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Identidad, espacio público y la disputa simbólica por la Ciudad de México

Los recientes cambios en la infraestructura de la ciudad abren un debate sobre el espacio público y la identidad de la urbe.

Por Ricardo Ramírez Posadas

Los recientes cambios en la infraestructura de la ciudad abren un debate sobre el espacio público y la identidad de la urbe.

La transformación visual impulsada por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, ha abierto uno de los debates urbanos, culturales y políticos más interesantes de los últimos años. La llamada “ajolotización” de la capital —distinguida por el uso del color morado, murales, iluminación y la incorporación del ajolote como símbolo urbano rumbo al Mundial 2026— no es únicamente una discusión estética. Se trata, en el fondo, de una disputa sobre identidad urbana, espacio público, narrativa política y modelo de ciudad. 

Durante las últimas semanas, puentes, corredores urbanos, transporte público y espacios intervenidos por el gobierno capitalino comenzaron a incorporar tonalidades lilas y figuras de ajolotes. La reacción fue inmediata, ya que mientras algunos sectores celebraron la recuperación visual y cultural de espacios históricamente abandonados o grises, otros cuestionaron el gasto, la saturación cromática y la supuesta carga partidista de la estrategia. 

Sin embargo, reducir la discusión al color de bardas o puentes simplifica un fenómeno mucho más amplio y, en algunos casos, alimenta una narrativa política orientada más al desgaste mediático que al análisis urbano de fondo. 

Dentro de ese contexto, la estrategia forma parte de un paquete de intervención urbana asociado al Mundial 2026 y a proyectos de movilidad, recuperación de espacio público e infraestructura.

Respalda lo dicho renglones arriba el hecho de que, con base en datos oficiales, la inversión vinculada a estas acciones supera los 7 mil 500 millones de pesos e incluye la modernización del Tren Ligero, renovación de estaciones, iluminación del Centro Histórico, rehabilitación de espacios deportivos y corredores peatonales, además de nuevas rutas de electromovilidad y recuperación de fachadas urbanas.

Particular relevancia tienen las zonas intervenidas. Los trabajos se concentran especialmente en corredores vinculados al Estadio Azteca, Calzada de Tlalpan, el trayecto Taxqueña-Xochimilco y diversos espacios públicos del sur y oriente de la capital, donde históricamente han coexistido problemas de movilidad, deterioro urbano y déficit de inversión pública. 

Más allá de los resultados que eventualmente arroje el proyecto, difícilmente puede ignorarse que la capital desarrolla una de las intervenciones urbanas más amplias de las últimas décadas, al combinar infraestructura, narrativa visual, identidad cultural y proyección internacional de manera simultánea.

Resulta importante destacar que la Ciudad de México ya había experimentado procesos relevantes de rehabilitación urbana en distintas administraciones —particularmente en el Centro Histórico o Paseo de la Reforma—, sin embargo, la actual apuesta incorpora un elemento adicional: la construcción deliberada de una identidad visual reconocible rumbo a un evento global como el Mundial. 

En realidad, las intervenciones urbanas con objetivos estéticos, culturales o identitarios forman parte de prácticas habituales en ciudades de todo el mundo. Barcelona, Medellín, Bogotá, Río de Janeiro o París desarrollaron estrategias de recuperación visual y resignificación del espacio público vinculadas tanto al turismo como a procesos de apropiación social y construcción simbólica de ciudad. 

Tampoco México ha sido ajeno a ello. Desde hace décadas, gobiernos estatales, municipales y alcaldías impulsaron proyectos de intervención urbana y recuperación visual con distintos enfoques: rescate cultural, apropiación comunitaria, turismo, identidad barrial o posicionamiento político. En la propia capital existen antecedentes claros.

El grafiti y el muralismo urbano fueron incorporados progresivamente como expresiones culturales juveniles y herramientas de recuperación del espacio público en distintos momentos. Programas de mejoramiento visual y comunitario —como iniciativas de rehabilitación de fachadas y vivienda conocidas como “Enchula tu vivienda” o ejercicios de recuperación barrial bajo esquemas como “Enchula tu colonia”—, junto con corredores culturales y convocatorias de arte urbano en zonas populares y áreas cercanas al Estadio Azteca, buscaron transformar la percepción urbana mediante color, arte e identidad comunitaria.

Colonias como Guerrero, Tepito, Doctores o sectores de Iztapalapa experimentaron durante años procesos de intervención artística en fachadas y espacios públicos, muchas veces acompañados por colectivos culturales y artistas urbanos. Algunos proyectos lograron disminuir la percepción de abandono urbano y fortalecer identidad vecinal; otros fueron criticados por su utilización política o por no resolver problemas estructurales de fondo, aunque también favorecieron la participación ciudadana, el cuidado de los espacios y la recuperación de identidad comunitaria.

Los recientes cambios en la infraestructura de la ciudad abren un debate sobre el espacio público y la identidad de la urbe.
Trabajos de rehabilitación en la colonia Ejército de Oriente de la alcaldía Iztapalapa. Foto: Facebook. Secretaría de Obras y Servicios de la Ciudad de México.

