Salud

¿Aliado o enemigo? El estrés y sus efectos en tu memoria

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Por Citlalli Maza

El estrés es un estado de preocupación o tensión mental generado por una situación difícil, pero en niveles controlados pueden obtenerse resultados diferentes.

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Foto: Gerd Altmann

“Los eventos estresantes son posiblemente los más importantes de recordar. Un animal tiene que ser capaz de saber inmediatamente si los sonidos, los lugares, los olores y otros animales son peligrosos. Un animal que tiene que ensayar mentalmente los sonidos y olores, por ejemplo, de un incendio forestal, no es probable que sobreviva.”

Bruce S. McEwen (2002), The End of Stress as we Know it.

 
Esta lógica de supervivencia, descrita por McEwen, se encuentra grabada en nuestro sistema nervioso y repercute activamente en la vida cotidiana. Imaginen las y los lectores, por ejemplo, una situación estresante como las presiones laborales o la sustentación de un examen. A pesar de que el rendimiento físico y mental puede ser energéticamente demandante, existe un punto en donde el estrés favorece el aprendizaje y la memoria.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), el estrés es un estado de preocupación o tensión mental generado por una situación difícil. Biológicamente, este término se emplea para denominar al estado de activación biológica antihomeostática que se produce cuando el organismo fracasa en sus intentos de adaptarse a las demandas de su entorno inmediato. 

Años de exhaustivas investigaciones en el campo de la neurociencia han demostrado que los efectos sobre la memoria dependen de numerosos neurotransmisores, hormonas y péptidos que se liberan en respuesta a los acontecimientos estresantes. Pero ¿cómo se traducen estos cambios en el cerebro? 

Joëls y Baram (2009) en The neuro-symphony of stress, explican que estas sustancias químicas actúan de forma directa o indirecta, sobre las áreas medial-temporal y prefrontal que son cruciales para la consolidación y recuperación de la memoria. La respuesta del cerebro dependerá de múltiples factores, como las vías de señalización involucradas, los tipos de receptores implicados y del contexto celular en el que ocurre la activación. 

Cuando estos mediadores del estrés actúan de manera significativa para facilitar el afrontamiento de un evento estresante, activando una respuesta de lucha, el individuo puede responder adecuadamente ante la situación. Posteriormente sigue una fase orientada a la reorganización cognitiva, misma en donde se racionaliza lo ocurrido y se consolida información relevante. De esta forma, los cambios inducidos por el estrés en los procesos de memoria no son disfuncionales, sino que forman parte integral de una estrategia adaptativa ante factores estresantes. 

Sin embargo, cuando el estímulo estresante es intenso, prolongado o frecuente, puede deteriorar las funciones cognitivas y contribuir al desarrollo de trastornos mentales relacionados, como el trastorno de ansiedad o el trastorno estrés postraumático (TEPT). 

Afortunadamente, el cerebro no es un órgano estático. Posee una plasticidad que permite reconfigurar sus redes funcionales en respuesta al estrés: antes, durante y después del evento. Una de las más importantes es la Salience Network (SN), que destaca por su papel en la identificación y respuesta a estímulos importantes del entorno, especialmente cuando existe una amenaza latente. Esta red es crucial para la supervivencia, puesto que prioriza la atención y recursos más importantes ante situaciones críticas. 

Foto: PxHere

Otras redes como la Default-Mode Network (DMN), asociada a funciones como la introspección y la Executive Control Network (ECN), implicada en tareas que requieren atención sostenida, también participan –aunque en menor medida– en la regulación de respuesta al estrés. 

Todo esto demuestra que el impacto del estrés sobre el cerebro no puede reducirse a una dicotomía de “bueno o malo”. Sus efectos sobre la memoria son complejos y dependen de la interacción de múltiples mediadores neuroquímicos como las catecolaminas, corticosteroides y diversos péptidos, que actúan en distintos momentos y a niveles diferentes en la red neuronal. Esto repercutirá en la forma en que la memoria se codifica, consolida y se recupera a lo largo del tiempo.

En niveles agudos y controlados, el estrés puede resultar adaptativo, mejorando la atención, consolidando la memoria y optimizando la respuesta ante amenazas. Sin embargo, si se mantiene de forma prolongada, puede repercutir de forma negativa en la salud mental y el rendimiento cognitivo.

Foto: Foto de Julia M Cameron

Desestigmatizar el estrés como un fenómeno exclusivamente negativo es esencial para integrar y aprovechar sus efectos adaptativos. En dosis adecuadas, el estrés puede potenciar la memoria, atención y el aprendizaje. Comprender su funcionamiento será la clave para cuidar nuestra salud mental y promover nuestras capacidades cognitivas. 

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