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Demuestra que no eres un robot

El libro No soy un robot es una observación sobre la cultura contemporánea en nuestro país.

Por Stephanie Ramírez

El libro No soy un robot es una observación sobre la cultura contemporánea en nuestro país.

Hay algo ligeramente humillante en fallar un CAPTCHA. Uno pensaría que identificar semáforos, bicicletas o pasos peatonales debería ser una tarea relativamente sencilla, pero basta equivocarse dos o tres veces para que aparezca una duda inquietante: ¿y si internet sabe algo sobre mí que yo todavía no? “Demuestra que no eres un robot”.

Durante años vimos esa frase como un simple filtro de seguridad digital, como una molestia menor antes de entrar a una página, hacer una compra o recuperar una contraseña, es decir, nada trascendental; hasta que dejó de parecer tan absurda.

Porque, pensándolo bien, hay algo profundamente extraño en el hecho de que una máquina nos pida demostrar nuestra humanidad, cuando durante siglos nadie tuvo que probar que era humano.

Hoy sí y esa paradoja es precisamente el punto de partida de No soy un robot, el libro más reciente de Juan Villoro, uno de los observadores más lúcidos de la cultura contemporánea en México. Aquí conviene aclarar algo desde el inicio. Villoro no escribió un libro sobre tecnología o, al menos, no solamente. Escribió un libro sobre nosotros, sobre lo que está pasando con nuestra manera de leer, recordar, conversar y pensar en una época donde gran parte de nuestra experiencia cotidiana ya está mediada por pantallas, algoritmos e inteligencia artificial.

Eso es lo que vuelve al libro tan pertinente, porque la pregunta central no es si la tecnología es buena o mala, esa discusión, francamente, ya se siente insuficiente; tampoco se trata de caer en el viejo pánico apocalíptico de que las máquinas van a destruirnos mañana ni en el entusiasmo ingenuo de pensar que toda innovación representa progreso automático.

Villoro se mueve en un terreno más interesante. Observa, pregunta, desconfía de las respuestas fáciles y, eso, se agradece en una época en que el mundo produce opiniones más rápido de lo que genera reflexión y absolutamente todo exige una postura inmediata porque todo debe gustarnos o indignarnos de forma instantánea, por la simple y sencilla razón de que todo parece diseñado para eliminar la pausa.

Quizá por eso No soy un robot resulta tan valioso. Porque se detiene, hace pausa para mirar algo que todos usamos, pero pocas veces pensamos con profundidad.

Por ejemplo, nuestra relación con la información, contextualiza un escenario en el que, durante mucho tiempo, la gran aspiración tecnológica fue democratizar el acceso al conocimiento y, en efecto, hoy tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior por lo que teóricamente eso debería hacernos más informados.

En teoría, pero en la práctica, estar rodeados de información no garantiza comprensión, a veces produce lo contrario. Saturación, pues mucho contenido = a poco procesamiento; mucho estímulo = a poca digestión.

La sobreinformación no necesariamente amplía el pensamiento, con frecuencia lo fragmenta; quizá ahí aparece una de las intuiciones más poderosas de No soy un robot, en un tiempo que leer ya no significa lo mismo que hace veinte años.

Antes la lectura implicaba continuidad. Un libro, una secuencia, una progresión de ideas; hoy, para millones de personas, leer significa navegar entre pestañas, saltar entre enlaces, interrumpir un artículo para revisar una notificación y volver —si es que se vuelve— unos minutos después.

La lectura profunda compite contra industrias enteras diseñadas para capturar nuestra atención, lo cual cambia algo más que nuestros hábitos, modifica nuestra forma de pensar, por la simple y sencilla razón de que la atención no es un detalle menor, es el detonador que necesita la atención para definir qué vemos, cuánto retenemos y cómo construimos significado; dicho de otra manera: aquello a lo que prestamos atención termina moldeando quienes somos.

Aquí, aparece una pregunta incómoda relacionada con que si los algoritmos deciden cada vez más qué vemos, luego entonces, ¿cuánto de nuestra percepción sigue siendo realmente nuestra?

Esa inquietud atraviesa el libro de Juan Villoro de forma sutil pero persistente, no porque sugiera que hemos perdido toda autonomía, sino porque nos obliga a reconocer que nuestras decisiones ocurren dentro de entornos diseñados para influir sobre ellas y eso incluye lo que compramos, leemos, pensamos; incluso aquello que creemos haber elegido libremente.

Tal vez por esa razón el libro toca una fibra tan contemporánea, al poner nombre a una ansiedad que muchos sentimos sin articular del todo, cuando sabemos usar inteligencia artificial, redes sociales y asistentes digitales, pero dependemos de ellos para trabajar, comunicarnos y organizarnos.

Todavía no terminamos de entender qué están haciendo con nuestro lenguaje, nuestra memoria y nuestra atención y aquí aparecen las reflexiones más incómodas. Tal vez el verdadero riesgo no sea que las máquinas se vuelvan humanas; quizás el riesgo sea que nosotros empecemos a funcionar como máquinas, responder más rápido, sentir menos, procesar más, reflexionar menos, optimizarlo todo; incluso la vida interior.

Ese es el gran acierto de Villoro, no dramatiza el futuro, nos obliga a mirar el presente, a reconocer pequeños cambios que, por cotidianos, se han vuelto casi invisibles. Cómo leemos, hablamos, recordamos, dudamos, nos distraemos, cómo habitamos el tiempo.

Por eso el título del libro, No soy un robot, resulta tan brillante, parece una frase banal, casi burocrática, pero en realidad encierra una de las preguntas culturales más importantes de nuestro tiempo. ¿Qué significa seguir siendo humanos?, no humanos como categoría biológica, sino en el sentido profundo que implica ser capaces de atención, imaginación, memoria, conversación, pausa, contradicción, pensamiento lento.

Porque ser humano nunca consistió en ser eficiente, significó, entre muchas otras cosas, ser imperfectamente consciente, como si se tratara de la ironía más extraña de nuestra era digital. Pasamos tanto tiempo intentando demostrarle a las máquinas que no somos robots, que a veces olvidamos demostrárnoslo a nosotros mismos.

Esa, quizá, sea la pregunta que deja flotando Villoro y también la más urgente, no si la inteligencia artificial podrá pensar como nosotros, sino si nosotros seguiremos pensando como humanos.

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