. 

Es precisamente la interacción entre el conjunto de moléculas y estímulos sensoriales, junto con factores psicológicos, los que determinarán la forma en cómo se percibe el placer, cuyos patrones varían ampliamente entre individuos. Esta variabilidad implica que no todas las personas experimentan el placer de la misma manera. Esto se debe a que existe un conjunto de cambios psicológicos, neurofisiológicos, vasculares y hormonales que acompañan a la realización de actos sexuales, denominado: la respuesta sexual. Además, la líbido juega un papel importante en el estado mental de atención hacia los estímulos eróticos y la motivación para responder a ellos en búsqueda de la gratificación. 

Estudios recientes han evidenciado diferencias significativas entre la respuesta sexual de hombres y mujeres. Por ejemplo, las mujeres suelen alcanzar el orgasmo con mayor facilidad mediante la estimulación del clítoris, más que por penetración vaginal (Lloyd, 2005). De igual manera, según Mah y Binik (2001), es más probable que las mujeres mantengan el estado de excitación incluso después del orgasmo, a diferencia de los hombres. Como se mostró en estos ejemplos, el interés de comprender cómo funciona la sexualidad y el placer humano, no es reciente, durante décadas se ha intentado desentrañar los mecanismos que subyacen a la gratificación sexual. 

Así como lo señala Nan Wise en su obra publicada en 2020, diversos científicos han abordado temas relacionados con la sexualidad. Por ejemplo, en 1948, el biólogo Alfred Kinsey, presentó su primer informe sobre las prácticas sexuales humanas, Sexual Behavior in the Human Male, y para el 1953 publicó Sexual Behavior in the Human Female. En 1966, el ginecólogo William Masters y la psicóloga Virginia Johnson describieron, por primera, vez el ciclo de respuesta sexual. 

Años de investigaciones, ya sea mediante observaciones clínicas o modelos de animales, han contribuido en la comprensión del placer y su impacto en el bienestar humano, dando como resultado valiosa información para el desarrollo de nuevas estrategias farmacéuticas capaces de atender los problemas sexuales o, simplemente, para comprender la complejidad del cerebro humano ante el placer sexual.

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