Saberes de la tierra
Por Ariadna Cantarell
La memoria de la tradición herbolaria ha logrado mantenerse gracias a diversos escritos que se nutrieron de fuentes orales. Gracias a ello, conceptos como la Toltecáyotl han podido ser estudiados.
México guarda una de las tradiciones herbolarias más vastas de América debido a que plantas, raíces, flores, cortezas, semillas y frutos han formado parte de una manera particular de conocer el mundo durante siglos: observar la naturaleza, reconocer sus ciclos, distinguir especies, saber dónde crecen, qué parte puede utilizarse y cómo preparar cada recurso. Ese conocimiento, que no nació en los libros, se construyó durante generación tras generación en la relación cotidiana entre las personas y su territorio.
Hablar de la herbolaria en México también permite acercarnos a una palabra de la tradición nahua que suele aparecer rodeada de interpretaciones modernas: Toltecáyotl o Toltekayotl, término que merece ser abordado con cierto cuidado porque no designaba originalmente una medicina ni una corriente espiritual como algunas versiones contemporáneas sostienen.
En los textos nahuas estudiados por el historiador Demetrio Sodi Morales, la Toltecáyotl aparece relacionada con el conjunto de las artes y los ideales de los toltecas, el arte y el artista; razón por la cual Tula era presentada como un lugar de origen y creación de las artes.
Esa idea de arte tenía un sentido mucho más amplio de aquel que en la actualidad se le concede a dicha categoría, pues comprendía conocimiento, oficio, habilidad y maestría. Desde esa perspectiva, la extraordinaria herbolaria mesoamericana puede observarse dentro de un universo cultural en el que saber hacer tenía un valor fundamental: reconocer una planta, distinguirla de otra, conocer su momento de recolección, preparar una mezcla y transmitir el procedimiento formaba parte de un conocimiento construido con experiencia y memoria que llevó a que uno de los testimonios más extraordinarios de ese conocimiento quedara escrito en el siglo XVI.
Un libro de plantas nacido en Tlatelolco
En 1552, Martín de la Cruz, médico nahua vinculado con el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, elaboró un tratado sobre plantas medicinales que, tiempo después, fue traducido del náhuatl al latín por Juan Badiano, originario de Xochimilco. El manuscrito llegó a conocerse como Códice de la Cruz-Badiano o Libellus de medicinalibus Indorum herbis.
Considerado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia como el primer herbario ilustrado realizado en el Nuevo Mundo, el Códice reúne recetas y conocimientos sobre plantas utilizadas para atender distintos padecimientos que están complementados por 185 ilustraciones a color. Su recorrido también habla de la historia accidentada de muchos saberes indígenas: salió de México hacia España, pasó después por distintas colecciones europeas y llegó a la Biblioteca Vaticana antes de regresar a México en 1991. Actualmente se encuentra bajo resguardo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.
Más que un catálogo de plantas, el Códice de la Cruz-Badiano permite observar una forma de organizar el conocimiento, dando cuenta que cada planta tenía un nombre, una apariencia reconocible, una parte aprovechable y una manera determinada de preparación; es decir, detrás de cada registro existía una experiencia acumulada.
Por eso resulta significativo que el manuscrito haya sido producido en el contexto del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, lugar donde confluyeron conocimientos indígenas y formas europeas de escritura, clasificación y traducción. El resultado fue un documento que permitió que una parte de la medicina indígena fuera fijada en papel, aunque naturalmente no pudiera contener todo aquello que se transmitía de manera oral.

La herbolaria como memoria del territorio
Esa dimensión extraordinaria de la herbolaria mexicana tampoco puede medirse solo por la cantidad de especies conocidas y, gracias a un artículo publicado en Botanical Sciences en 2024, firmado por Madeleyne Cupido, José Arturo De-Nova y Virginia Gabriela Cilia-López, es conocido que en México se han registrado alrededor de 25 mil especies de plantas vasculares y que entre 3 mil y 5 mil, nativas e introducidas, son utilizadas con fines medicinales.
Los autores explican, además, que los saberes tradicionales constituyen una fuente importante para los estudios etnobotánicos y para la investigación de la biodiversidad medicinal.
Detrás de esas cifras existe una historia mucho más humana, pues conocer una planta implica reconocerla dentro de un paisaje, saber de las regiones donde tiene presencia, en qué temporada, qué aspecto ofrece cuando puede recolectarse y, entre muchas otras cosas, cómo se prepara; todo ello requiere una relación prolongada con el territorio.
Un estudio coordinado por Araceli Guadalupe Mendieta-Vázquez, de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, documentó en 2024 el conocimiento y uso de plantas medicinales en la zona oriente del estado. Publicada en Ecosistemas y Recursos Agropecuarios.
La investigación recurrió a entrevistas, recorridos de campo y colectas botánicas, y logró registrar 54 especies mencionadas por los habitantes, de las cuales 52 pudieron ser identificadas, pertenecientes a 27 familias y 50 géneros. Los resultados muestran que este conocimiento continúa presente en la región, aunque el uso de las plantas medicinales ha disminuido y son las personas de mayor edad quienes recurren a ellas con mayor frecuencia.
Resulta importante considerar que los datos aportados por las diversas investigaciones permiten comprender que la herbolaria no se conserva solamente porque una planta continúe creciendo, necesita que alguien sepa reconocerla, nombrarla, utilizarla y transmitir ese conocimiento y respeto por la tierra y sus aportes.
La Toltecáyotl y el arte de hacer
Demetrio Sodi Morales dedicó un estudio, publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1962, al significado de la palabra Toltecáyotl en las fuentes nahuas y, gracias a ello, su análisis permite acercarse a un concepto vinculado con las artes y con quienes alcanzaban dominio en ellas; por tanto, la palabra remite a una condición de excelencia asociada al saber hacer.
Ese matiz resulta valioso para aproximarnos a la cultura del conocimiento en Mesoamérica, pues el dominio de un oficio suponía aprendizaje, disciplina y reconocimiento social, lo que destaca que la persona que sabía trabajar la piedra, elaborar una pieza, construir, pintar o desarrollar otra actividad especializada poseía un conocimiento que se adquiría y perfeccionaba mediante la práctica.
La herbolaria pertenece así, a otro campo y a otras tradiciones, pero comparte una característica fundamental con ese universo de saberes: el conocimiento tenía una dimensión práctica, porque no bastaba con conocer el nombre de una planta, había que saber qué hacer con ella.
Ahí aparece una diferencia importante frente a nuestra manera contemporánea de imaginar el conocimiento: para aquellas sociedades, saber podía significar también saber hacer y, en esa ruta, la distancia entre conocimiento y práctica era mucho menor.

