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El regreso de los clubes de lectura: una respuesta a la soledad contemporánea

Los clubes de lectura pueden convertirse en una ventana al mundo exterior que nos acerque de nuevo a los demás.

Por Luz Elena Pereyra Rodríguez

Los clubes de lectura pueden convertirse en una ventana al mundo exterior que nos acerque de nuevo a los demás.

Con amor para el “Club de lectura para los días de la vida”, cuyo punto de encuentro son ideas, cuentos, novelas, palabras, miradas, un cafecito por la colonia Moderna y conversación.

Se suponía que la tecnología nos iba a acercar y en cierto sentido, lo hizo; tan es así que hoy podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en segundos, pedir comida desde una app y mandar memes a las tres de la mañana sin mayor esfuerzo. Tenemos grupos de WhatsApp para la familia, para el trabajo, para los amigos de la colonia, la universidad y probablemente alguno más que lleva meses silenciado porque nadie recuerda por qué se creó.

Estamos hiperconectados, esa es la razón; sin embargo, también estamos más solos que nunca. Calma, no es dramatismo ni nostalgia, hasta existen pruebas de ello: la Organización Mundial de la Salud estima que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, un fenómeno que ya se considera un problema serio de salud pública por sus efectos en el bienestar físico y emocional.

Precisamente esa es la paradoja de nuestro tiempo que resulta difícil de ignorar: nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, al mismo tiempo, parece que cada vez nos cuesta más encontrarnos de verdad.

Quizá por eso está ocurriendo algo curioso y esa es una noticia genial, la gente está volviendo a reunirse para leer. ¡Sí, para leer!

En librerías, cafeterías, bibliotecas y centros culturales, los clubes de lectura parecen multiplicarse; personas que no se conocían se sientan alrededor de una mesa para hablar de una novela, un ensayo o un cuento. Discuten personajes, cuestionan decisiones narrativas, discrepan sobre finales y, casi sin darse cuenta, terminan hablando de sí mismos.

Dicha escena se repite cada vez con más frecuencia y nos dice algo importante: tal vez el auge de los clubes de lectura no esté hablando únicamente del futuro del libro, sino de algo más profundo sobre el estado actual de nuestras relaciones.

Para México, el fenómeno resulta particularmente interesante porque convive con una aparente contradicción, ya que según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), los hábitos de lectura han mostrado una tendencia descendente en la última década, lo cual quiere decir que, en términos generales, el país no está leyendo más. ¡Qué miedo!

Entonces, si leemos menos, ¿por qué parecen surgir más clubes de lectura? La respuesta quizá no sea literaria, sino social, pues durante mucho tiempo aprendimos a pensar en la lectura como una actividad esencialmente solitaria que nos regaló esa imagen clásica del lector que era casi sagrada: alguien en silencio, apartado del mundo, concentrado en sus páginas. Sí: leer era sinónimo de introspección.

Club de lectura.
Imagen: Stockcake.

Pero algo está cambiando, porque los clubes de lectura están recordándonos que leer también puede ser una experiencia compartida y quizá eso explica su fuerza actual ¿no creen?, porque seamos honestos: hacer amigos en la adultez se ha vuelto extrañamente complicado. Cuando éramos niños bastaba preguntar “¿quieres jugar?”. Ahora, por alguna razón, parece que necesitamos una actividad estructurada para convivir sin sentir rareza, como por ejemplo ir a pilates, yoga, running club, taller de cerámica… o un club de lectura.

Existen espacios donde la actividad se vuelve una especie de permiso social para encontrarnos, pero los clubes de lectura tienen algo singular: obligan a bajar la velocidad.

Mientras buena parte de nuestra vida digital funciona bajo la lógica del scroll infinito, la respuesta inmediata y la opinión instantánea, un club de lectura exige otra cosa: atención, escucha y tiempo; donde no hay algoritmo que decida qué sentir sobre un personaje, tampoco existe un botón de “me gusta” que sustituya una conversación compleja.

Hay pausa en los clubes de lectura, también matices, desacuerdo…, y eso, en tiempos de inmediatez, casi parece un lujo o incluso una forma de resistencia, pues muchos llegan a estos espacios buscando recomendaciones de libros o una disciplina que les ayude a leer más; pero con frecuencia regresan por otra razón: por la conversación.

Porque conversar produce una sensación cada vez más escasa: la de estar verdaderamente presentes con otros.

Después de la pandemia quedó expuesta una realidad que quizá ya venía gestándose desde antes y que refiere la erosión silenciosa de muchos espacios cotidianos de convivencia: menos vida de barrio, escasos encuentros espontáneos, muy poca frecuencia en las conversaciones largas sin interrupciones…

Claro que no, los clubes de lectura no van a resolver por sí solos ese vacío, pero sí ayudan a llenarlo, porque ofrecen algo que hoy parece sorprendentemente difícil de encontrar: un espacio para pensar junto a otros y quizá ahí reside su verdadero valor cultural.

Durante siglos, el libro fue visto sobre todo como una fuente de conocimiento, reflexión o placer estético, afortunadamente hoy también está funcionando como un puente: entre desconocidos, generaciones, experiencias de vida que, fuera de ese espacio, probablemente nunca se habrían cruzado.

Los clubes de lectura son algo más que una moda editorial, se convirtieron en una señal de época para recordarnos que, incluso en un mundo dominado por pantallas, seguimos necesitando lo mismo que siempre hemos necesitado: ser escuchados, compartir ideas y sentir que pertenecemos a algún lugar.

Seguimos buscando, con más urgencia de la que admitimos, lugares donde podamos encontrarnos de verdad y resulta que, a veces, ese lugar empieza con una mesa, un café y un libro.

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