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Burnout: cuando descansar ya no es suficiente

El cansancio constante puede ser la manifestación de una fatiga emocional crónica que va más allá del desgaste físico.

Por Camila Salazar

El cansancio constante puede ser la manifestación de una fatiga emocional crónica que va más allá del desgaste físico.

Dormimos, apagamos el celular, tomamos vacaciones, intentamos “desconectarnos” un fin de semana y, aun así, el cansancio permanece; no se trata únicamente de sueño acumulado ni de una semana difícil en el trabajo, pues para muchas personas, el agotamiento se ha convertido en un estado de base, casi en una identidad silenciosa: vivir cansados parece haberse normalizado.

Los psicólogos están observando con creciente frecuencia un fenómeno que va más allá del cansancio físico: la fatiga emocional crónica, un desgaste sostenido provocado por estrés prolongado, sobrecarga mental, hipervigilancia y la sensación constante de tener que responder a demasiadas demandas al mismo tiempo; aunque no siempre aparece como una crisis visible, muchas veces se manifiesta de forma silenciosa: irritabilidad, dificultad para concentrarse, apatía, insomnio, llanto fácil, sensación de desconexión emocional o la impresión persistente de “ya no poder con todo”.

Se ha convertido ya, dicha situación en un tema de preocupación generalizada, tan es así que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el burnout como un fenómeno ocupacional asociado al estrés laboral crónico mal gestionado, caracterizado por agotamiento emocional, distanciamiento mental del trabajo y disminución en la eficacia personal. 

México aparece en una posición especialmente delicada dentro de este análisis, pues distintas mediciones le colocan entre los países de mayor prevalencia de estrés laboral, el cual ha sido documentado por la Universidad Nacional Autónoma de México, que ha documentado que alrededor del 75% de los trabajadores mexicanos experimentan fatiga asociada al estrés laboral, cifra superior a la reportada en países como China y Estados Unidos, superando al primero por aproximadamente 2 puntos porcentuales y al segundo por cerca de 23 puntos porcentuales; además, más del 40% de quienes realizan labores de oficina se sienten exhaustos de forma habitual.

En términos comparativos, esto significa que aproximadamente 7 de cada 10 personas en edad productiva en México viven con algún grado de desgaste sostenido.

Ahora bien, reducir este fenómeno al ámbito laboral sería insuficiente, toda vez que en México el cansancio también tiene raíces estructurales: jornadas extensas, traslados de dos a cuatro horas diarias en zonas metropolitanas como la Ciudad de México, ingresos insuficientes, dobles o triples jornadas —especialmente en mujeres que combinan empleo remunerado con trabajo de cuidados no remunerado— y una creciente incertidumbre económica generan una presión psíquica acumulativa, así que el agotamiento no siempre proviene de trabajar demasiado, en ocasiones tiene que ver con “sostener demasiado”.

Cansancio o burnout.
Imagen: StockCake.

Aquí aparece una distinción importante desde la psicología clínica: estar cansado no es lo mismo que estar emocionalmente agotado, ya que el cansancio físico mejora con reposo, pero el agotamiento emocional no necesariamente; por ejemplo, una persona puede dormir ocho horas y despertar exhausta porque el problema no está sólo en el cuerpo, sino en un sistema nervioso que lleva demasiado tiempo operando en modo alerta: cuando el organismo vive bajo estrés sostenido, el descanso deja de ser restaurativo.

Los datos recientes muestran que el problema se intensifica, tan es así que estudios de bienestar laboral reportan que 53% de los trabajadores mexicanos percibieron un aumento de sus niveles de estrés durante el último año, mientras que casi uno de cada cinco lo describe ya como severo o crónico.

Entre millennials y generación Z, el incremento es aún más notable, y no es casualidad: son generaciones atravesadas por precarización laboral, hiperconectividad y una cultura de productividad permanente.

Hay además un factor profundamente contemporáneo: la imposibilidad psicológica de desconectarse, lo cual quiere decir que, aunque el cuerpo salga de la oficina, la mente rara vez lo hace y se instala en un vínculo permanente que va de correos fuera de horario, chats de trabajo, noticias permanentes, redes sociales, preocupación financiera a exigencias familiares; todo, en conjunto produce una saturación cognitiva constante, porque vivimos, en muchos casos, sin pausas reales.

Quizá una de las ideas más duras de aceptar es que no siempre estamos cansados por lo que hacemos, sino por lo que cargamos emocionalmente: duelo, miedo, incertidumbre, conflictos familiares, preocupación por los hijos, ansiedad social o económica… todo ello también agota, y mucho.

En consulta, los psicólogos suelen escuchar frases parecidas: “Ya descansé, pero sigo cansado”, “No me siento triste, sólo drenado”, “No sé qué me pasa, ya no disfruto nada”. Ese lenguaje importa, porque a veces el cuerpo comienza a decir lo que la mente no ha podido nombrar.

Una de las constataciones más honestas de nuestro tiempo es reconocer cuánta energía se nos va simplemente en resistir el día, porque descansar no siempre significa dormir, a veces implica poner límites, pedir ayuda, renunciar a la autoexigencia, dejar de sostener lo insostenible o, sencillamente, permitirnos parar sin culpa, lo que sin duda es una necesidad urgente de supervivencia emocional.

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