Quizá por eso resulta tan sugerente observar la herbolaria a través de los documentos que sobrevivieron, porque, por ejemplo, en el Códice de la Cruz-Badiano no encontramos solamente nombres de plantas: encontramos preparaciones, combinaciones y formas concretas de utilizarlas. El conocimiento aparece transformado en práctica y acción y, esa dimensión ha ayudado a comprender la riqueza de una tradición que durante siglos se sostuvo tanto en la memoria como en las manos de quienes la ejercieron.
Del códice al conocimiento contemporáneo
Nuestra humanidad es tan exclusiva que la historia tampoco terminó con los códices: investigaciones etnobotánicas actuales continúan documentando el conocimiento medicinal existente en comunidades de distintas regiones y, al mismo tiempo, la botánica y la química estudian algunas de las especies utilizadas tradicionalmente.
Francisco Javier Luna Vázquez, investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro, publicó en 2026 en la Revista Digital Universitaria de la UNAM una revisión sobre la medicina tradicional mexicana y las plantas medicinales, donde registró que existen más de 3 mil especies vegetales con usos terapéuticos registrados en México y revisa estudios científicos realizados sobre especies como el cuachalalate, la hoja de guayabo, la calderona amarilla, el chicalote y el chilcuague.
Aquí aparece una continuidad interesante entre pasado y presente, donde el conocimiento tradicional puede convertirse en objeto de investigación científica, pero ambos campos tienen preguntas y métodos diferentes: una investigación farmacológica puede estudiar los compuestos de una planta; una investigación etnobotánica puede reconstruir quién la utiliza, cómo la identifica y qué significado tiene dentro de una comunidad. Ahí, las miradas confluyen, por la simple y sencilla razón de que ninguna de esas formas de entender el mundo necesita borrar a la otra.
Y es, sin duda, en la herencia que todavía respira, donde se encuentra una de las mayores riquezas de la herbolaria mexicana.
Una planta medicinal no es solo una especie botánica, puede ser también un nombre aprendido en la infancia, un recorrido por el monte, una conversación entre generaciones, una receta guardada en la memoria o una práctica cotidiana que se adapta a nuevas circunstancias.
Toltecáyotl permite recordar que en las antiguas sociedades nahuas el conocimiento y la maestría tenían una dimensión cultural profunda; la herbolaria, por su parte, muestra de manera concreta lo que puede significar esa relación con el saber: observar, aprender, practicar, perfeccionar y transmitir.
Casi cinco siglos después de que Martín de la Cruz reuniera parte de ese conocimiento en un manuscrito ilustrado, las plantas medicinales continúan apareciendo en mercados, jardines, hogares, investigaciones científicas y estudios etnobotánicos.
La extraordinaria herbolaria mexicana permanece así como una memoria viva del territorio. Su historia está escrita en los códices, pero también en los nombres de las plantas, en las manos que todavía las reconocen y en la capacidad de cada generación para conservar, transformar y volver a contar lo aprendido.
Fuentes de consulta
- Cupido, M., De-Nova, J. A., & Cilia-López, V. G. (2024). Aproximaciones evolutivas en etnobotánica de plantas medicinales y bioprospección. Botanical Sciences, 102(1), 26–38. https://doi.org/10.17129/botsci.3325
- Instituto Nacional de Antropología e Historia. (s. f.). Códice de la Cruz Badiano. Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.
- Luna Vázquez, F. J. (2026). La medicina tradicional de México para la herbolaria del mundo. Revista Digital Universitaria, 27(3). https://doi.org/10.22201/ceide.16076079e.2026.27.3.5
- Sodi M., D. (1962). Consideraciones sobre el origen de la Toltecayotl. Estudios de Cultura Náhuatl, 3, 55–73. Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México.
- Meraz, J., et al. (2024). Evaluación y actualización del conocimiento etnoflorístico medicinal de la zona oriente de Aguascalientes, México. Revista Chapingo Serie Ciencias Forestales y del Ambiente.

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