Por Ricardo Ramírez Posadas
Maru Campos buscó convertirse en la principal voz opositora y terminó atrapada en su propia estrategia.
De manera natural, la política suele explicarse a partir de las confrontaciones visibles, pero los movimientos más eficaces ocurren donde aparentemente no pasa nada y de manera muy semejante el poder también se ejerce decidiendo a quién responder, a quién ignorar y, sobre todo, a quién no conceder el privilegio de convertirse en un adversario nacional.
Los acontecimientos de los últimos meses en torno a la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, ofrecen un caso digno de análisis. Por ello es importante remontarse a cuando todo comenzó: una controversia de enorme trascendencia institucional, cuando la participación de agentes estadounidenses en un operativo realizado en Chihuahua abrió un debate sobre soberanía, cooperación bilateral y los límites de la actuación de agencias extranjeras en territorio mexicano.
Entonces, la presidenta fue categórica: ningún agente de otro país puede realizar operaciones de campo en México fuera de los mecanismos legales establecidos, y anunció reuniones con el gobierno estatal para esclarecer los hechos.
Como la coyuntura parecía ideal para Maru Campos, se quiso proyectar como una figura nacional: gobernadora de un estado fronterizo, con una relación histórica con Estados Unidos y perteneciente al partido de oposición con mayor presencia territorial. Tuvo frente a sí la posibilidad de encabezar un debate de alcance nacional, pero optó por la confrontación.
Sus declaraciones escalaron rápidamente hacia un discurso de mayor calado político y el tema dejó de ser solo la coordinación en materia de seguridad para convertirse en una disputa sobre federalismo, soberanía, responsabilidades institucionales y el papel del Gobierno Federal frente a la presencia de agencias estadounidenses. Conforme avanzó la polémica, la gobernadora también dirigió críticas a la Presidencia y exigió respuestas sobre otros casos relacionados con la relación bilateral.
Aquí, de inmediato, lo interesante no fue la respuesta de Maru Campos, más bien lo verdaderamente revelador fue la respuesta de Claudia Sheinbaum, quien estratégicamente evitó convertir a la gobernadora en una interlocutora permanente y sólo respondió cuando el tema involucraba facultades constitucionales del Estado mexicano. Bajo esa base, aclaró que no existía una investigación política desde el Ejecutivo contra la mandataria estatal y dejó que las instancias competentes continuaran con los procedimientos correspondientes. Nunca permitió que el debate derivara en un duelo personal entre ambas.
Políticamente, la diferencia de actuación de ambas figuras parece menor, pero en términos políticos resulta decisiva y es importante hacer un rápido recuento sobre figuras del ámbito político que se construyen para contender en procesos de representación pública.
Durante el sexenio anterior se discutió ampliamente la manera en que Andrés Manuel López Obrador administraba la visibilidad de sus adversarios, lo que permitió registrar detalles del caso de Xóchitl Gálvez como uno de los ejemplos más estudiados, debido a que la entonces senadora pasó de ser una figura con presencia legislativa a convertirse en el principal referente opositor después de meses de menciones desde la conferencia matutina.

Para algunos analistas fue una estrategia deliberada; para otros, una consecuencia política no prevista. Sin embargo, lo cierto es que aquella experiencia dejó una lección: el poder también consiste en decidir quién ocupa el centro de la conversación nacional.
Con Maru Campos ocurrió algo distinto, pues mientras la gobernadora intentaba instalar un conflicto permanente con Palacio Nacional, la agenda pública comenzó a desplazarse hacia su propia actuación, dejando la polémica alrededor de la soberanía nacional para incorporar preguntas sobre la conducción política del gobierno estatal, la forma en que se comunicaba la crisis, diversos episodios públicos que alimentaron cuestionamientos sobre su desempeño y la creciente presión institucional derivada del propio caso.
Fue así como la discusión cambió de eje y ese desplazamiento explica buena parte del desenlace que llevó a ver la manera como un liderazgo que pretendió abandonar el ámbito estatal para disputar un espacio nacional, también nacionalizó el costo de sus errores.
En el caso de Maru Campos ocurrió, en muy breve tiempo, que la precisión de los datos, el manejo de las conferencias, la relación con el propio equipo, el control de los mensajes y la capacidad para sostener una narrativa coherente dejaron de ser asuntos administrativos para convertirse en activos o pasivos políticos.
Maru Campos parecía apostar a que la confrontación con la presidenta la convertiría en un referente de la oposición, pero el resultado fue distinto, ya que la conversación pública terminó concentrándose más en sus propias vulnerabilidades políticas que en las del Gobierno Federal; y no porque la Presidencia hubiera desplegado una campaña extraordinaria para desacreditarla, sino porque nunca le concedió el lugar que la gobernadora buscaba ocupar.
En política existe una diferencia fundamental entre tener visibilidad y tener centralidad, pues la primera puede obtenerse mediante la confrontación, mientras la segunda sólo aparece cuando el resto de los actores acepta jugar bajo las reglas que uno propone. Maru Campos consiguió llamar la atención durante algunos días, pero en ningún momento consiguió convertirse en el eje alrededor del cual girara la política nacional.
Esa quizá sea una de las diferencias más interesantes entre el obradorismo y la etapa que hoy encabeza Claudia Sheinbaum; sobre todo si se observa que López Obrador entendió que, en determinadas circunstancias, elevar a un adversario podía formar parte de una estrategia política; en tanto que la presidenta Sheinbaum parece explorar una lógica distinta: administrar con mayor cautela el reconocimiento de quienes buscan convertir la confrontación con la Presidencia en una plataforma de crecimiento.
Si esa lectura es correcta, la principal derrota de Maru Campos no ocurrió en el terreno jurídico ni en el mediático, sino en el terreno simbólico y se espera que atine a descubrir que, en la política contemporánea, el mayor poder no siempre reside en quién responde todos los golpes, sino en quién decide cuáles merecen respuesta y cuáles no alcanzan siquiera la categoría de adversario.
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