Ahí se encuentra precisamente una de las claves del debate actual: toda intervención urbana impulsada desde el poder público posee inevitablemente una dimensión política. Gobernadores, alcaldes y presidentes municipales utilizaron históricamente obras, rehabilitación de espacios e imagen urbana como parte de sus narrativas de gobierno y, en ocasiones, esas acciones derivaron en beneficios colectivos reales; en otras terminaron reducidas a mecanismos de promoción política o incluso a espacios de opacidad y corrupción cuando los recursos públicos no se transparentaron adecuadamente.

Respecto al uso del color morado en la intervención realizada en la CDMX, éste se ha convertido en uno de los aspectos más discutidos, particularmente por los sectores de oposición al gobierno federal y, en particular, al de la Ciudad de México. Para algunos sectores representa propaganda política; para otros, una resignificación simbólica vinculada a movimientos sociales contemporáneos y a una ciudad menos gris y más apropiada por parte de sus habitantes. Desde el gobierno capitalino se insiste en que el uso de esta paleta responde a una lógica cultural y comunitaria, más que partidista.

Situación semejante ocurre con el ajolote. El anfibio endémico de Xochimilco dejó hace tiempo de ser únicamente una especie emblemática para convertirse en uno de los símbolos bioculturales más reconocibles del Valle de México. Su presencia en el billete de 50 pesos fortaleció todavía más su incorporación al imaginario colectivo nacional e internacional. La propia Clara Brugada defendió el concepto de “ajolotizar” la ciudad como una forma de recuperar identidad, llenar de color espacios deteriorados y fortalecer el sentido de pertenencia comunitaria. 

Pronto esta visión recibió el respaldo público de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien defendió la estrategia impulsada por Clara Brugada al considerar que una ciudad con color, identidad visual y referentes culturales propios también fortalece el sentido de pertenencia y apropiación social del espacio público.

El planteamiento adquiere mayor relevancia si se observa el contexto internacional: la Ciudad de México será una de las sedes centrales del Mundial 2026, y los grandes eventos globales suelen utilizarse como detonadores de renovación urbana, fortalecimiento turístico y posicionamiento internacional, como se señaló renglones arriba.

En medio de la polémica, surgieron versiones sobre una posible inconformidad o eventual conflicto con la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) por el uso de símbolos, mascotas y elementos visuales impulsados por el gobierno capitalino rumbo al Mundial 2026; sin embargo, hasta ahora no existe información pública, posicionamiento oficial o procedimiento jurídico que confirme tal escenario. La propia FIFA no emitió comunicado alguno en ese sentido.

Por lo que pudimos indagar con nuestros compañeros profesionales en el ámbito normativo, en términos jurídicos y administrativos, un eventual pronunciamiento de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) difícilmente derivaría de manera inmediata en una sanción o controversia mayor contra el gobierno capitalino.

De la misma manera, especialistas en propiedad intelectual y derecho deportivo coinciden en que los organismos internacionales suelen intervenir principalmente cuando consideran que existe utilización indebida de marcas registradas, explotación comercial no autorizada o generación de confusión respecto a patrocinios oficiales asociados al torneo.

Bajo esa lógica, el debate no giraría en torno al uso del color morado, el ajolote o la intervención estética de la ciudad en sí misma —atribuciones que corresponden al ámbito administrativo y urbano de los gobiernos locales—, sino a la posible utilización de elementos que pudieran interpretarse como identidad oficial del Mundial 2026 o vinculados comercialmente a la FIFA. En ese escenario, lo más probable sería la apertura de canales de diálogo institucional, observaciones administrativas o solicitudes de ajuste relacionadas con lineamientos de marca y derechos comerciales, más que un conflicto jurídico inmediato.

Lo que sí existe es un debate político amplificado en redes sociales y espacios mediáticos, donde algunas versiones parecen orientadas más a construir desgaste político que a discutir técnicamente los alcances reales del proyecto urbano. Ello no elimina la posibilidad de que existan críticas legítimas sobre gasto, prioridades presupuestales o diseño urbano, pero sí obliga a distinguir entre cuestionamientos sustentados y narrativas especulativas. 

Especialistas en propiedad intelectual recuerdan que la FIFA mantiene regulaciones estrictas sobre explotación comercial de marcas, símbolos y patrocinio oficial; sin embargo, también señalan que las ciudades sede conservan facultades amplias para intervenir su espacio urbano bajo normatividad local y nacional, siempre que no exista utilización indebida de marcas registradas de los eventos deportivos en turno. 

Más allá de la discusión inmediata, el fenómeno revela algo más profundo: las ciudades contemporáneas ya no solo se administran, también construyen su propia narrativa. Imposible negarlo, y además es parte de las interacciones sociales que se amalgaman con lo político para que color, murales, animales emblemáticos, iluminación y diseño urbano funcionen hoy como herramientas de comunicación política, identidad cultural y construcción de pertenencia colectiva. 

En ese sentido, la “ajolotización” de la Ciudad de México puede entenderse simultáneamente como intervención urbana, estrategia cultural, narrativa política y apuesta de posicionamiento internacional. ¿No lo creen?

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