Espectáculos
Por Stephanie Ramírez
El Ballet Folklórico de México comenzó como una pequeña compañía de ocho bailarines hace 74 años. Hoy, es un paradigma cultural de nuestro país.
Cuando Amalia Hernández era niña no soñaba exactamente con fundar uno de los espectáculos mexicanos más reconocidos del mundo: quería ser bailarina de circo a caballo y, con el paso del tiempo, la danza terminó ganando la partida, aunque su imaginación para convertirla en espectáculo nunca desapareció.
En 1952 creó su propia compañía con apenas ocho bailarines y orientó un proyecto que creció a partir de una idea entonces poco común: llevar las danzas tradicionales de distintas regiones de México al escenario utilizando recursos de la danza clásica y moderna, además de música, vestuario y escenografía. Amalia Hernández no sólo recopilaba pasos: investigaba también las costumbres, los trajes y la música de los lugares donde encontraba esas expresiones.
El experimento funcionó, y para 1959, después de su participación en los Juegos Panamericanos de Chicago y de la integración con otra compañía dirigida por Felipe Segura, nació formalmente el Ballet Folklórico de México para llegar, un año después, al Palacio de Bellas Artes, escenario que se convertiría en una de sus casas principales.
Más de seis décadas después, el repertorio suma más de 120 coreografías originales y la compañía reporta haber llegado a más de 45 millones de espectadores. En resumen, su trabajo ha llevado la danza mexicana a más de 300 ciudades de 60 países.
Esta noche vuelve a la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes, en un escenario donde los boletos van de 350 a 1,600 pesos según la localidad. Pero, quizá el dato más interesante esté en otra parte: aquello que comenzó con ocho bailarines terminó convirtiéndose en una manera particular de presentar a México sobre un escenario.

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