Por Ariadna Cantarell
La carrera tecnológica ya no es por el software, sino por los datos
Cada vez que una persona realiza una búsqueda en internet, paga con una tarjeta bancaria, utiliza una aplicación de navegación, enciende un reloj inteligente o conversa con un asistente de inteligencia artificial, genera información y esos registros, durante años, fueron considerados un subproducto de la actividad digital hasta llegar a constituir uno de los activos más valiosos de la economía mundial y demostrar que la competencia tecnológica ya no se limita a desarrollar mejores dispositivos o escribir algoritmos más sofisticados, sino en su capacidad para obtener, almacenar, procesar y transformar datos en conocimiento útil.
La magnitud del fenómeno ayuda a comprender por qué los datos se convirtieron en un recurso estratégico, pues basta con observar algunas cifras precisas. La consultora International Data Corporation (IDC), especializada desde hace más de seis décadas en el análisis de la industria mundial de las tecnologías de la información, estima que el volumen de datos generado y replicado en el mundo superará los 394 zettabytes en 2028. Para dimensionar esa magnitud basta un simple ejercicio comparativo: un zettabyte equivale a un billón de gigabytes.
Nunca antes empresas, gobiernos y ciudadanos habían producido semejante cantidad de información, ni habían dependido tanto de su capacidad para almacenarla, protegerla y convertirla en decisiones; no obstante, el valor no reside en el dato por sí mismo, debido a que un registro aislado carece de utilidad, pero millones de ellos, organizados y analizados mediante herramientas avanzadas, permiten identificar patrones de consumo, anticipar fallas en procesos industriales, optimizar cadenas logísticas, detectar fraudes financieros, desarrollar nuevos medicamentos o entrenar modelos de inteligencia artificial. Los datos adquieren valor cuando pueden convertirse en mejores decisiones.
Esa transformación modificó también la estructura de la industria tecnológica. Empresas como Microsoft, Amazon, Google, Meta u Oracle ya no compiten únicamente por vender software o servicios en la nube; compiten por construir las plataformas capaces de administrar cantidades crecientes de información y ofrecer a sus clientes herramientas para convertir esos datos en ventajas competitivas. La inteligencia artificial aceleró esa tendencia porque su desempeño depende de manera directa de la calidad, diversidad y volumen de los datos con los que aprende.
Detrás de ese proceso existe una infraestructura mucho menos visible, la cual refiere que los centros de datos almacenan la información, las redes de telecomunicaciones la transportan, los fabricantes desarrollan procesadores capaces de ejecutar modelos cada vez más complejos, proveedores de ciberseguridad protegen activos que se han convertido en objetivos permanentes del cibercrimen; al mismo tiempo, una extensa cadena integrada por fabricantes, vendors, mayoristas, distribuidores, integradores y proveedores de servicios permite que esas tecnologías lleguen a empresas de todos los tamaños. La economía de los datos no funciona únicamente gracias a las grandes plataformas digitales; depende de un ecosistema industrial que sostiene la transformación tecnológica de millones de organizaciones.

La discusión suele concentrarse en compañías como OpenAI, Google o Microsoft porque representan la cara más visible de la inteligencia artificial, sin embargo, el verdadero negocio se distribuye a lo largo de toda la cadena de valor. NVIDIA diseña los procesadores especializados que hacen posible entrenar modelos de IA; fabricantes de almacenamiento desarrollan equipos capaces de administrar volúmenes crecientes de información; empresas de ciberseguridad protegen infraestructuras críticas; proveedores de nube comercializan capacidad de cómputo; integradores implementan soluciones específicas para cada industria. Los datos generan valor precisamente porque movilizan una economía completa alrededor de su captura, administración, análisis y protección.
México participa de esa transformación desde una posición que combina fortalezas y desafíos: la digitalización de la banca, el comercio electrónico, las telecomunicaciones, la manufactura avanzada y la industria automotriz produce diariamente enormes volúmenes de información. A ello se suma el crecimiento de centros de datos, inversiones en infraestructura digital y una demanda creciente de servicios basados en inteligencia artificial. Desafortunadamente buena parte de las organizaciones todavía enfrenta rezagos en gobernanza de datos, analítica avanzada, interoperabilidad y formación de talento especializado. La diferencia comienza a ser determinante: disponer de información ya no garantiza una ventaja competitiva; aprovecharla de manera inteligente sí.
Ese escenario abre una oportunidad relevante para la industria tecnológica mexicana, ya que si durante décadas buena parte del mercado se concentró en comercializar hardware, licencias y conectividad, en la actualidad la demanda se desplaza hacia arquitecturas de datos, plataformas analíticas, inteligencia artificial, ciberseguridad, almacenamiento, respaldo, cumplimiento regulatorio y servicios administrados. La evolución del mercado también transforma el papel de distribuidores, integradores y proveedores especializados, cuyo valor ya no consiste únicamente en entregar tecnología, sino en ayudar a las organizaciones a convertir sus datos en decisiones, eficiencia operativa y nuevos modelos de negocio.
Finalmente, la afirmación de que “los datos son el nuevo petróleo” puede resultar insuficiente para describir esta nueva etapa, sobre todo si se juega con la analogía de que, por ejemplo, el petróleo se extrae, se consume y eventualmente se agota; pero en cambio los datos se multiplican, se enriquecen con cada interacción y adquieren mayor valor conforme pueden relacionarse con otros conjuntos de información.
En la economía digital contemporánea los datos no constituyen simplemente una materia prima, representan la base sobre la que se entrenan los sistemas de inteligencia artificial, se optimizan las cadenas productivas y se construyen las ventajas competitivas del futuro. Comprender ese cambio implica entender que la verdadera disputa tecnológica ya no se libra únicamente por desarrollar mejores herramientas, sino por la capacidad de transformar información en conocimiento, y conocimiento en valor económico.
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